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LAZOS EN LA DISTANCIA

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WALKIRIA JUANES SÁNCHEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Un mensaje reveló ante mis ojos lo que esperaba hace mucho tiempo: por primera vez supe de ti. Cuál es tu color favorito, qué helado prefieres o simplemente cómo estás, siempre me lo preguntaba. Es paradójico saber que venimos del mismo lugar y ni siquiera nos conocemos.

Yosi salió de Cuba con solo cinco años y nadie le preguntó si ese era su deseo. Nuestro padre dio el permiso a su mamá para llevárselo a República Dominicana con el sueño de darle las oportunidades que aquí no tendría. Los mayores decidieron “por su bien”.

La madre se casó nuevamente y fueron a vivir a los Estados Unidos. Debido a las diferencias con su padrastro, mi hermano mayor decidió irse de la casa con solo 15 años. Él no tenía residencia legal en ese país, y esto lo obligó a conseguir trabajos clandestinos y a vivir en las calles hasta alcanzar la mayoría de edad.

Tiempo después recibimos unas fotos suyas y una carta donde hablaba de la boda y la hija que había tenido. Mi mayor alegría fue el final de la misiva donde escribió: “salúdenme a mi hermana, estoy loco por conocerla”. Es el recuerdo más hermoso que guardo de nuestra historia.

Cuando él abandonó la Isla yo no había nacido. Lo poco que conocía eran las historias que los adultos contaban y, cómo su imagen, guardaba en la memoria el vago recuerdo de unas fotos que mi abuela paterna conservaba.

Papá murió dos años después. Desde la cama del hospital soñaba con volver a ver a su hijo. Nunca pasó, Yosi aún no estaba legalizado y no podía viajar; por problemas económicos pudo hacer una sola llamada, pero era muy tarde.

Hace pocos meses recibí un email, mi hermano había encontrado mi correo electrónico y estaba interesado en contactar conmigo. Comenzamos a comunicarnos periódicamente y entonces le pregunté: ¿quieres volver a Cuba? Una semana después me respondió: “No sabes cuánto deseo regresar, dentro de poco te voy a conocer”.

La textura de su piel, el tono de su voz, el primer abrazo o una buena conversación son recuerdos que familiares y leyes me ha impedido tener. Una oportunidad para saber quiénes somos, a lo que aspiramos como personas, la inocencia que perdimos de tanto sufrir es todo lo que pedimos.

Imagino el día de nuestro encuentro, cuando las fronteras de la distancia que nos separa sean 90 millas ajenas a nuestro cariño, cuando pueda decirle de frente lo mucho que quería conocerlo. Tal vez la experiencia no supere mis expectativas, pero será un sueño convertido en realidad.

Los lazos filiales son cadenas imposibles de romper. El olvido es utopía en materia de encontrar a los hermanos. Vivir en la ausencia de quien puede ser tu apoyo y tu alegría, es pasar por el mundo sin compartir lo que sentimos. La familia es el mayor de los tesoros.



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