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DÍAS INOLVIDABLES

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VI TRAN KIM TUONG,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Cuando era una niña no tenía buena salud, si el clima cambiaba, mi cuerpo sentía dolor. Asimismo, tenía que ir al hospital muchas veces, debía tomar pastillas e inyectarme para sentirme mejor.

Una vez observé un accidente, estaba en la habitación de emergencia. La situación estaba muy peligrosa ya que un hombre necesitaba urgentemente una transfusión de sangre, si no, moriría. Sin embargo, en ese momento, no había suficiente sangre en el banco de reserva del hospital. Los enfermeros necesitaban la ayuda de alguien con el mismo grupo sanguíneo del paciente. Ya habían probado con todos los familiares del enfermo, pero no había nadie adecuado, porque su tipo de sangre era poco frecuente. Felizmente apareció un muchacho y, por tanto, las circunstancias cambiaron su destino.

Mucho tiempo después de esos sucesos, me convertí en una joven y estudié en la Universidad de mi país, donde cada año se organiza un día para donar sangre y todo el mundo puede venir a ofrecerla. En mi centro educativo se organizó también. Esa ocasión me hizo recordar al joven donante que conocí en el hospital, y me dispuse a participar.

Fui a preguntar a mis padres, pero ellos no querían, porque tenían miedo de que los instrumentos del sistema de salud no tuvieran buena calidad, quizás podían transmitir enfermedades. Tuvimos un encuentro para averiguar sobre esas cuestiones, pero la opinión de mis padres no varió.

Por fin, había llegado el momento de donar sangre. Encontraba muchas informaciones sobre los procedimientos: no quedarse levantado hasta muy tarde, no tomar bebidas alcohólicas. Al principio estaba un poco preocupada porque tenía miedo a los médicos, la aguja para la inyección y a la sangre. Los profesores y compañeros en el aula venían a participar también.

Observé el proceso de extraer la sangre: el primer paso era una revisión general sobre la situación de salud. Al principio había mucha disposición, pero después varios sintieron miedo. Allí había muchos estudiantes voluntarios de la Universidad que para ayudar a reponer a quienes donaban sangre le conversaban de diversos temas. Los médicos también eran muy buenos, con sistemas de gran modernidad. Cuando terminó la donación, me otorgaron un certificado de salud pública y un pequeño regalo.

No puedo negar los beneficios de donar sangre, hace que la cantidad perdida en el cuerpo sea sustituida por otra mejor. Pero, sobre todo, es una actividad con un valor espiritual entre las personas, es como regalar vida. Especialmente en la actualidad, donde tendemos a ser pragmáticos, a veces solo sabemos sobre nosotros y no tenemos cuidado de otros. Sin duda, fue una oportunidad preciosa para mí.

Pero el cuento todavía no ha terminado. Cuando regresé a mi casa, me sentí muy alegre y no sabía que iba por una calle de sentido único y la policía me detuvo. Según la ley, tenía que pagar dinero y debía guardar mi moto.

Sentí que mi corazón estaba muerto cuando escuché lo que él me dijo, pues la moto no era mía y si mi padre sabía esto, seguro me regañaba. Luego de plantearle al oficial que yo era estudiante y participaba en una donación de sangre, me dejó partir. Ese día tuve mucha suerte y aprendí que las buenas acciones siempre se devuelven.



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