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MÁS QUE EL FIN… LOS MEDIOS

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CLAUDIA GONZÁLEZ CORRALES,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

El período de exámenes prácticamente abre sus puertas a los universitarios. Ya se siente la presión. El tiempo no parece alcanzar para el estudio de los tan densos contenidos. Unos se dedican a buscar hasta el más discutido segundo para “barrer” los temas recibidos en el semestre. Otros, permanecen como detenidos en el tiempo y, a la hora de examinar, hacen uso de su “imaginación” y emprenden el camino más “fácil” que conduce al ¿éxito? estudiantil: el fraude académico.

Este “recurso” no es un “aporte” de las nuevas generaciones. Su origen no se encuentra bien definido, pero ya desde 1923, en el Primer Congreso Nacional de Estudiantes, el líder revolucionario Julio Antonio Mella se pronunciaba por la supresión de dicha práctica en las aulas.

Desde ese entonces los ataques contra la plaga académica se han multiplicado, pero esta, como el ave fénix, lejos de perecer,  resurge de sus cenizas con un sinfín de modalidades y nuevas técnicas: copiar o “soplar” un examen, llevar un “chivo”, alterar o inventar resultados en una investigación, comprar o vender pruebas. Prácticamente, por la diversidad de estilos, el fraude se ha convertido en una especie de “arte”. 

Las nuevas tecnologías no contribuyen a frenar el desfalco de  conocimientos. El supuesto (porque no toda la información es verídica) instrumento pedagógico para el intercambio cultural y la confluencia de saberes —Internet— ha encendido la llama de la era del “corta y pega”, y no pocos han resultado atraídos por su “fulgor”.

Concordamos en que, aunque sea de manera ilícita, a veces se puede llegar a ser un profesional mediante el fraude, pero, ¿qué calidad de formación tendrá el adiestrado? ¿Estará en condiciones de ejercer su función? Si ganó su título a expensas de otro, ¿cómo logrará ser útil?

Si analizamos bien qué significa ser fraudulento, solo podemos pensar en un individuo inseguro de sí mismo, incapaz de alcanzar lo que se propone en la vida por sus propios medios y en alguien que, antes de engañar a la sociedad, se traiciona a sí mismo.

Cuando nos valemos de los conocimientos de otros para obtener un reconocimiento social, olvidamos que el crecimiento particular requiere de entrega y dedicación, que debemos luchar por lo que deseamos y poner en ello todas nuestras fuerzas.

El fraude quebranta principios básicos asociados a la honestidad, la moral y la ética;  genera costos de orden emocional y académico, y pone en riesgo el desempeño de los profesionales en formación.

Este flagelo no es un peldaño inexorable, bastaría con reducir la densidad de los estudiantes o incrementar la de los profesores en el momento de realizar el examen. Sin embargo, el fraude es un problema de conciencia, de moral, de actitud, y la manera más sana de enfrentarlo es mediante el establecimiento de un código de honor.

Mahatma Gandhi, pensador indio, sentenció: “Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado”. Por eso, más que el fin, repercuten los medios.



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