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¿TELENOVELAS ROSAS O AMARILLAS?

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DARÍO ALEJANDRO ALEMÁN CAÑIZARES,
estudiante de primer año de Periodismo,  
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Como buenos cubanos, gustamos del debate abierto, el que se lleva en las esquinas, en la parada de la guagua o en el centro de trabajo. Nos apasionamos en la conversación: gesticulamos como si quisiéramos agarrar la verdad que está dispersa en el aire e, incluso, llegamos a subir bastante el volumen del diálogo. Los temas pueden ser infinitamente variados, sin embargo, en los últimos tiempos son comunes las disertaciones populares acerca de un nuevo fenómeno suscitado dentro de nuestra cultura: los doramas.

Estas novelas coreanas de poco más de dieciocho capítulos han captado la atención de las generaciones más jóvenes y de otras no tanto, que crecieron con los teleteatros, “La esclava Isaura” y con Raquel Revuelta haciendo la “Doña Bárbara”, de Rómulo Gallegos. Resulta extraño que un producto tan exótico esté causando furor en nuestro país, si tenemos en cuenta los contrastes idiosincrásicos existentes entre Corea del Sur y Cuba.

Están quienes han dejado a un lado a Brad Pitt y a Jennifer López, íconos de belleza hollywoodense, para adoptar a un tal Lee Min Ho o a cierta señorita llamada Choi Ji Woo. También los hay que se aprenden algunas frases en coreano para soltarlas en cualquier conversación a manera de curiosidad o como símbolo de su sapiencia políglota.

Pero, ¿qué pasó con el espacio de la telenovela cubana que ha perdido tanto público para cederlo a los doramas? Todo es resultado, a mi entender, de la baja factura de los dramatizados nacionales, los cuales solo denotan malas actuaciones y pésimos guiones.

A diferencia de dichos productos cubanos, los coreanos no son tan extensos –no siguen la fórmula de los culebrones a la que nos hemos acercado alargando tramas sin sentido- y mantienen generalmente la ecuación inmutable del happy ending, la cual estuvo antecedida por una historia ausente de la violencia (física y verbal) y las escenas de sexo explícito que no pocas veces asaltan nuestras pequeñas pantallas. Podemos sumarles, además, la escasez de personajes negativos, haciendo de la situación problemática cuestiones referidas a tabúes y malentendidos.

Otra de las razones que conspiran a favor de las exóticas producciones asiáticas puede ser la diferencia cultural existente entre ambas naciones. Lo aparentemente extraño de esta importación de dramatizados que se da de memoria flash en memoria flash, es en verdad la causa de su éxito. Hay quien, ante la telenovela cubana, apaga su televisor alegando que “para ver desgracias y problemas ya tiene los suyos”, y así las coreanas se vuelven una especie de escapatoria a la agitada y difícil realidad del cubano trabajador, común y corriente.

Los doramas son relax y pasatiempo para muchas personas. La eterna sonrisa perfecta de sus actores es imitada inconscientemente por los televidentes, quienes ven en tales historias el paradigma de sus vidas: todos son ricos, y el que no lo es, al menos se gana la lotería en los últimos capítulos; nadie queda sin pareja. Los malentendidos se arreglan y no existen preocupaciones en un mundo de mansiones y galanes delgaduchos, amarillos pálidos, simpáticos y con envidiables moldes de cabello.

Debe de andarse con paso corto y vigilantes. Es muy probable que dentro de no mucho tiempo estén de moda los saludos reverenciados, los ojos rasgados y los palillos chinos. Al ritmo de tal proceso de transculturación, La Habana podría llegar a llamarse Nueva Seúl, así que: mucho cuidado (En coreano: 많은 걱정).



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