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SI DIOS PUDIERA CANTAR

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CLAUDIA PÉREZ VILA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana. 

Los nuevos adelantos tecnológicos, aparejados a las contemporáneas generaciones de artistas, sin que esto suponga límite de edad, marcan pautas en el desarrollo musical. La idea de hacer todo lo propuesto, desmidiendo capacidades para determinadas ramas como la música está dañando nuestra imagen cultural ante el mundo.

El interés de muchos cubanos por componer música e interpretarla  está desproporcionado con las aptitudes de muchos. Más allá de verlo desde la perspectiva por alcanzar un sueño, deberíamos observar qué tipo de obra están realizando y su repercusión en lo social. 

Sin aspirar a componer la Novena Sinfonía de Beethoven o la zarzuela María la O, de Ernesto Lecuona, algunos temas propuestos en   programas como Piso 6 o Clip.cu son denigrantes para la sociedad. Espacios con “lo mejor de la música cubana y mundial”, opacan la imagen eminentemente musical que tenemos ante el mundo. 

No es un asunto de ritmos, más bien de letras. Tampoco se trata de un problema del reggaetón sino de los reguetoneros y los compositores que, con palabras groseras, llevan al declive cultural de la juventud y, por ende, de la sociedad.

Qué puede aportar musical y estilísticamente un hombre comparando a exóticas mulatas con canchanfeltas o chivichanas. No creo que la Real Academia de la Lengua Española haga una acepción de esos términos con los que pocos ciudadanos se sienten identificados.

¿Qué presentaré a mis hijos o nietos?, una Propuesta Indecente, de Romeo Santos, no estaría mal. Escuchar a cantantes nacionales como internacionales en vivo, sería, para el operista Pavarotti, resucitar alucinando de entre los muertos.

La revolución tecnológica ha perfeccionado las voces. Nadie desafina en un disco, pero cuando se trata de una actuación en vivo, deberían ser más que “caras de ángeles” y coreografías de dioses.

Aparece entonces la industria musical como el monstruo monetario permitiendo realizar sueños con solo pegarte a la tarima, pero el talento innato que muchos llevan, no es cosa de última generación. 

Ningún estudio de grabación va a competir con la voz de la desaparecida Esther Borja o de nuestra grandísima maquinaria, los Van Van. Tener un grado mínimo de afinación, que no es sinónimo de cantar bien, ha permitido a muchos obtener un lugar reconocido entre la cúspide cultural cubana.

La enfermedad composicional del nuevo siglo está atacando los vehículos de transportación, cumpleaños, bares y muchos lugares donde confluye un gran número de personas. Las épocas y los gustos populares cambian, pero elegir una buena debe ser siempre una opción para acompañar al ser humano.

Sin lugar a duda, cada quien elige con qué quedarse. Sin otra alternativa por ahora, me refugio en la frase de la cantante canadiense Celine Dion: Si Dios pudiera cantar, tendría una voz como la de Andrea Bocelli.

Piezas como el mambo Bonito y sabroso, del Bárbaro del ritmo, Benny Moré, fueron paradigmas de una  época y, a cincuenta años de la desaparición física del músico, siguen escuchándose y gustando, incluso, por aquellos que no vivieron su época.



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