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REMINISCENCIA FÍLMICA

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JORGE YACER NAVA QUINTERO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Aunque Sergio está en el balcón de su apartamento dispuesto a observar La Habana con el telescopio, esta vez el lente no intentará captar y juzgar a la ciudad que cambia o al propio vigía, sino la introspeción crítica de Memorias del subdesarrollo, uno de los clásicos de la filmografía latinoamericana, producido en 1968 por el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) bajo la dirección de Tomás Gutiérrez Alez (Titón) .

El largometraje, basado en la novela homónima del cubano Edmundo Desnoes, cuenta, en los primigenios y vertiginosos días de la Revolución, los conflictos existenciales de Sergio Carmona, quien decide permanecer en Cuba cuando su familia y ex–esposa se marchan a Estados Unidos. Sin embargo, no se limita al relato de la historia personal, pues cuestiona la perdurabilidad de la ideología burguesa en un entorno socialista que no escapa al enjuiciamiento.

A partir del guión escrito por Titón y Desnoes, excelente adaptación del texto original, los actores Sergio Corrieri, Daisy Granados, Eslinda Núñez, Beatriz Ponchora, Yolanda Farr, Gilda Hernández, René de la Cruz y Omar Valdés reconstruyen en 97 minutos los recuerdos de un burgués y el subdesarrollo que este cree ajeno.

Con maestría, sin estilización desmedida ni superficialidad inverosímil, Corrieri representa a otro Sergio, diletante y nihilista, que, desde su intelectualidad, se enviste como juez de la realidad cubana en 1962 , pero es incapaz de integrarse a ella o actuar para cambiarla. Tales complejidades vuelven difícil la cercanía a él, quien, poco a poco, permite vivenciar la adaptación de un representante de clase media-alta a los cambios de la Revolución.

A su vez, Eslinda Núñez y Daisy Granados también se desempeñan notablemente en sus respectivos roles. La primera, como encargada de la limpieza en la casa, asume para Sergio, por su bucolismo, el papel de la amante en la fabulación de un amor idílico. La segunda , en cambio, transmitiendo inseguridad y desequilibrio, se convierten para él en un símbolo del subdesarrollo.

El diseño escenográfico del apartamento, la selección de los exteriores, la música de Leo Brouwer y la acertada combinación fotográfica de blancos y negros, totalizan, por la armonía que los une, el ambiente de introspección en el que los conflictos del protagonista se desarrollan, sin ingnorar la transformación exterior.

Estructurada como una obra de ficción, la película presenta elementos documentales que enriquecen la dramaturgia, aportando una visión objetiva de la sociedad que contradice y complementa el subjetivismo congénito en la personalidad de Sergio.

Los componentes documentalísticos y la materialización de los conflictos sociales logrados por Gutiérrez Alea hacen que el largometraje supere y trascienda su origen literario. Asimismo, los fragmentos fílmicos agregados reflejan una parte de la vida anterior a 1959 en Cuba, como antecedente necesario para la comprensión.

A pesar de tener un desarrollo cronológico, el relato fílmico es conducido varias veces por el protagonista a retrocesos temporales, reminicencias motivadas por el afán de entender el entorno y entenderse a sí mismo, lo cual, unido a la disposición de los planos, el diálogo y el estado emotivo de los personajes, establece una lógica interior que guía la intencionalidad del filme.

No se trata, pues, de un largometraje que acepte ni conceda gratuidades intelectuales. La densidad y polisemia de sus reflexiones validan la tesis de que el espectador, además de difrutar el cine, debe estar reflejado y comprometerse con las problemáticas que este asume. El final de la película es un desafío a ello: las olas truenan al lanzarse contra el malecón, la crisis ha estallado, el holocauto se ciñe sobre Cuba y Sergio pemanece pensativo en la cama, mientras el telescopio, otra vez, mira La Habana.



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