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¿COMPOTAS O FRICCIONES?

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ELIANYS JUSTINIANI PÉREZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Si algún día José José quisiera hacer nuevas versiones de su canción Cuarenta y veinte, le bastaría un andar nocturno por La Habana para obtener un Veinticinco y cincuenta, Dieciocho y Treinta y siete y hasta un Dieciséis y cuarenta y dos. Y es que las relaciones con marcada diferencia de edad se han convertido en un fenómeno tan común, que resultaría fácil escuchar en caminatas de un kilómetro, a más de dos parejas cantar, ante una mirada de reproche, que <<es el amor lo que importa y no lo que diga la gente>>.

Una parte considerable de la sociedad critica el noviazgo entre jóvenes y personas más adultas, y aunque el fenómeno también aparece en de la tercera edad, por ejemplo, una mujer de sesenta y un hombre de setenta y seis, el blanco de las miradas lo constituyen casi siempre las primeras. 

Se suele juzgar el vínculo por la distancia etaria de sus protagonistas y la diversidad de intereses que puede existir en etapas tan diferentes de la vida; yo prefiero incluirme en el grupo de los se cuestiona si realmente existe o no el amor en ellos.

En la actualidad, se ha comprobado que los lazos afectivos entre un joven y alguien superior en doce años o más, no se tornan muy fuertes en gran parte de los casos, debido a la diversidad de inclinaciones generacionales, lo cual puede generar constantes discusiones. Sin embargo, se estima que el más representativo por ciento de estas relaciones no trasciende por tener como origen el simple deseo carnal o el interés material.

Aunque también se ha visto a un hombre joven con una mujer mayor, se critica con más frecuencia a las chicas junto a señores que, en ocasiones, les doblan la edad. El último caso tiene, incluso, una explicación psicológica: numerosos expertos aseguran que, entre los treinta y cinco y cincuenta años, muchos hombres experimentan una leve etapa pedófila, donde fantasean con muchachas menores.

Al parecer, no pocos han cumplido con ese sueño ya no tan oculto, pues en un arranque de “titi-manía”, varios han remplazado a sus compañeras de largos años por chicas “más nuevas”, alegando, abiertamente, que prefieren dar compotas a dar fricciones.

No niego la posibilidad de que este tipo de parejas pueda encontrar, en la compañía mutua, la eterna felicidad; de hecho, existen casos donde algunos jóvenes se han casado con hombre o mujeres mayores y han sostenido perdurables matrimonios. Sin embargo, debo decir con tristeza que los ejemplos anteriores no constituyen un por ciento representativo; rara vez se puede percibir el afecto de aquella veinteañera y el príncipe de la canción, entrando en sus cuatro décadas.

Al cariño no se le debe poner cadenas, tampoco límites de edad, pero por desgracia, no siempre puede hablarse de cariño. Por tanto, a fe de quienes saben más por viejos que por diablos, cuando no exista realmente el amor, quienes peinan ya cabellos blancos, y quienes no lo hacen también, deberían llevar a reflexión de los más jóvenes cómo se verían peinando las canas de alguien que no es su padre, y a los más viejos, cómo se verían peinados por alguien que pudiera ser su hijo.



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