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LA DANZA EN CUBA: ENTRE EQUILIBRIO Y DESBALANCES

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JOSÉ ERNESTO GONZÁLEZ MOSQUERA,
estudiante de tercer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Por estos días la Escuela Nacional de Ballet (ENB) vive un ajetreo poco común. Sempiterna se alza su sede habitual del Paseo del Prado para recibir durante dos semanas cerca de 1 200 participantes -entre alumnos, maitres e investigadores danzarios- de Estados Unidos, Brasil, Argentina, Italia, Sudáfrica, y 10 países participantes al XX Encuentro Internacional de Academias para la Enseñanza del Ballet.

El evento se perfila cada año como el espacio donde confluyen diferentes actitudes para comprender e interpretar la danza, toda vez que permite el intercambio metodológico-académico entre maestros e intérpretes, en torno a la técnica y el estilo cubano del ballet y los caminos que sigue la danza hoy en el mundo.

Como piedra angular se compone un programa con clases magistrales y talleres: de Metodología de la Enseñanza, a cargo de la directora de la ENB Ramona de Saá y de José A. Candia; el Taller de Crítica Danzaria, el Concurso para jóvenes Críticos de Arte y Diseñando la Danza junto a los nuevos medios audiovisuales.

El encuentro permite complementar los saberes teóricos abordados en cada sesión,  con galas artísticas para el despliegue técnico e interpretativo de los participantes.

Al decir de la Doctora De Saá, el rigor es alto. La Escuela Cubana de Ballet no cree en medias tintas ni segundas oportunidades. Bien es sabido que el ballet es un arte riguroso, con dificultades físicas y poco tiempo de vida profesional sobre las tablas, por tanto, la exigencia personal debe ir in crescendo.

El Encuentro de Academias permite lucir la cantera, nivelar y detectar errores, descuella cuestionamientos en torno a la salud de la danza cubana en la actualidad y figura complementos en torno a los retos del clasicismo.

Innegable el nivel alcanzado; pero los tiempos no son iguales. Tras la pérdida física de Fernando Alonso (2013) y de dos de las Cuatro Joyas ( Mirta Plá -2007- y Josefina Méndez -2009-); luego la partida al extranjero de Loipa Araujo y Aurora Bosch, de las denominadas Tres Gracias (Amparo Brito, Marta García y Rosario Suárez), de la punzante generación moderna (Alihaydée, José Manuel y Joel Carreño, Carlos y Jonah Acosta, Yolanda Correa) y tantos otros; tras la ruptura entre la academia y la compañía, no pocos temen el tambaleo del crecimiento coreográfico, estético y técnico de una escuela hito en la historia de la danza mundial.

En torno al Ballet Nacional de Cuba, principal expositor de la Escuela Cubana de Ballet en el mundo, y espacio neurálgico hoy, giran tendencias centralizadoras que desembocan en un pobre crecimiento coreográfico moderno (el estanco en torno a los grandes clásicos es palpable incluso para el público), los nombramientos no se componen por los patrones calidad-tiempo y las indisciplinas internas del cuerpo artístico permean la calidad de las presentaciones.

Por supuesto, estamos hablando de una sola compañía en el país; sin embargo, al ser la más conocida fuera de Cuba pudiera desembocar en un descenso apreciativo por parte de la crítica especializada y el público internacional.

Por suerte, la base está sentada y el relevo sigue pujante. Un nombre se repite por estos días: Fernando Alonso. La labor y sapiencia del Maestro de maestros para orquestar una metodología cubana de bailar -peculiar ante la rusa, la francesa, la danesa y la italiana- se respira en cada pasillo, salón de ensayo o clase del palacete de Prado; cuando una bailarina hace un giro o una pareja realiza un pas de deux.

Fernando bien supo exprimir las cualidades danzarías de Alicia (Alonso) y la virtud coreográfica de su hermano Alberto, para acentuar en la danza la musicalidad del cubano, para imponer el género en el baile: el hombre que se vea más varonil y la mujer que luzca su femeneidad con gracia, para que el virtuosismo vuele y la interpretación convenza.

Así se enseña hoy la danza cubana y se reconoce su impronta como la quinta gran escuela de ballet en la historia de este arte.

Ha dado grandes nombres tanto para el Ballet Nacional de Cuba (principal compañía del país) como para otros conjuntos del Mundo. Cubanos danzan hoy en el Royal Ballet de Londres, la Ópera de París, el American Ballet Theatre, El Bolshoi ruso, y en cuanta compañía clásica exista.

Hoy se dice fácil…, hoy existe escuela sólida, compañía y bailarines reconocidos en medio mundo, y maitres de prestigio.

Consecuencias latentes del prestigio y la necesidad de superación personal y artística. La emigración, el sentido diaspórico de la danza y la universalidad que han alcanzado los bailarines cubanos, y por transitividad la Escuela Cubana de Ballet, son factores que median en la formación de la nueva generación de danzantes en la Isla. 

Hace dos meses cuatro estudiantes cubanos arrasaron en el Concurso Internacional de Ballet de Sudáfrica; no han terminado aún sus estudios y ya llenan de gloria a su escuela y país.

Se aprecia su depurada técnica, la interpretación convincente y apegada a los diferentes estilos (romántico-clásico-neoclásico), el nombre de su compañía y el prestigio incólume de su escuela.

Por si sola la Escuela Cubana de Ballet podría formar hoy una compañía con sus estudiantes. El Encuentro de Academias para la Enseñanza del Ballet sirve de termómetro, promueve solidez y avance desde la exigencia, el trabajo diario y el reconocimiento.

Sin embargo, aboga por el diálogo artístico con el resto de las compañías, en especial con su génesis: el Ballet Nacional de Cuba. Falta esperar la respuesta.

La balanza se inclina en favor de la esperanza. Los balletómanos de hoy y de siempre aplauden desde el escepticismo. Ponen sus ojos en los jóvenes -como la sociedad toda lo hace en cada espacio social- como camino revitalizador del legado y el trabajo de Fernando, Alicia y Alberto.

 



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