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UNA BUENA EVALUACIÓN A TODA COSTA

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IRELYS SERRANO ACOSTA,
estudiante de primer año de  Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

“Se ha de tener fe en lo mejor del hombre
y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar
ocasión a lo mejor para que se revele
y prevalezca sobre lo peor”,
José Martí.

La frase martiana tiene gran relación con un hecho acontecido recientemente en el corazón de nuestro hogar y en la parte más importante de él. Aquella que nos guía y prepara, que nos instruye para la vida. La que traza el futuro para quienes lo aguardan.

Precisamente, el tema al que me refiero es el fraude académico, un asunto algo trillado en la actualidad cubana, luego de que en varias ocasiones haya sido necesario cambiar los exámenes finales de onceno grado y ahora las pruebas de ingreso a la Educación Superior en la capital, debido a su repentina filtración.

Plagio, ¿sinónimo de humanidad?

Resultado de una profunda investigación centrada en varias encuestas realizadas, tanto a profesores como a estudiantes, se ha llegado a la conclusión de que el 94, 4 por ciento del alumnado ha utilizado el fraude como método para obtener buenas clasificaciones.

El presidente cubano Raúl Castro, se refirió, ante el Parlamento, a las cifras de este sondeo y lamentó la pérdida de valores morales y cívicos en Cuba, al tiempo que denunció “las graves grietas de carácter familiar y escolar arraigadas en el país”, y apuntó que la participación de maestros y padres contribuye a resquebrajar la educación de niños y adolescentes, pues el hogar y la escuela son las principales fuentes de formación del individuo en función de la sociedad.

La interpretación de los resultados estadísticos indica un fenómeno extraordinariamente complejo en el que es, probablemente, una intrincada combinación de factores la que lleva a los estudiantes a la decisión de cometer fraude académico.

Como es de esperar, en las respuestas de los docentes afloren disímiles motivos que, según ellos, los impulsan a cometer tal inmoralidad.

La mayoría de los alumnos demuestran equívocas concepciones de valores básicos vinculados con las relaciones entre ellos, que los llevan al fraude. Por ejemplo, el 60 por ciento de los estudiantes, considera que son la solidaridad, entendida como decisión individual o por presión social, la amistad y la reciprocidad los que los conducen a facilitar el fraude.

Las creencias estudiantiles sobre lo académico se han formado desde las experiencias escolares, probablemente, pero se ven reforzadas y confirmadas en la Universidad y pueden estar constituyendo ya toda una cultura, un conjunto de significados compartidos que hacen posible que el plagio ocurra como parte natural de la actividad del educando universitario.

Disocian los estudiantes las acciones fraudulentas de sus propias responsabilidades y las desplazan hacia la Universidad. Estas justificaciones operan de forma tal que quitan la culpa y desconecta la conciencia, permitiendo a una persona tomar, más fácilmente, decisiones de dudosa calidad moral.

La psicóloga Laura Domínguez García, en el texto Doping académico, publicado en la revista Alma Máter, explica que el fraude, en sentido general, “es expresión de la trasgresión de un importante valor moral que es la honestidad, el cual está asociado a la veracidad; es decir, a no mentir”.

Domínguez argumenta que este hecho puede tener en su base múltiples explicaciones: «Las causas van desde un desconocimiento de lo que significa ser honesto, pasando por una necesidad de quedar bien con los otros, ya sean los compañeros o la familia, de alcanzar competencia y obtener así reconocimiento social, hasta la creencia de que la deshonestidad puede traer beneficios, y en este último caso estaríamos en presencia de una desviación del desarrollo moral».

Según la encuesta, los discípulos también achacan el plagio a la labor de los educandos. El 28 por ciento de los estudiantes mencionó características pedagógicas de sus maestros.

¿Fenómeno cultural?

Si el fraude es un fenómeno de tipo cultural, ¿qué puede hacerse para contrarrestarlo? No parece suficiente cambiar formas de evaluar.

Según el académico Víctor Nilo, profesor de la Universidad de Cienfuegos, “debemos asumir otras políticas para revertir la situación; y no constituye un inconveniente solo de estudiantes o profesores, pero entre ellos está la clave. Cuando llegan a la Universidad, es justo tal materia, la que más alumnos saca en los primeros años de la carrera, a pesar de aprobar las pruebas de ingreso”.

En el reglamento escolar el fraude está reflejado como una falta muy grave. Las medidas con los estudiantes son de tipo educativo, de persuasión, de interacción con la familia. Incluso deberán rendir cuentas ante el Consejo de Escuela y ante su colectivo.

No es suficiente hacer cada vez más duras las sanciones y más efectivas las detecciones del plagio. La sanción del fraude será siempre injusta a los ojos de quienes lo justifican: los educandos.

Si realmente el Ministerio de Educación está dispuesto a modificar la cultura estudiantil alrededor del ámbito académico, debe considerar el comenzar a construir con los estudiantes nuevos significados acerca de lo docente, desde el cambio pedagógico, abarcando desde los currículos hasta las aulas.

La negación de la negación

Hay que tomar el problema desde la raíz, para deshacernos de los malos vicios y dejar la parte positiva. Las deficiencias en la Academia tienen que extirparse desde sus inicios, consientes que la inmensa mayoría de nuestros maestros, profesores, estudiantes y familiares, defienden con honestidad el proceso de enseñar y educar en una Cuba previsora desde que tomó las riendas de su destino.

Consecuente también con las dos épocas que Martí señalaba para los hombres políticos de estos tiempos: “la del derrumbe valeroso de los innecesario”, y la de “la elaboración paciente de la sociedad futura con los residuos del derrumbe”, para que a Cuba y a nuestra América le sigan naciendo los hombres y mujeres reales, con principios sólidos.

 



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