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EL NIÑO INVISIBLE

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LAYDIS SOLER MILANÉS,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana. 

Alfredo tenía la cara roja y no paraba de sudar. Sus ojos estaban fijos en el papel escrito que sostenía con las manos temblorosas, si miraba hacia adelante, tendría que enfrentar a los rostros curiosos de los casi 300 estudiantes de la escuela primaria. Todos ellos permanecían allí, algunos atendían al matutino, otros conversaban disimuladamente.

Él integraba la última fila de alumnos parados en la pequeña plazoleta que servía como escenario para los actos públicos de la institución escolar. Estaba oculto, nadie se fijaría que se encontraba en ese sitio hasta que llegara su turno para hablar. Era uno de los momentos, en que quería volverse invisible.

Una niña rubia de pelo largo comenzó a recitar un poema con buena entonación. Los demás infantes la miraban. Los alumnos conmemoraban el aniversario 117 de la caída en combate de Antonio Maceo. Algunos sostenían carteles con fotos del héroe.

Alfredo esperaba, ya no leía la hoja, estaba pensando en cómo llegó a participar en esa actividad estudiantil a pesar de ser tan tímido. Estaba seguro que cuando le tocara intervenir tartamudearía o se quedaría mudo frente a toda la escuela. No quería arruinar el acto que con tanto amor habían ensayado la maestra y sus compañeros.

Recordaba el día anterior. Aquel martes llegó a la colegio temprano. Conversó con los únicos dos amigos que tenía en el aula. A ellos también les gustaba leer novelas de aventuras.

A la hora del recreo, fue al área deportiva y se sentó en un banco a dibujar tranquilamente. Plasmó en el papel dragones y barcos piratas con la maestría de un niño de diez años. Los alumnos corrían de un lado para otro jugando al fútbol o a la pelota. Hacían mucho ruido, Alfredo interrumpió sus bosquejos y los miró. Parecían alegres, pensó que a él no le interesaban los deportes ni encontraba divertido relacionarse con tantas personas, se preguntó por qué era tan diferente a los demás; como otras veces, se sintió solo.

Una sensación de tristeza lo invadió hasta el final del receso. Cuando entró en el aula, la maestra estaba pidiendo voluntarios para el matutino. La mayoría levantó la mano y él junto con ellos. No quería ser menos, debía participar al igual que los demás. La profesora lo señaló con el dedo, se demoró en mencionar su nombre, a pesar de ser uno de sus mejores alumnos, pues sus notas eran excelentes, le costaba trabajo recordarlo, es que el muchacho hacía muy poco acto de presencia. Luego  lo nombró y le asignó las palabras que diría en el acto.

Ahora estaba allí, de cara al público expectante. Faltaba poco para el momento. Respiró hondo, pensó en Maceo, el héroe al que homenajeaban. Debía seguir su ejemplo y ser valiente, perder un poco esa timidez que le impedía tantas cosas. Alfredo se secó el sudor de la frente con el revés de su mano, ya apenas temblaba. Desde aquella fecha estuvo más seguro de sí mismo. Caminó hacia adelante, alzó la vista, y comenzó a hablar.



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