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DUEÑOS DE NADA

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ANIA TERRERO TRINQUETE,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

El primer requisito para poseer es sentirse dueño. Si uno no se reconoce como tal nada tiene, aunque le sobren pertenencias. Según los psicólogos, a los niños muy pequeños que llegan al primer grado y tienen que hacerse responsables de portaminas, libretas y gomas, les pasa algo similar. Cada día hay que darles un lápiz nuevo. Los pierden, sobre todo, porque no han interiorizado el sentimiento de propiedad, la responsabilidad de cuidar lo suyo.

Así mismo sucede a nivel social. Durante años hemos repetido que somos dueños de los medios de producción, pero… ¿hemos interiorizado completamente su significado?

¿Cuántas veces nos resignamos a callar y no protestar ante un evidente maltrato o un hurto a plena luz pública “para no buscarnos más problemas”? Somos los dueños, pero permitimos que alguien robe o rompa lo nuestro sin decir nada. Y, además, a veces lo justificamos. “Pobrecito, tiene que defenderse…”.

No señor. Nosotros tenemos que defendernos. Del robo con guante blanco, de la permisividad, de la desidia, de la indolencia, del vandalismo, del maltrato institucionalizado, de los burócratas, de los muchachos que rayan la guagua para fomentar el ego propio,  de las secretarias que se arreglan las uñas sobre el buró y de las tenderas que conversan con su colega como si del otro lado del mostrador hubiera sólo estatuas.

En julio del 2013, durante la Primera Sesión de la VII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Raúl Castro, presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, afirmó que una parte de la sociedad veía normal el robo al Estado y toleraba como algo natural botar deshechos en la vía, marcar y afear paredes y fachadas, beber en lugares inapropiados, conducir en estado de embriaguez y otras indisciplinas sociales. Así, las malas conductas y las indisciplinas se generalizan.

El problema –cual manzana de canción infantil- se pasea desde las salas del recién robado Museo Nacional de Bellas Artes hasta los comedores de aquellos centros de trabajos donde abundan los “faltantes”. Y de paso, confiado por nuestras pasivas reacciones, se cuela entre grafitis que manchan estanquillos y paredes del Vedado capitalino. La solución solo depende, aunque no lo parezca, de nosotros mismos.

Necesitamos comportarnos como dueños de lo que nos rodea. Extender los límites de lo propio más allá de las puertas del hogar, de lo “mío y ya”. Lograr identificarnos con aquello que no está a nuestro alrededor y que, de alguna forma, nos pertenece. Tal vez, una buena forma de hacerlo es partir de una búsqueda más profunda de nuestra identidad. A ella hay que salir a despertarla, rescatarla y levantarla.

La solución comienza por nuestra capacidad de identificarnos con el lugar en que vivimos y sus tradiciones, con los medios de producción y con la tan defendida propiedad común que sostiene el socialismo; para protegerlos y protestar, sí, cuando haga falta. La respuesta es, en definitiva, intentar ser algo más que dueños de nada.



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