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SENCILLAMENTE ISMAELILLO

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YOHANDRA MARÍA PORTELLES,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de la Habana.

“Va por fin Ismaelillo, que solo no lo había mandado por ser mío (…) Para venderlo no está hecho: esas son cosas del alma; y para regalo ¿a quién, sino a los que como U., conozcan bien el recodo íntimo en que nacen esas flores?”, escribió José Martí a Nicolás Domínguez Cowan, cuatro años después de terminar su libro.

Cuando en 1881 Martí se encontraba desterrado en Venezuela, lejos de su patria, esposa e hijo amado, escribió este cuaderno, que es como él dijo, “un fruto del alma”, y marcó el nacimiento de la modernidad literaria en nuestra América.

¿Por qué el título de “Ismaelillo”? Cabe preguntarse si Martí, tan aficionado a los símbolos de los árabes, considerados descendientes de Ismael, conocía la versión de estos según la cual el sacrificio impuesto a Abraham por Jehová, no recayó sobre Isaac sino sobre Ismael; y aunque su hijo fue José por él, y Francisco por el abuelo, lo bautizó así para siempre.

En todo caso, lo que él parece subrayar en ambos personajes es la condición de “hombre en lucha con el cielo”. Prometeo encadenado por su rebeldía, Ismael despojado de su herencia y expulsado al desierto. Podría decirse que Ismael, de cuya educación tan poco sabemos por el texto del Génesis, se convirtió para Martí en un paradigma ideal de “la revelación madre–hijo” que él mismo refiere en el tomo XIX de la Obras Completas.

Recordemos aquí que Ismael se hizo en el desierto tirador de arco y hombre fiero… La imagen del caballero es una constante en Ismaelillo; por ello puede interpretarse este título como “ser fuerte contra el destino”, “Dios oye”, “hombre en lucha con el cielo”.

Ismaelillo es el hijo del poeta; el amor del Apóstol a la infancia lo cristaliza en él y a él consagra los manantiales de ternura que brotan de su espíritu férvido. El deslumbramiento y la conmoción iluminada que encarnan en este título se traslucen en sus páginas y las pueblan de luz, movimiento y calor. 

Martí es, en especial con este libro, el precursor del movimiento de renovación poética que había de hallar un vocero en Rubén Darío. Su breve cuaderno, tan breve que solo consta de quince composiciones, volcadas en metro de romancillo, frágiles, ligeros y alados, encierran la inspiración de padre amantísimo.

Este poemario es, para muchos investigadores, el iniciador del modernismo en la lírica americana; cuyos versos no solo apelan al hijo como salvación de la fe puesta en los hombres por el padre, según se anuncia en el prólogo, sino que proclaman la fuerza de impulsión vital hallada por el creador en su criatura.

Trasladando esta idea al plano de la acción revolucionaria -en el cual culminan y se funden todos los actos de Martí-, la relación padre-hijo, creador-criatura, se convierte en una alegoría del binomio hombre-pueblo, resultado de la riqueza creadora, genésica, que dio origen tanto al libro como a su obra toda.

Ismaelillo fue ya un libro extraño: con metros de apariencia popular y con el tema también popular de recuerdos del hogar y del hijo ausente; Martí elabora una poesía breve, pictórica, de rimas inesperadas, sintaxis compleja, arcaísmos y riquezas verbales, condensación y arte detallista.

Lengua y métrica son regulares; la fineza nueva se ve en imágenes de una sensibilidad tierna más viril. El Maestro sigue preocupado por su compromiso con la lucha civil y política, en el centro de esas costas se serena ahora como un lago: lago encantado, crepuscular, donde todo se vela tenuemente y entra en una bella irrealidad.

El romanticismo se había recargado con los años de mucha retórica, pero al Martí desnudar en Ismaelillo su ternura, esa desnudez, aunque romántica, pareció nueva, y los modernistas la consideraron y la considerarán por siempre inaugural.    



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