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CRÓNICA DE UNA NIÑA ADULTA

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MARIANA BAFFIL LEÓN,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Ya casi amanece. Camila tiene 14 años y para ella otro día no es igual que para el resto de los niños. La luz del sol llega a brindar nuevas oportunidades, nuevos amigos, nuevos juegos; pero para ella solo simboliza nuevos clientes, nuevos billetes y, eso sí, nuevos sueños, aunque estos no puedan hacerse realidad tan fácilmente.

La jornada comienza con un grito fuerte y lejano de una mujer que dice ser su madre. La voz la manda a prepararse y a buscar su propio desayuno. Camila aún con el cuerpo cansado y el rostro soñoliento, sale a la calle y vuelve a encontrarse con un mundo que ya conoce, pero en el que desearía no haber vivido.

Como siempre, se detiene frente a la tienda de juguetes y mira la muñeca vestida de princesa, con lazos, pelo brillante y espléndida sonrisa, con la que sueña hace mucho tiempo. Observándola se sumerge nuevamente en un universo de fantasía que, a pesar de actuar como mujer, todavía conserva en su mente de niña.

Una mano gruesa le toca bruscamente el hombro y le pregunta el precio, no de la muñeca, sino de su cuerpo. Ella deja de pensar y siente que el pecho se le comprime. Ya sabe lo que quiere decir esa pregunta. Con un tono triste y apagado responde lo pactado con su madre. Cuando se dio cuenta, ya estaba montada en un auto que como tantas veces la llevaría a un lugar desconocido, pero en el que sabía qué hacer si quería comer algo en el día o no ser apaleada por quien la esperaba en la casa.

En un cuarto oscuro, la misma mano que antes le tocó el hombro ahora recorre violentamente su cuerpo. El tiempo, más lento que nunca, no termina y Camila siente caerse en un abismo que aún no entiende, ni quiere entender. Solo espera ansiosamente a que llegue el fin de esas caricias mustias y mecánicas que encuentran en su piel una forma de diversión o, tal vez, placer.

Mientras los movimientos responden a una rutina que ya se hace repugnante e insoportable, la mente vaga por el mundo ilusorio que ella misma ha creado y donde se refugia hasta ver otra vez la luz del sol.

De repente, tuvo el valor de hacer lo que hacía mucho había pensado: escapa. Y de tanto correr imagina que está donde, de seguro, vive la muñeca de sus sueños. Un sordo disparo demuestra que no va tan lejos como cree. El cuerpo flácido de la niña cae cual hoja en otoño sobre el suelo, que pronto se tiñe  de rojo.

El nuevo día ya despunta, pero para Camila no significaría más una jornada llena de dudas y sueños frustrados. Frente a la misma tienda de juguetes, una muñeca de carne y hueso, pero sin vestido de princesa ni lazos, yace sobre la acera. Solo queda de fantasía una leve sonrisa dibujada en su rostro que significa, quizás, la esperanza que aún guarda de vivir en un mundo donde las niñas parecieran muñecas y no juguetes de monstruos humanos.



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