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EL VIAJE

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MONICA LEZCANO LAVANDERA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

No fue una decisión fácil. Llevaba años en la disyuntiva de encontrar su lugar verdadero. No era aquí, definitivamente. Hizo lo que pudo, pero sus sueños no cabían dentro de estas fronteras.

La vida era muy complicada para Elsa. Él nunca la apoyó, pero las ganas de crecer de ella pudieron más que la razón. Temía al peligro, desaparecer entre las olas de un mar inmenso era una posibilidad, pero su padre ya había mandado el dinero para el “viaje”. Todo estaba arreglado, menos su corazón. La venció la tentativa de una última oportunidad, y  se lanzó hacia la oscuridad del océano; el futuro la esperaba.

Después de dos días sonó el teléfono: “Llegué bien, ¿cuándo vienes?”, él no respondió. Las ideas se le trastocaron, cada vez era más fuerte el deseo de estar allá. Habló con su madre, pero no lo entendió. La llamada de Elsa empeoró todo: “Resolví con el dueño, sales el martes”, él cerró los ojos y tragó en seco, no atinó a nada más.

Caminó por las calles del pueblo para despedirse de sus recuerdos. Visitó a sus amigos, pidió perdón y volvió a la casa. Buscó la mochila más grande y reunió la ropa imprescindible. No tuvo mucho tiempo para pensar, el arreglo era para esa noche y si no llegaba a la hora pactada, no saldría del país. Aprovechó la oscuridad y se fue. “Mami, te quiero”, dijo antes de cerrar la puerta por última vez.
Los mosquitos eran el menor problema. Estaba rodeado de “pasajeros”, pero se sentía solo. No estaba feliz por su decisión, mas Elsa lo encontraría del otro lado del mar. La noche más larga de su vida apenas comenzaba. La incertidumbre lo atrapaba entre los matorrales, mientras los llantos de los niños que esperaban el mismo destino se hacían más fuertes en el eco del vacío.

La lancha no llegaba, pero no podía abrir las puertas al pánico. Elevó el volumen de su reproductora y se sentó a esperar, ya no había vuelta atrás. Las olas rompían contra la arena con una fuerza inigualable y el cielo se tornaba rojizo. “¡Están aquí, apúrense!”, gritó el jefe.

Primero montaron las mujeres con los niños y un señor de unos 70 años. Después fue su turno, tiró la mochila en la embarcación y subió con trabajo. Estaba mojado porque tuvo que nadar para llegar hasta allí. El lugar era pequeño, se acomodaron como pudieron, pero no iban contentos.

Era una lanchita moderna, no había peligro, todo saldría bien. El cielo se ponía cada vez más feo y la marea no se estabilizaba. Los niños sentían náuseas, a pesar del esfuerzo de sus madres, vomitaban dentro del espacio compartido. Era desagradable continuar así.

“Estamos a mitad del camino. Lo sé porque no es mi primera vez, hace dos años lo intenté, pero me enviaron de regreso”, le susurró el anciano. Él tenía miedo, aunque no lo demostraba. Las nubes se convirtieron en una lluvia incesante. El viento lo empeoró todo.

El oleaje crecía y se empeñaba en aliviar la carga de la “nave”. Los niños se agachaban para no caerse. Las mochilas ya estaban en el agua. Algo más grande flotaba, pero no se podía distinguir en la oscuridad.

Para el amanecer, habían arribado a la costa. “¿Estamos completos?”, dijo el dueño, pero no le respondieron. A unos metros, Elsa esperaba ansiosa, estarían unidos otra vez y podrían planificar juntos el futuro. Corrió a la lancha, lo buscó y encontró una sorpresa: él no llegó.



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