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LA CARGA MÁS PESADA

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SUSANA GÓMEZ BUGALLO,
estudiante de tercer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Cuatro hombres me miran y yo no puedo hacer nada. Al parecer, ellos tampoco. Solo me observan y parecen verse entre sí para decidir cuál de los cuatro se atreve. No quiero saber de ninguno. ¡Llevan tanto tiempo mirándome y no actúan!

Al fin uno se rinde. Y se pone las gafas. Ya no tendrá que soportar que yo vea cómo me mira. Otro crea su propia salvación: se dispone a dormir. Aunque esté acabado de despertar y no tenga una gota de sueño, esa es una escapatoria perfecta para huir de la incómoda situación.

Solo quedan dos. Uno abre un libro que podría estar al revés sin que él se percatara porque no le está prestando atención. El otro es más fuerte que todos. Me sigue mirando sin decirme nada. Al parecer no tiene que inventarse excusas para disimular su falta. No me habla porque no quiere y eso no lo avergüenza.

Ya no quiero sus palabras porque ha pasado demasiado tiempo y cuando algo se siente de verdad no tiene mucha paciencia para expresarse. Pero sería una pequeña salvación de sus conciencias si al menos intentaran algo. Aunque claro, supongo que sería un gran peligro correr el riesgo de que yo acepte su propuesta. ¡Es un largo viaje en guagua para hacerlo de pie!

Cuatro hombres me miran y no es solo hoy. A veces el número varía, pero sigue la misma situación: me miran (como harían con cualquier otra mujer) sin decir nada.

Cuando tengo el privilegio de un asiento, no suelo demorarles mucho la agonía. Soy quien entrega feliz mi puesto a la embarazada o a la mujer con el niño. También a un señor mayor. Entonces pueden surgir pequeños gestos de los cuatro hombres. Pero ya no hacen falta. El tiempo pasó. La campana del ring de los valores hizo ¡gong! y han perdido la pelea. 

No creo que las mujeres seamos inferiores a los hombres y portemos en el rostro un cartel de ¡Soy débil, soy mujer, merezco el asiento! Pero son tan hermosos los gestos solidarios con aquellas personas que los necesitan.

Ni siquiera opino que sean los hombres los únicos obligados por el deber de ser corteses (aunque por casualidades de mi vida son los protagonistas en esta historia). Muchas mujeres me han observado también desde la comodidad de su silla sin brindarse a sostenerme algo de lo que llevo en mis manos.

No quiero la ayuda, de verdad. Soy joven y solo llevo un bolso con libros. Pero esa señora de allí, la que carga dos jabas, va a ver a su esposo al hospital y está cansada. Hace días que no duerme de tanto ajetreo. Se le puede ver en el rostro. ¿No se han percatado?

Parece que no. Quizá sí, pero es mejor cerrar los ojos ante la situación. Y por dentro, ¿no molesta la conciencia? A veces de pie llego menos cansada porque no tengo que soportar la carga más pesada: la de la indolencia.



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