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EL SILENCIO DE LAS RUINAS DE TIWANACU

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ALEJANDRO MADORRÁN DURÁN,
estudiante de segundo año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Las culturas de la América precolombina permanecen envueltas en una inmensa capa de misterio. Los conquistadores españoles se encargaron, o al menos propusieron, borrar todo vestigio de la “barbarie” de los primeros habitantes del continente americano.

El desprecio de los ibéricos, unido a las pugnas de los belicosos aborígenes y los desastres naturales, contribuyeron a desaparecer civilizaciones enteras; lo que sabemos hoy sobre esas culturas es una homogénea mezcla entre mito y realidad.

El imperio inca, cuya capital era Cuzco, considerada por sus habitantes como el centro del mundo, erigió enormes construcciones que retaron al paso del tiempo y conservan hoy su majestuosidad. Pero no han sido sus templos los únicos vencedores del olvido, pues misterioso, traspasado de generación en generación, su origen guardado como un secreto, el idioma aimara ha llegado a nuestros días como una lengua viva, usada aún por más de un millón de habitantes de los actuales países Perú, Bolivia y Argentina.

El pueblo incaico hablaba el quechua como idioma común, mas sus élites sociales y el propio Inca, usaban el aimara. Según cuentan las leyendas recogidas por los cronistas españoles, este era un dialecto de cualidades mágicas.

Ese lenguaje no surgió en el propio imperio. Las suposiciones más compartidas aluden que el idioma fue introducido por los yatiris, quienes eran sabios y consejeros del jefe supremo inca, descendientes directos de una civilización erigida alrededor del lago Titicaca.

Los yatiris, según esta corriente, provenían de la ciudad de Tiwanacu. Civilización mucho más antigua que la inca, de la cual los españoles cuando llegaron a América solo encontraron las ruinas de sus templos.

Los expertos señalan que fueron los incas quienes conquistaron a los tiwanacotas. Poco se conoce de esa cultura milenaria. Las investigaciones arqueológicas revelan que dominaban el uso del bronce. Solo quedan algunas construcciones como el monumento La puerta del sol, expresión del carácter religioso de culto a los elementos naturales.

El arqueólogo Arthur Posnansky afirmó que Tiwanacu era la cuna de todas las civilizaciones de la América precolombina. Una conclusión bastante radical si tenemos en cuenta el gran número de etnias aborígenes, pero sin ser del todo descabellada, pues esas ruinas arqueológicas son de las más antiguas de Sudamérica.    

Si bien, la ciudad de Tiwanacu es un misterio sin develar, el aimara oculta también incógnitas que por años han fascinado y seducido a los lingüistas.

Tal es el caso del semiólogo Humberto Eco, quien en su libro En búsqueda de la lengua perfecta, publicado en 1994, escribió: "El jesuita Ludovico Bertonio publicó en 1603 un Arte de lengua aymara (…) y se dio cuenta de que era una lengua de una extraordinaria flexibilidad, dotada de una increíble vitalidad para crear neologismos, especialmente adecuada para expresar abstracciones, hasta el punto de infundir la sospecha de que se tratase del efecto de un «artificio».

El aimara tiene como base de su gramática una serie de raíces (lexemas), a las cuales se agregan sufijos para ampliar su significado. La posibilidad de tener una amplia gama de construcciones de palabras, dotan al idioma de una gran facilidad para articular cualquier idea, resultando útil en la expresión de abstracciones filosóficas.

Humberto Eco sospechó que el aimara pudiera ser un artificio, algo creado por el hombre y no un resultado de la evolución. Su estructuración mediante raíces y sufijos es comparable con el Esperanto, idioma elaborado en el siglo XIX por el doctor polaco Zamenhof. Similitud que abre nuevas interrogantes sobre el origen de esa lengua.

Otro de los estudios sobre el tema se encuentra en el libro La lengua de Adán, escrito en 1860, por Emeterio Villamil de Rada. Este autor contempla la suposición de que si alguna vez existió una lengua madre o tronco de las demás, sería el aimara, por su utilidad en la expresión filosófica y su antigüedad.

Este idioma ha sido, también, fuente de inspiración para escritores de aventuras históricas como la periodista española Matilde Asensi, quien publicó en 2003, El origen perdido, donde el aimara es comparado con un lenguaje de programación. 

Un hombre se encuentra muerto en vida por el efecto de unas palabras (el aimara) que puede controlar la mente. Su hermano, hacker informático tratará de encontrar una cura lejos de la medicina, lo cual lo conducirá a la búsqueda de una civilización perdida, la cultura de Tiwanacu. Esa es la sinopsis del libro, donde la ficción y  la realidad, están delimitadas por una fina línea.
  
El dialecto continuará siendo un enigma para los investigadores, uno de esos misterios que provoca las ansias de los aventureros. Es posible que el verdadero origen del aimara permanezca oculto entre las ruinas de Tiwanacu, tal vez, su secreto lo conozcan algunos habitantes de Perú y Bolivia, descendientes de esa cultura milenaria, quienes como celosos guardianes protegen el legado de sus ancestros.

 



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