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VEN AQUÍ, ABRÁZAME

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KATHERINE RODRÍGUEZ GAITÁN,
estudiante de quinto semestre de Comunicación Social,
Universidad Cooperativa de Colombia, Sede Bogotá.

Martín Vega  es un hombre de buen humor, de sonrisa encantadora y arriesgado; yo soy todo lo contrario: recatada, callada y de temperamento fuerte. Dicen que los polos opuestos se atraen y que las personas no llegan a nuestras vidas por casualidad. Tal vez esta es mi mejor historia.

Nuestra osada aventura inició una noche de junio, con cruces de miradas, sonrisas inocentes y tiernas; hablamos hasta la madrugada y los dos descubrimos que somos exactamente lo que no buscábamos, pero aún así somos todo lo que queremos. No sé si era amor, pues no tiene descripción. Siempre consideré que tenía  un hombre encantador conmigo, que aportaba a mi vida, me hacía querer ser mejor persona y eso era más que suficiente.

Esa noche supe que Martín se iría de viaje en cinco días, aún así quise descubrir su mundo, compartimos el tiempo que quedaba, disfrutando de cada uno como si fuera el último, solíamos comer fresas con crema, arroz con coco, ver televisión, jugar y discutir porque siempre estábamos en desacuerdo, pero nunca dejábamos de reír: lo importante era reír y reír juntos.

Llegó el momento, pasaron cinco días. Recuerdo haberle dicho: “No es el tiempo, son los momentos, siento que voy a perder a quien, sin querer, le ha dado el mejor sentido a mi vida”. Cada uno tenía sueños por cumplir y ninguno interferiría en los del otro.

Allí estábamos en una sala del aeropuerto El Dorado, en Bogotá, esperando a que anunciaran su vuelo. Entonces escuchamos: “Pasajeros del vuelo B-367 con destino a París, Francia, favor abordar”. Entre tantas despedidas, grandes equipajes, lágrimas y esperanzas, nos alejamos sin olvidar que nuestra historia merecía continuar y prometimos una vida bonita JUNTOS.

Todos los días a las tres de la tarde, hora colombiana, sonaba mi celular, hablábamos de nuestro día, él me contaba con detalles lo maravilloso que era conocer otro país y, por supuesto, de lo mucho que nos extrañábamos. Eran contados minutos, pero ¡como disfrutábamos! al reír y recordar los cinco días juntos en Colombia. En ocasiones se escuchaba mi voz quebra al pedirle con lágrimas en los ojos: “Ven aquí, abrázame”.

Se convirtió en un ritual hablar por celular unos minutos en la tarde y en las noches chatear. Era absurdo conocernos por medio de una pantalla y lo fue aún más sentirnos enamorados hasta el punto de cometer la locura de mi vida. Como ya lo he mencionado, es un hombre arriesgado y parte de esa cualidad me incitó a viajar a su lado. A decir verdad, no fue tan malo, me demostré a mí misma que no hay límites para quienes amamos con entrega.

Me tiemblan las piernas, mi mente está en caos, mi equipaje no acomoda y estoy empezando a arrepentirme de esto. ¿Qué tal si al vernos de nuevo ya nada sea como antes? Una vez más estaba en aquel aeropuerto, a las 11:20 de la mañana, en esta ocasión la despedida era para mí, el pesado equipaje era el mío y entre tantos anuncios en la sala de espera solo temía escuchar: “Pasajeros con vuelo a la ciudad de París…”

¡Por fin!, he llegado a mi tan anhelado destino, antes de bajarme del avión oré por lo que venía, suspiré y tomé impulso, pasé por todos los procedimientos rutinarios para dar la bienvenida a París, reclamé mi equipaje y alguien susurró a mi espalda: “Estas aquí, abrázame”. Era Martìn.

Quedé paralizada al verlo, aún no sé por qué, pero no lo abracé, sólo se me ocurrió decir: “Cómo has estado, mi cielo”. Él sonrió y me besó con ternura y amor, en ese momento comprendí que todo a su lado valdría la pena y que al despertar estaríamos juntos para pedirle: “Ven aquí, abrázame”.



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