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EL LAGO DE LOS CISNES

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JOSÉ ANTONIO RIGUAL DÍAZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.
Foto: NANCY REYES.

La interpretación de El lago de los cisnes por el Ballet Nacional de Cuba demuestra la calidad de la escuela cubana de este arte y la maestría de su directora Alicia Alonso.

En la versión creada por Alicia, se emplea la conocida estructura argumental, coreográfica y musical Petipa-Ivanov-Tchaikovski, sintetizada en tres actos y un epílogo. El argumento es una historia de transformaciones, hechizos, monstruos malignos y encantamientos en la que el amor verdadero triunfa sobre todo mal y enemigo.

La ejecución que la primera bailarina Yanela Piñera hace de Odette sorprende, aunque al interpretar a Odile realiza un mejor trabajo en los saltos, logrando mayor altitud y precisión. Sus más de diez giros consecutivos sobre un pie para finalmente caer con gran equilibrio en brazos del príncipe Siegfried (primer bailarín Camilo Ramos) evidencian la calidad de la danza que elabora.

Igual de buenas son las intervenciones del cuerpo de baile, pese a algunas imprecisiones a la hora de sostener a las danzantes en el aire y algún que otro resbalón en las caídas, principalmente en el acto primero.

La música, descifrada por la Orquesta Sinfónica del Gran Teatro de La Habana, bajo la dirección del maestro Giovanni Duarte, es un elemento de gran peso a lo largo de toda la función. Recrea un clima de alegría, tristeza, gozo o tempestad, según lo requiere cada circunstancia.

Utilizando las partituras de Tchaikovski, Duarte obtiene un paralelismo estable y compacto entre el sonido y las expresiones corporales de los bailarines, fundamental esto, si tenemos en cuenta que en la obra no hay diálogos y son la música y el movimiento los que transmiten el mensaje del drama al espectador.

Esta versión coreográfica de El lago de los cisnes demuestra un empleo correcto del vestuario, justificado en la uniformidad de las damas-cisnes y en el resaltado que se le da con colores más vistosos a los elementos principales del baile, dígase Odette, Siegfried, Bufón, etcétera.

A la uniformidad mencionada anteriormente contribuye, además, la labor que realiza Antonio Cañas con el maquillaje de los artistas y la combinación en los movimientos que efectúan los bailarines principales con el resto del cuerpo de baile.

La iluminación es aceptable y el juego de luces matiza cada escena con colores más claros u oscuros en dependencia del ambiente que se precisa establecer, ya sea lúgubre y misterioso o festivo. Con las luces estuvo muy bien logrado el patrón de captar y destacar ante el público el elemento actuante de mayor peso, o sea, de todos los artistas que hay en la plataforma, resaltar ante los observadores del espectáculo a aquellos más importantes.

En la función está muy bien trabajada la decoración y escenografía, con adecuados telones para cada uno de los episodios. También sobresale la rapidez con que se desmonta todo un andamiaje escénico y se prepara otro. En solo diez minutos cambia totalmente el teatro.

De manera general, se puede catalogar de muy buena esta puesta en escena dirigida por Alicia Alonso. Es una ejecución magistral, comparable con Cascanueces, Giselle y Coppelia, cargada de la excelencia técnica y calidad danzaría que resalta al Ballet Nacional de Cuba entre los mejores del mundo.

Pie de foto: La uniformidad y coordinación lograda por el cuerpo de baile en la obra es un elemento a destacar.



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