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UNA FLOR CAMBIÓ MI ACTITUD SOBRE CUBA

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PHUONG VU LAN (OLIVIA),
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Hoy, cuando iba a la Facultad, vi a una niña de primaria que caminaba junto a su mamá y tenía un marpacífico rojo en el pelo. Aquello me hizo recordar la historia del hombre que, con un ramo de flores, cambió mi manera de entender la vida en Cuba.

Todo comenzó el viernes de una semana en que había estado lloviendo y parecía que jamás terminaría la tormenta. Como siempre, me levanté temprano, fui a la parada para esperar una guagua que me llevara a la Universidad. Aunque ese día hacía dos meses desde mi llegada de Vietnam,  todavía era una extranjera en la mayor isla de Caribe. No me adaptaba el ambiente de un país desconocido y, quizás por eso, odiaba mi vida nueva.

Al salir de la beca, noté que un anciano estaba siguiéndome. En ese momento, me extrañó y tenía algo de miedo, porque nunca lo había visto antes. Llegamos a la parada y el hombre se quedó. Cuando finalmente llegó la guagua, busqué en mi bolsillo una peseta para pagar el paisaje, pero no pude encontrar nada. Entonces, sin que yo dijera una palabra, el desconocido pagó por los dos.

Nos montamos en la guagua, el hombre se puso cerca de mí y me regaló una flor para disculparse  por haberme seguido y explicó que le había resultado curioso ver una asiática en Cuba, porque había ayudado a llevar alimentos a Vietnam durante la guerra contra los estadounidenses.

Me dijo que tenía la costumbre de regalar flores a las personas, pues lo había aprendido de su madre. También compartió que esta costumbre familiar le hizo feliz, aunque el número que se dan todos los días no es mucho. A la fecha, hacía solo un año de su jubilación y desde entonces se dedicaba a cultivar el jardín de su casa. Ha regalado ya casi 1 000 flores.

Luego, me contó que entre las personas a quienes les regaló una flor, mujeres, ancianos, muchachos…, normalmente los niños estaban más contentos que los demás. “Es verdad””, yo le creí, porque ahora la sociedad está tan llenas de peligros escondidos que tenemos dudas, a veces miedo, al recibir una cosa rara de un hombre extraño. Los pequeños son los más inocentes, siempre expresan el sentimiento real que tengan en ese momento.

El hombre se llama Toscanito. Conservaba algunas fotos con amigos vietnamitas del tiempo que estuvo en mi país. Estaba muy contento, pues hoy conocía a una vietnamita en la isla de Cuba.
El tiempo se fue muy rápido. La guagua se paró, yo bajé y me despedí de él amistosamente. La ojeriza contra Cuba de repente desapareció. Todavía estaba lloviendo, pero me sentía mucho mejor, tal vez feliz con algo de sorpresa, como si hubiera hablado con un viejo amigo.

Hace dos años llegué a Cuba, pero hasta hoy, nunca he podido olvidar la historia de ese día. Por un gesto sencillo, un hombre agradable me regaló una flor y cambió mi manera de entender la vida. Cuba cambió desde entonces.



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