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UNA VIDA NO TAN ROSA

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JOSÉ MANUEL PÉREZ GONZÁLEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Lujoso salón y audiencia selecta. Sobre el escenario, la figura enjuta de una mujer vestida de negro que canta con dificultad. En plena interpretación, se desploma.

-Santa Teresa, mi dulce Jesús, no me abandonen, denme fuerza, quiero seguir viviendo. Resucítenme.

Es esta petición desgarradora la primera intervención de la casi irreconocible actriz francesa Marion Cotillard, en el filme La vida en rosa (La Môme), donde interpreta el que, según la crítica, es el mejor papel de su vida: a la inmortal cantante Édith Piaf.

La película, un drama biográfico estrenado en el año 2007 que corrió a cargo de la productora Légende Entreprises, recorre en dos horas y 20 minutos los momentos cruciales, casi todos trágicos, de la intérprete francesa, apoyándose en regresiones temporales desgraciadamente no siempre logradas.

Desde la visión de una Edith enferma y adicta, el director Olivier Dahan, quien es también el guionista, junto a Isabelle Sobelman, se adentra en los pasajes de una niñez miserable, una adolescencia sin frenos y el ascenso a la gloria de los escenarios que comienza al ser descubierta por Louis Leplée, representado por un Gérard Depardieu de solo quince minutos.

El producto es una mujer con muchos  matices, colmados unos de grandeza y talento y otros, realmente miserables y patéticos, logrados sin hacer un regodeo excesivo en lo morboso, aunque algunas escenas pueden herir sensibilidades, como la que muestra a la cantante en pleno éxtasis después de inyectarse droga.

Si se logró transmitir toda una serie de impresiones fue, sin ningún lugar a duda, por la actuación maravillosa de Marion Cotillard que la hizo merecedora de los premios Óscar, Globo de Oro y BAFTA, como mejor actriz. Fue calificada por Stephen Holden, del periódico norteamericano The New York Times, como “la más asombrosa inmersión de una intérprete en el cuerpo y alma de otra jamás encontrada en el cine”.

Esto, acompañado por el excelente maquillaje en las manos de Didier Lavergne y Jan Archibald, ganadores de un Óscar y un BAFTA, el vestuario de Marit Allen, premiada también con un BAFTA por mejor diseño, y la lograda ambientación, sitúan al espectador en los distintos momentos, mientras la iluminación y la música hacen el resto del trabajo y consiguen crear la atmósfera adecuada para vivir las sucesivas tragedias de la secuencia. 

En la música hago una pausa, pues en una película donde se pretenda recrear la vida de una cantante como la que nos ocupa, el tema requiere de un tratamiento especial. En este caso corrió a cargo de Christopher Gunning, quien hizo un magnífico trabajo premiado con un BAFTA a la mejor música original. Obviamente, su labor se vio facilitada en extrema medida por la calidad interpretativa de la Piaf, cuyas divinas melodías son un permanente hilo conductor, usadas siempre de la forma más oportuna.

Algunos, como Carlos Boyero, del diario El Mundo, catalogaron la producción como tediosa y lo cierto es que se le dedica mucho a momentos intrascendentes, me refiero a escenas donde se muestran presentaciones o conversaciones carentes de contenidos realmente jugosos, al tiempo que nombres y sucesos importantes son tocados de soslayo u obviados.

En síntesis, no es la octava maravilla, pero la voz prodigiosa y desgarradora de la Piaf, por quien profeso especial fascinación, y la actuación irreprochable de Cotillard hacen que sea un buen filme, con un título paradójico, pues la vida recreada fue intensa y grandiosa, pero en ningún momento, rosa.


 



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