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EL ROJO EN LA PLUMA DEL LORO

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ROGMARY GARCÍA SÁNCHEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

El juicio comenzó. Bini levantó la cabeza. Afirmó que Alberto Ríos era culpable. El veredicto del condenado se produjo al día siguiente. Y cuando Daniel Chavarría escribe “El rojo en la pluma del loro”, el lector queda atrapado en la realidad de los crímenes e injusticias durante las dictaduras militares en el Río de la Plata.

Dislocada en el tiempo se encuentra la narración, pues a mediados de la historia el escritor aborda los antecedentes de la trama y al inicio, por la carencia de datos importantes, surgen interrogantes sobre: ¿quiénes son los personajes?, ¿por qué actúan así?, las cuales solo pueden responderse después de la lectura de 200 páginas, de 340 que posee el ejemplar.

Ese estilo propio del policiaco, con misterio e intriga desbordante, obliga a adherirse minuto a minuto, sin receso, a las letras del volumen. La acertada disposición de los diálogos brindan voces y caracteres particulares a los protagonistas y restantes miembros de la obra. El importante empleo de oraciones simples marca momentos de tensión y suspenso.

Capítulo a capítulo, Chavarría enlaza hábilmente los escenarios y contextos, contados con menor contenido político que en “Una pica en Flandes” (2006), integrante de la colección del autor.

Alberto Ríos, antiguo torturador de la dictadura argentina que se esconde en La Habana, Aldo Bianchi, quien lo conoce y quiere acusarlo por todos sus crímenes y, Bini, “jinetera” cubana y nexo entre ambos protagonistas, conforman la compleja red del principal conflicto.

Gran demora de la explicación del nombre, “El rojo en la pluma del loro”, en contraposición con el empleo de fuertes términos y sintagmas desde la primera hoja, continuando hasta la final como mal palo, pendejo y besuqueándolo en el cuello, crean sombras de errores y confusiones en la bien lograda secuencia de pasajes.

La religión afrocubana se presenta frecuentemente en el libro, afirmando que Chavarría es un “cubano nacido en Uruguay”, según su autodenominación. Esa transculturación la evidencia mediante las palabras: Yemayá (orisha de Yoruba), babalaos y tatas paleros (títulos Yoruba que denotan a los sacerdotes de Orula) y Palo Monte (creencia desarrollada en África central y traída por los esclavos a la Mayor de las Antillas).

Asimismo, el literato aborda la prostitución con igual elegancia a la de “Adiós muchachos”, otro de sus libros, concluido en 1994. Recurrió a la mención de “puta”, “guaricandilla”, “mujer orillera”, sin embargo, el respeto primó en todo momento.

Publicado por primera vez en Cuba en el 2001 por la Editorial Casa de las Américas, luego en 2006 por Letras Cubanas y, ahora, en 2014 por la Editorial Abril, el libro le valió al autor para obtener el Premio Casa de las Américas y el Premio de la Crítica en el 2002. Además, conquistó en varias ocasiones el premio Puertas de Espejo, distinción otorgada cada año a la novela más solicitada en la red nacional de bibliotecas públicas.

Mediante un atractivo diseño de Alexander Carcedo Olivé, la cubierta y el marcaje tipográfico de la última edición atraen con una rápida mirada. La utilización de dos únicos colores, el negro que brinda intriga y el rojo para darle el tono llamativo, convierten a la imagen de la portada en fiel compañera del título.

En la presentación de “El rojo en la pluma del loro”, realizada durante la 23 Feria Internacional del Libro 2014, Luis López Nieves, Premio Nacional de Literatura de Puerto Rico, expresó: “Hacía años que no disfrutaba tanto la lectura de una novela contemporánea que sin clasificaciones es magistral”.



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