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CRÓNICA PARA PAPÁ

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ANA LAURA PALOMINO GARCÍA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Dicen que las mejores cosas son las que se crean con el corazón. Estoy a punto de comprobarlo por mí misma. Cuando el profesor dijo en clase que teníamos que hacer una crónica, el tema me vino a la mente, pero, ¿sería capaz de hacerlo? 

Todo comenzó cuando me encontraba frente a mi computadora, tenía 15 años y el problema más grande que había padecido en la vida era el suspenso de una prueba. De repente entró mi abuelo. Tenía la comisura de los labios caída y el semblante duro. No dilató el momento: «Se fue». No quise saber nada más. Iba a ser muy difícil.

Enfrentar los peores años de mi vida sin mi padre fue uno de los retos más grandes con los que he tenido que lidiar. ¿Cómo resumo cinco años de ausencia, que en este caso no quiere decir olvido? ¿Cómo se vive cuando se nos aprieta el pecho y lloramos ante la expectativa de un día de los padres huérfano?

Recuerdo mi primer cumpleaños sin él. Los 16. Todos estaban a mí alrededor, miraban y pedían que sonriera, más yo no podía. Los 17 no fueron distintos, un poco más resignada. Ya en los 18 bailé, canté, inclusive algunas manías suyas me parecían cosas de otra vida, como si el tiempo hubiese barrido con infalible escoba mis recuerdos.

1 825 días sin verlo, sin tocar su cara, esa que me hacía temblar sin nunca haberme pegado. Será que los padres tienen el poder de la mirada y las madres el de la fuerza.

Sin embargo, y para alegría mía, esta historia tuvo final feliz. El reencuentro. No corrimos a abrazarnos, ni lloramos desconsoladamente, todo lo contrario, fue medido. Supongo que cuando se quiere demasiado las lágrimas se vuelven molestas por no dejarnos ver el rostro amado.

Fueron días dichosos. Reía por todo. Lo perseguía por toda la casa y me aferraba a su brazo con miedo de que se esfumara. Ahora su cabello es más escaso, pero su sonrisa sigue siendo la de un niño.

Me abrazaba, mientras una mano fuerte acariciaba mi cabello. Me dolían sus problemas, su preocupación por no verme crecer. Yo, sin embargo, no le reprocho nada, ni los llantos, ni la rabia, ni el miedo. Oye, cucú, papá se fue, pero volvió.

Deberían incluir entre los pecados capitales la separación entre familiares ¡A la horca de la conciencia los que no dejen reunir a un padre con un hijo! Él se equivocó, pero sólo Dios debe tener la fuerza para castigar, no un ser humano detrás de un buró.

Ya el avión partió y regresó la ausencia, aunque esta vez es bienvenida, porque me recuerda que cuando la vida nos junte de nuevo, seré bendecida. Amo a mi padre, no por haberse ido sino por haber regresado.



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