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UN VIAJE PARA SENTIR

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LINH NGUYEN HOAI,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.
 

En la vida de cada persona existe al menos un viaje que no se puede olvidar. Tal vez por haber sido divertido, impresionante, triste o lleno de decepción. En cualquier caso, el viaje es la experiencia maravillosa que nadie niega. Nos trae diferentes visiones de los lugares, nuevos sentimientos y  conocimientos de la realidad.

En 20 años de vida, he visitado la Ciudad Prohibida y La Gran Muralla  China, el Templo de Angkor Wat de Camboya y algunos lugares cercanos del sudeste de Asia. Estos sitios me aportaron muchos conocimientos interesantes sobre grandes culturas del mundo. Pero todas estas experiencias solo son  históricas o culturales. Si no hubiese venido a  estudiar a Cuba, no tuviese oportunidad de ir a Santiago de Cuba y quizás no conociera la realidad de este país y no comprendiera de lo que soy capaz de lograr.

La primera noche del viaje hacia esa oriental provincia fue horrible. Cientos de personas se empujaban unas a otras para entrar en la estación. Sin embargo, el tren se retrasó. Después, los estudiantes de tercer año de Periodismo, los de otra facultad y yo, esperamos en vano bajo el sol abrasador durante mucho tiempo. Fue una prueba dura de paciencia y determinación para mi corta vida.

Conocía a Cuba como un país que tiene muy buena educación, pero que ha sufrido las agresiones de los Estados Unidos durante mucho tiempo y donde casi todas las ciudades no han cambiado desde los años noventa. Cuando llegué a Santiago de Cuba pude comprobar esta realidad, me encontré con una ciudad antigua y al mismo tiempo disfruté de la tranquilidad que se respira fuera de la capital.

Santiago no es sólo conocida como la cuna de la revolución cubana, además cuenta entre sus atracciones con maravillosas montañas, especialmente el Pico Turquino, que tiene la altitud de 1 974 metros sobre el nivel del mar.

Subir al Turquino fue difícil, pero nos ayudó para probar nuestra resistencia. Hay 12 kilómetros entre el principio y la cima y aunque parece fácil, más  de la mitad de los 102 estudiantes se rindieron en los tres primeros  kilómetros. Yo llegué hasta el décimo y me sentí muy orgullosa de este logro.

Había una casita, o más comprensible, una parada pequeña para los alpinistas. Cuando estaba allá, entre las nubes,  sentí el aire fresco de las montañas, empecé a recordar todo lo que había pasado y medité con mucho cuidado. Fue el tiempo más tranquilo de mi vida.

Sin embargo, el viaje no fue como me lo había imaginado. Hubo algunas cosas inesperadas, pero nada es perfecto, al menos tuve la oportunidad de disfrutar la belleza de la naturaleza cubana, aprender la diferencia entre las provincias, estudiar más sobre la revolución y conocer sobre mi vida. ¿Es estupendo, no?



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