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EL MENDIGO QUE NO MENDIGA

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ALEJANDRO RAMÍREZ,
estudiante de quinto semestre de Comunicación Social,
Universidad Cooperativa de Colombia, Sede Bogotá.

Al iniciar el domingo en una mañana cálida de Bogotá, para unos algo especial es el plan de dormir y permanecer en casa sin hacer absolutamente nada; pero para mí no.

La mayoría de las personas prefieren quedarse en casa, adelantando trabajos o durmiendo, sin siquiera pensar en levantar un solo pie de la cama; en cambio, yo prefiero salir y disfrutar el único día en el que ambiente en Bogotá está para deleitarse con una ciudad llena de cultura.

Mis domingos inician con un buen baño, casi de una hora o hasta más, por qué no disfrutar de una buena ducha, después de una semana en la que mi tiempo en el baño es de solo 15 minutos. Me juzgan por lo mucho que demoro; hago caso omiso cada vez que empiezan con sus críticas.

Tal vez suene loco y poco a la moda para muchos de los que hoy en día piensan que adquirir nuevos conocimientos por medio de un museo es absurdo, pero para mí no, para mí simplemente el habitar estos pequeños espacios llenos de cultura y disfrutar de una buena compañía es lo mejor.

Al terminar mi largo baño solo queda esperar con ansias la llegada de la persona que con su compañía hace más gratificante cada momento. Ella siempre tiende a llegar un poco tarde, más de lo normal, ya estoy acostumbrado, por tanto, no me alarmo ante los hechos.

Lo importante fue que llegó, ya que más daba, a mí lo que realmente me interesaba era asistir pronto a aquel lugar.

Después de un cigarro, tan cálido y tranquilizante para mi estrés, no quedaba nada más que prepararme para subir rápido a cualquier bus que me llevara al centro, ese sitio de la ciudad al que todas las familias bogotanas desean asistir, lleno vida, y donde la gente con escasos recursos encuentra la única manera de ganar dinero por medio del teatro, de la música o, por qué no, hasta de las mismas fotos.

En el bus, me encuentro con algo muy extraño, un ser de la calle se subió, pagó el bus y se sentó; cosa rara, porque la mayoría de estos personajes solo lo hacen para pedir plata, o a robar, cosa que siempre temo que pase. Empezó a hablar con todos los que nos encontrábamos en el transporte, a decirnos y darnos un ejemplo del mal que puede causar el consumir drogas, llegando a perder la familia y hasta su propia vida.

Después, en uno de los asientos de al lado, se encuentra un niño de dos años, le pondría yo; empezó a cantarle y le puso San Rafael, hacía rimas, le cantaba y a la vez le aplaudía, con amor, el niño le correspondía sonriéndole, juguetearon entre ellos como diez minutos.

Del sucio y desgastado pantalón que llevaba aquel hombre, sacó unas monedas y a la mamá de San Rafael le dio mil pesos, para que le comprara  un helado al niño, cosa que a todos nos dejó sorprendidos, uno ya se acostumbra a ver que este tipo de personas solo se dedican a pedir dinero de cualquier manera, pero aquel hombre no lo hizo, al contrario, el amor le ganó brindando un gran gesto de cariño, creo que es algo que no se ve todos los días.

Este personaje se bajó en la Décima, parece que no se quería ir nunca, estaba muy amañado con el pequeño “San Rafael”, se le notaba en sus ojos que extrañaba mucho la vida que antes tenía.

Al bajar, se despidió de todos, se fue tranquilo y con gran tristeza por haber dejado a aquel niño, no se sabe realmente a quien le recordaría, pero aún así, se notaba que por su mente vivía el recuerdo de alguien que quiso mucho.

El bus continuo tranquilo, nada fuera de lo normal ocurrió durante el recorrido. Al llegar a la Décima, parte del centro de Bogotá, era mi parada, sujeté mi bolso con gran fuerza, y de igual manera advertí a mi acompañante que estuviera al pendiente de cualquier cosa extraordinaria que pudiera ocurrir; es un reto que estoy dispuesto a cumplir con tal de llegar a mi lugar favorito.

Sin duda, el recuerdo de ese hombre quedará marcado por siempre en la mente de todos los que presenciamos aquel momento.



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