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CUANDO VUELA UN ÁNGEL

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CLAUDIA PÉREZ VILA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Las ropas en maletas y los ojos verdes de su madre empañados por lágrimas que el tiempo borraría, dieron el indicio a una ruptura familiar. Ella, con siete años, escondida debajo de la cama, negó ver la partida del ser que la ayudó a llegar donde estaba y, de alguna manera, está hoy.

Recuerda la despedida de su padre. Un beso caluroso diciendo “adiós, mañana vuelvo a verte”. La noche eterna y el constante insomnio, fueron los más fieles compañeros en ese momento.

Una bicicleta se esfumó en la oscuridad de la noche, y a lo lejos lo veía partir sobre ruedas. Los amigos, la mujer por la que abandonó a su madre y el trabajo, lo estaban alejando cada vez  más de su pequeña hija.

Las calificaciones en la escuela comenzaron a disminuir. Las pocas visitas al hogar y el distanciamiento emocional con su nueva pareja hicieron que el rendimiento académico no estuviera como antes. Los profesores, preocupados, le recomendaron a la madre que buscara ayuda en un especialista.

Disímiles fueron los sicólogos que explicaron el por qué del descenso de peso, la falta de interés por los juguetes y la desmotivación por el piano, instrumento que practicaba entonces. Ellos no tenían otra explicación: necesitaba amor paternal.

Sentada, esperando la clase de Solfeo, pasó un hombre alto, con una bicicleta parecida  a la de aquella noche y supo que no era él, pues no la reconoció. Lo siguió con la mirada recorriendo todo el camino hasta que él volteó la cabeza, hizo un gesto de saludo y continúo su andar. 

En la mañana, al recogerla para ir a la escuela, dijo: “Disculpa, cielo, no te vi, estás convirtiéndote en una mujercita demasiado rápido”. Entonces recordó que el robusto señor de camisa a cuadros del día anterior era su papá.

Sufrimiento maternal y lágrimas escondidas condujeron a la madre a cuestionar su decisión. Le dispuso todo su amor. Luchó como madre y padre, hombre y mujer.

La guerrera del cuento de infancia nunca se fue, el guerrero sí. Las incertidumbres en el interior de una niña que crecía sin el beso de buenas noches o de, “qué tal corazón, cómo amaneciste”, continuaban presentes.

Pocos meses después, la vida empezó a tomar su rumbo nuevamente. Pasó el octavo cumpleaños en compañía de ambos. “Te voy a traer muchos chocolates, muñecas preciosas y una fiesta como la que nunca te han celebrado”, prometía sin cesar. Hoy, en vísperas de su cumpleaños número diecinueve, espera, lejos del hogar, las muñecas, los chocolates, pero sobre todo, el abrazo que reclama a gritos el regreso de su ángel.

 



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