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EL PEOR AMIGO DEL PERRO

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ADIEL GUEVARA RODRÍGUEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Hace algún tiempo leía un breve escrito en una revista sobre la  perrita Laika, el primer ser vivo en orbitar la Tierra. Mi reacción al conocer el destino final del animal, lanzado a lo desconocido, estuvo motivada en parte por mi confeso amor hacia los perros y, por otro lado, debido a la casualidad de que una de mis mascotas coincide asombrosamente en nombre y aspecto con el heroico can.

Su sacrificio se inscribe por derecho propio como uno de los más crueles y útiles de la historia pues, demostrando la posibilidad de supervivencia en las condiciones del espacio exterior, impulsó posteriores ascensiones humanas. Igualmente, permitió vislumbrar el desprecio empozado en el corazón humano hacia la vida del que se considera “el mejor amigo o instrumento del hombre”.  

Su sinuoso periplo comenzó cuando desandaba las calles de Moscú en busca de la comida del día. Tres años de edad y apenas seis kilogramos de peso parecieron ser los requisitos buscados por los hombres que la recogieron con el fin de incluirla en el programa espacial soviético. Originalmente la llamaron Kudryavka (Rizadita), después Zhuchka (Bichito), y luego Limonchik (Limoncito), para finalmente bautizarla con un nombre, hoy conocido mundialmente, pero de fugaz permanencia en su memoria.

La juventud y el vigor que llenaban el cuerpo de la peculiar aprendiz de astronauta fue cediendo ante agotadores encierros forzados, de hasta 20 días, para adaptarse al reducido espacio disponible en su futura nave. Quizás todo hubiera sido diferente si un caprichoso mandato no hubiera obligado a los científicos que la atendían a terminarle en cuatro semanas el pequeño objeto metálico que la llevaría a las estrellas. “¿Por qué tanta prisa por el 40 aniversario de la revolución bolchevique?”, “No estará listo”, “La vamos a sacrificar”, eran los rumores que sus menudas orejas lograban captar.

Un fría mañana, sintió cómo su entrenador, por quien comenzaba a sentir un tímido cariño, la cargaba para acomodarla en un sitio estrecho y familiar. ¡Era su nave! Con una limpia mirada de confianza posó sus ojos en aquel que la adiestró por tantas horas, pero el rostro humano desvió la vista para ocultar el remordimiento por lo que iba a hacer. Su conciencia lo reprochaba porque el satélite saldría hacia el Cosmos sin posibilidad de retorno para el animal, por su improvisada confección. 

Antes de partir, los asesores del experimento, mitad científico y mitad político, untaron en su cuerpo una solución de etanol, y pintaron con yodo las partes del pelaje donde llevaría extraños sensores para vigilarla. Vibraciones, fuertes sonidos y una abrumadora soledad serían las sensaciones que recordaría del despegue que agrupó tantas personas a su alrededor tras un cristal.

Inmersa ya en una gran oscuridad, solo interrumpida por pequeñas luces titilantes, su jadeante respiración le reveló un calor nunca antes experimentado en su soviética patria. En la Tierra, se informó de un fallo en el sistema de control térmico y el trágico desenlace de aquella historia no parecía lejos. ¿Cómo Laika podría imaginar que sus dueños habían planeado igualmente sacrificarla con comida envenenada? El estrés por sobrecalentamiento adelantó el trabajo.

Las diversas teorías de rescates extraterrestres o de su adopción por el titán Atlas, con la que diversos escritores negaban la muerte de Laika, era un necesario bálsamo para los que, como yo, aman a los perros. Justo antes de terminar de leer el texto de la revista, dos patas irrumpieron las ensoñaciones y mi mascota, de igual nombre y aspecto que la protagonista de estas líneas, me recordó con sus ojos la inocencia de un amigo que no espera ser traicionado. Tales pensamientos se complementaron con la incisiva frase final de Yuri Gagarin en el relato que decía: “Todavía hoy no sé si yo soy el 'primer hombre' o el 'último perro' en volar al espacio”.   



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