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LA NOCHE MÁS TRISTE

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LISANDRA AGUILAR WONG,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Entró al cuarto despacio, silenciosa. Dejó caer sus húmedos labios en el calor de mi piel. No dijo más palabras que “te amo”, y salió de la habitación, ya sin importarle la torpeza de sus pasos, con el puño en el pecho y los ojos lastimados por la soledad que viviría a partir de ese momento.

En la mañana desperté, la llamé con ilusión de devolverle el beso que sentí en un falso sueño. Corrí hacia su cuarto, pero me detuve, en ese instante recordé el día anterior cuando ella y yo hablamos de cómo comportarme y de lo fuerte que debería ser. Volví a la realidad y di vuelta, pero no, no estaba ahí: mamá se fue a otro país, y ahora, ¿qué debería hacer?

Aquel día, la casa parecía entender el vacío en cada uno de nosotros, las habitaciones eran demasiado grandes y un silencio abrumador rompía la costumbre de las risas. Papá estuvo a mi lado, contaba historias para darme fuerzas. En aquel entonces era muy pequeña, no comprendía las cosas con claridad, pero vi en su rostro una tristeza insuperable por los meses que jamás volveríamos a recuperar.

Mi abuelita permanecía en un rincón, esperando la llamada aliviadora. Al instante, sonó el teléfono, fue hacia él. -Mami, llegué bien-, por esas palabras, según recuerdo, abuela dejó caer una lágrima que aún no sé si alivió su espíritu, o acabó entristeciéndola más. -Estoy en un lugar muy bueno, ¿la niña está ahí?

Me veo como si hubiese sido ayer, corrí con un salto en el corazón. Hablamos bastante, hasta que le cedí el puesto a papá. Luego, él me dio las buenas noches y conversamos sobre la necesidad de estar juntos para enfrentar futuros desafíos. Con su abrazo cubrió mis lágrimas, y solo recuerdo haberme dormido cuando lo hizo él.

Los siguientes días transcurrieron sin novedad, de la escuela para la casa, y a estudiar. Visité lugares de nuestra preferencia con papá, pero siempre la felicidad era incompleta, temíamos algo, volver allí sin ella.

Existieron momentos en que la necesitaba demasiado, pedía a gritos su presencia, los pocos minutos de las llamadas telefónicas no alcanzaban para contarle, a la mejor amiga, al modelo de mujer a seguir, cuánto la quería.

Conservé en mi mente los ratos cuando la vi sonreír, con eso y el apoyo de los que me amaban, pude salir hacia adelante. Recuerdo con certeza cuando fui a buscarla al aeropuerto tras el término de la misión, yo estaba tan emocionada, saltaba sin dirección alguna para verla a través de la baranda. Los próximos meses fueron de festejo total.

Algo sucedió después, los escuché hablar del futuro. Nuevamente sentiré ese beso esperanzador, la casa volverá a ser grande y vacía, no estaremos los tres a la hora del paseo y, otra vez, no se llenarán las sillas de la mesa del comedor. Unos pasos me despertaron en la noche, abrí los ojos y vi los zapatos del hombre más amado, los labios de mi padre se aproximaron a mi frente.



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