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VIDA EN… ¿SOCIEDAD O SUCIEDAD?

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ADIEL GUEVARA RODRÍGUEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

A cualquiera le resultaría muy desagradable pasear por Cuba, con el fin de disfrutar de sus encantos naturales, coloniales o de moderna arquitectura, y toparse, de forma intempestiva, con desechos humanos de las más disímiles procedencias amontonados en el área pública.

Con ello no le estoy dando la espalda al hecho, totalmente conocido, de las frecuentes irregularidades en la recogida de la “suciedad citadina” por parte de los camiones de Comunales. Lo que en realidad me choca es que en cualquier ámbito cotidiano donde nos movamos, estudiantiles, laborales o incluso familiares, siempre hay una despreocupada mano con un “aporte” al reino de los desechos, que marchita la belleza de nuestro país.

Para lograr convencerse de estas certezas solo será necesario hacer una visita a las playas cubanas, de paradisiaca admiración precolombina. En ellas, sumado al sol, el mar y la arena, pueden encontrarse, también, verdaderas barricadas de objetos invasores que van desde pomos y latas hasta botellas y restos de comida. La desolación del paisaje se repite, con alarmante frecuencia, en muchos balnearios que fueron alguna vez orgullos de la nación.

Lo peor de todo es que el daño, además de poseer implicaciones estéticas, afecta enormemente a nuestro medio ambiente y torna a veces irrecuperables extensas franjas de playa, condenadas al olvido por una insalubre contaminación. Sin mencionar que la mayor parte de la basura que arrojamos, incluso, con un depósito a nuestro lado destinado a ese fin, son elementos que tardarán décadas y hasta siglos en ser asimilados por el océano.

Si lo anterior no le convenció, tal vez se despierte su sentido común cuando advierta la espesa mugre que ronda cualquier parada de ómnibus con una populosa asistencia de transeúntes. La permanente comitiva siempre se ve cercada por vendedores de maní, caramelos, granizados, etc., y, tras ser consumidas muchas de sus ofertas, son tirados al suelo, vacíos de su contenido, los cucuruchos, vasos y nylons, como si evadieran el destino de un cesto, en espera de ser llenado. ¿Acaso sociedad y suciedad se convirtieron en sinónimos?

Le dejo a su libre elección la posibilidad de juzgar por sí mismo la connotación irrespetuosa que yo advierto en el hecho de que se arroje basura en lugares históricos o de esparcimiento como monumentos y parques, con un claro ejemplo en el popular Malecón habanero, devenido en una meca de la inmundicia. No veo dificultad en guardar un papelito y llevarlo en los bolsillos hasta encontrar dónde poderlo echar. Es esta una regla básica de convivencia y muestra consideración hacia quienes garantizan la higiene de las ciudades.

Una práctica que se entroniza, producto de la desidia de las personas, no puede seguir ganando adeptos. Es necesario combatir sus ramificaciones si queremos dejar de ver en cada esquina, al borde de la náusea, esa generalizada conspiración contra la limpieza. Junto con ponernos a barrer y recoger, deberíamos primero reciclar nuestros malos hábitos.   



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