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CUANDO NO SER ES MEJOR

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ALEJANDRO ROJAS ESPINOSA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

La vulgaridad se ha extendido por nuestro país, y me atrevería a decir que no solo en la juventud. La sociedad cubana cada vez se deteriora más y en cualquier parte se puede escuchar, ver y hasta sentir la chabacanería tan de moda.

El modelo de vida actual, que indiscutiblemente está ligado a las nuevas tecnologías, no deja mucho espacio a las censuras. Es por eso en gran medida que la música, principalmente el reguetón, se esparce por nuestras calles con mensajes de mal gusto y que a la mayoría no agrada, aunque sí afecta a todos por igual.

Las personas de la tercera edad culpan incansablemente a los adolescentes de no hablar, ni actuar bien, pero ellos son parte del conflicto también, pues dan a la comunidad como perdida, sin arreglo, y no auxilian a los más jóvenes que, sin duda, reflejan el día a día.

De acuerdo con el diccionario, «vulgar» significa que carece de distinción o novedad, que pertenece al vulgo, y este último se califica como el estrato inferior de la población considerado como menos culto y más ordinario o tosco.

¿Cómo es posible entonces que Cuba se vea afectada por este fenómeno si la educación es un derecho que tienen los ciudadanos? El quid del asunto tal vez sea darse cuenta de que existe tal problema y no verlo, ni tratarlo, como algo normal.

Ya la grosería llega a tal punto que no se sabe cuándo incurrimos en los malos hábitos, porque están presentes en casi todos los lugares, desde las escuelas y sedes laborales, hasta los centros recreativos y los hogares.

Aunque este mal social pueda parecer un caos, pero entre todos se puede lograr, si no su eliminación, al menos su disminución.

Algunas medidas pueden ser la crítica constante a los principales productores de los malos hábitos, a músicos, quienes por tal de ganar fama hacen uso incorrecto del lenguaje para que «peguen» sus canciones. Estos, muchas veces incluyen las «malas palabras» de las que tanto se habla, y lo mas alarmante es que se repiten cada vez con más frecuencia.

Otra de las regulaciones pudiera ser crear anuncios que fomenten el aprendizaje de las reglas de comunicación desde los hogares y ponerlos con más frecuencia en la programación televisiva y radial; hacer un llamado especial a los maestros de las escuelas, para que mantengan, se comporten y se preparen como es debido, además de atender el modo de expresar de sus educandos y el de ellos mismos, que a veces no es el más correcto.

Con críticas y acciones rápidas conseguiremos rescatar, poco a poco, lo lindo de la lengua materna, en la cual sobran frases hermosas para describir cuanto nos rodea. Encaminarnos nuevamente por el sendero de la educación y los buenos modales, debe ser la bandera de lucha. En este caso entre ser o no ser vulgares, lo mejor es la segunda cuestión.



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