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AL TORRERO DE LAS NUBES

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JORGE YACER NAVA QUINTERO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

El cielo, cual urbe cosmopolita, preside la escena y, unidas por la historia vital de un joven pintor, cuatro parejas construyen Rascacielos, obra del actor y dramaturgo cubano Jazz Vilá que, con dirección actoral y artística de Teatro El Público, asume como desafío mirar la hondura de los abismos humanos.

Lorenzo se reúne a cenar con sus amigos el último jueves de cada mes, pero esta vez resultará diferente. Ha decidido confesarles que tiene una relación con otro hombre y al hacerlo desencadena la narrativa de un texto donde la homosexualidad, la incomunicación, la infidelidad y la violencia confluyen con acierto, no porque la temática pueda ser controversial y contemporánea, sino por la frescura y actualidad con que se personifica en los actores.

Desde la Sala Adolfo Llauradó en la Casona de Línea del Vedado habanero, dos elencos asumen la representación del texto escrito por el dramaturgo Marcos Díaz a partir de la idea original de Vilá. Noveles actores como Camila Arteche, Lulú Piñera, Katerine Richard, Carlos Busto, Omar González y Amaury Millán, logran, junto a las experimentadas Dania Splinter y Broselianda Hernández, una indagación intimista capaz de reflejar con autenticidad la cotidianidad emotiva y sexual de los protagonistas.

El guión aúna coherentemente distintas voces alrededor de los rascacielos que son, para algunos, la búsqueda del espacio negado por los convencionalismos sociales y, para otros, la reclusión autoimpuesta como refugio donde pueden inventarse la felicidad. Sin embargo, esas voces, aunque lúcidas y sagaces, plantean, en ocasiones, un discurso más trascendentalista que trascendente.

Ana le es infiel a su marido con el joven y cándido David. Mónica y Claudia se aman, la primera se niega a asumir ese riesgo y la segunda cede al placer. Comprometidos ya a la violencia y al simulacro del cariño, Omar y María Karla van a casarse. Y Lorenzo estrecha entre sus brazos a Leo, un muchacho de preuniversitario, que años después le confunde con Julián, tratando de burlar a la nostalgia. Cuatro historias enlazadas por el babélico empeño de decirlo todo con un lenguaje común, acaso… vivir.

Laberíntica, la estructura espacio-temporal se niega al orden cronológico y la inmovilidad. Los hechos se suceden en momentos indeterminados del pasado y solo al final regresan al presente para descubrir que el pintor, vínculo entre ellos, ha muerto y su recuerdo pervive en aquel escolar que lo busca, sin encontrarlo, en otros amantes. Amor y muerte se contraponen en un epílogo inconcluso.

Como elemento definitorio de la escenografía, un mural dividido en dos partes muestra, con grises y negros, la panorámica de la ciudad llena de rascacielos y un corazón escarlata en el centro que, con cierta dosis de fetichismo, se separa para develar, tras de sí, los personajes y sus conflictos.

Solo la cama habita invariablemente el espacio donde las parejas develan su intimidad y una mesa es el único asidero material cuando, a partir de la conversación en el restaurante, se quiebra el desarrollo lineal de los acontecimientos. Sencillo y funcional, el diseño de la escena no apela a mayores complementos, da a la imaginación los rudimentos del lugar, dejando el resto al ensueño.

Las luces y la música, de Hernán López Nussa, completan la dramaturgia. Claroscuros envuelven con dramatismo a los actores cuando encaran al público y le cantan melodías de desamor, no como recurso incidental, sino como parlamento justo.

Y así, cuando todo concluye, como despedida, las parejas se besan y el corazón pintado en el mural queda unido, tratando de hermanar los rascacielos desde donde el público, torrero de las nubes, ha de mirar, ajeno o cómplice a la propuesta de esta obra, el espectáculo de su propia vida.



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