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LA OTREDAD EN LOS ESPEJOS

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JORGE YACER NAVA QUINTERO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso androide. Quizás así habría comenzado Franz Kafka el relato de La Metamorfosis, si algunos años de su vida hubieran transcurrido en el siglo XXI, cuando el hombre moderno es alienado del entorno social y la condición humana por la dependencia tecnológica.

La era digital que vivimos potencia el diálogo mediante dispositivos electrónicos que hacen la comunicación múltiple y casi instantánea, lo cual no implica que sea necesariamente más efectiva y vinculante. La escritura manual, la conversación cara a cara, la lectura del papel impreso y el contacto físico en las relaciones interpersonales, han devenido, para no pocas personas, recursos atávicos que datan del Paleolítico.

Capaz de cambiar las formas externas sin alterar su esencia, la alienación, como estado que suprime la personalidad y el libre albedrío del individuo, adquiere en el contexto de esta época de aparente “tecnocracia”, la facultad de subordinar las decisiones del hombre a la existencia de máquinas.

En el mundo, quienes poseen celular, tablets y computadoras con acceso a Internet u otra red menor, han asimilado el correo electrónico, Twitter, Facebook y el servicio de mensajes cortos en el móvil (SMS), como modos cotidianos de relacionarse. La pluralidad de códigos y su capacidad para simplificar las limitaciones del tiempo y el espacio dan carácter revolucionador a estos medios y redefinen el concepto tradicional de la conversación.

No resulta difícil llegar a un sitio y obtener la indiferencia como única respuesta a los buenos días, pues a menudo los presentes se niegan a desatender, siquiera por un segundo, los equipos digitales. Pareciera en esos momentos que, ante la realidad virtual de una pantalla fría, los sentidos abandonan toda percepción sensorial y el ser humano se vuelve una víctima dócil de la enajenación.

La adición a la tecnología es tan variada como la totalidad de soportes en que esta se comercializa. Algunas personas permanecen inmóviles durante horas por el desafío de un juego. Otras dependen de sus celulares para recordar las fechas, su  número de teléfono, una dirección o dedican varias horas del día a alimentar, vestir y acunar a una criatura digital. Además, destinan sus ingresos a la compra del último modelo en el mercado, como parte de un ciclo de consumismo y dependencia.

En Japón este fenómeno ha alcanzado dimensiones mayores, pues existe un grupo social denominado hikikomori (estar recluido), cuyos integrantes son individuos, autosometidos al aislamiento, que se relacionan con el exterior gracias a la televisión, el ordenador o los videojuegos. Tal encierro puede provocar en ellos la pérdida de las habilidades sociales y los referentes morales, así como un comportamiento violento o delictivo.

Sin embargo, la tecnología no es la génesis del dilema. Al analizar el desarrollo humano resulta innegable la importancia del conocimiento técnico que ha permitido la adaptación del medio y satisfacer las necesidades materiales,  de las que también depende, en cierto grado, la solución de las urgencias de la cultura y la espiritualidad. La panacea para el síndrome de ceros y unos depende de cuán capaces seamos de utilizarla, sin quedar esclavizados por ella.

Las ciencias aplicadas a la comunicación y sus resultados, ajenos aún a la socialización global, deben de vincular al hombre con sus semejantes para que, al mirarse en el espejo, vea una imagen propia y no la otredad de lo desconocido. El ser humano, desprovisto de identidad, es un nómada condenado a desandar el páramo donde solo crecen sus extravíos.



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