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EL DÍA QUE VI GIGANTES

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JOSÉ ANTONIO RIGUAL DÍAZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

¿Alguna vez ha visto un gigante? Yo vi a dos y lloré de emoción. Fue un 21 de agosto del 2005, tenía entonces once años, pero aún siendo niño, uno es capaz de inmortalizar momentos que marcan la vida.

Ese día, me levanté más temprano. A pesar del fuerte sol que parecía cocinar las piedras, todos estaban en la calle esperando con banderas el acontecimiento. A las nueve de la mañana, pasarían los comandantes Fidel Castro y Hugo Chávez, para saludar al fervoroso pueblo pinareño que los esperaba.

Eran las nueve con quince minutos cuando comenzaron a oírse sirenas y escandalosos cláxones de automóviles que venían en caravana. Se acercan, pensé, y los gritos de la enardecida multitud, parada a orillas de la acera, se hacían cada vez más eufóricos.

De pronto, mi corazón bombeó más rápido, pues a mi poca edad podía entender que aunque en la escuela aprendiera mucho de la Historia, no todos los días tendría la oportunidad de ver, en la calle, a los grandes hombres que la hacen.

Desfilaban autos frente a mí y en cada uno clavaba la vista hacia el interior de sus  ventanillas, buscando a un hombre robusto con boina roja y a uno más alto y delgado con barba de nube. Hombres que solo había visto en televisión, pero que sentía muy cercanos.

Mi sorpresa fue cuando, a la postre, apareció un viejo Jeep verde descapotable, de fabricación soviética, pero que todavía rodaba en Cuba. Encima del vehículo, dos uniformes verde olivo parecían no contener a los vibrantes cuerpos que los poseían, y que más que el atuendo militar, merecían túnicas celestes.

Transcurrieron unos segundos de expectación, de silencio, de euforia, de qué sé yo lo que era esa mezcla de sentimientos que me dominaba. Fidel, como buen anfitrión, le había dado el lado derecho a Hugo Chávez. Con ese hombre a un metro de distancia, yo no podía hacer otra cosa que llorar, llorar como lo hizo mi madre, que no contuvo la alegría en el pecho y gritó: “¡Chávez!” Él la miró y sonriente le gesticuló un hasta pronto.

Se dirigieron al occidental municipio de Sandino, que había sufrido las desgracias de un huracán, a fundar la Villa Simón Bolívar y realizar otras acciones, como parte del proyecto de la Alternativa Bolivariana para la América (ALBA). Dicen que después, allá por San Juan, Chávez quiso hasta conducir. Estuve atento a cada detalle por la tele.

Aunque pasaron casi dos lustros de aquel momento, todavía lo recuerdo como si  hubiese sido hace unos meses, y no me resigno a creer que el líder bolivariano al que clamábamos: “¡Uh, ah, no se va!”, se haya ido. Hasta que comprendí la veracidad de la frase de Vallejo: “Hay golpes en la vida, yo no sé.”

Pero a pesar del tiempo, ni el olvido, ni  los años, ni tan siquiera la muerte han podido borrar de mi memoria, la imagen de aquel día en que vi a dos libertadores triunfantes entre el pueblo; el día que por primera vez en mi existencia, yo vi gigantes.



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