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NERUDA SOBRE LAS TABLAS

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MARIANA BAFFIL LEÓN,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Las luces por fin se apagan, el auditorio dirige la mirada hacia el  centro del escenario y descubre, iluminada bajo el foco de luz, la figura de Don Pablo, quien, saturado por el olor a salitre y hechizado por el sonido de los gorriones, contempla el mar, tratando de hallar la inspiración que el poeta encuentra en la brisa salada de su tierra natal.

Así inicia la obra de teatro “El cartero de Neruda”, ubicada entre 1969 y 1973 en Isla Negra, Chile, y representada por la Compañía Hubert de Blanck, bajo la dirección de Orietta Medina, merecedora de la Distinción por la Cultura Nacional.

En espera de la misiva que le anunciaría el otorgamiento del Premio Nobel de Literatura, estaba el señor Pablo Neruda, encarnado por el actor René de la Cruz, en su casa de Isla Negra. Mientras, en la Caleta, Mario Jiménez, un joven de 17 años, personificado por Denys Ramos, era aceptado por el funcionario de la oficina de correo, Don Cosme (José Ramón Vigo), como el nuevo cartero.

Mario pronto descubriría lo sui géneris de su ocupación, pues debía llevar las cartas a un único y especial cliente: Don Pablo. A pesar de la distancia a recorrer hasta la casa del poeta y el pobre salario, aceptó convertirse en “el cartero de Neruda”.

De esa relación surge una profunda amistad que constituye la esencia de la obra. Mario encuentra en Neruda la inspiración necesaria para enamorar a la mujer de sus sueños, Beatriz González (Laura Delgado), a pesar de la constante oposición de la madre, Doña Rosa (Marcela García). Y el escritor disfruta del cartero la sencillez y los matices de la juventud.

Las actuaciones del elenco destacan por su calidad, sobre todo, porque el espectador llega a sentir realmente la química entre los personajes. René de la Cruz, con hablar pausado y metafórico, regala al público un Neruda que invita a reflexionar. Mientras, Denys Ramos, no obstante sus pocos años sobre las tablas, consigue escenificar el espíritu soñador y gracioso de Mario.

Aún en los papeles secundarios, Laura Delgado y Marcela García logran representar momentos clave como en el que Doña Rosa trata de convencer a su hija, con un toque humorístico, de que “las palabras son un cheque sin fondo”.

El vestuario, a cargo de Vivian Bárzaga y Katia Rionda, y el atrezo, de José Luis Hernández, contribuyen a la veracidad de los personajes, pues los trajes típicos de los pobladores pesqueros, así como los instrumentos y adornos propios de un pueblo costero, permiten al espectador situarse en el tiempo y lugar donde se desarrolla la historia.

Un elemento importante en la puesta es el sonido, dirigido por Dasmar Rosales, pues tanto el oleaje como el canto de los pájaros se convierten en la clave para entender el ambiente de Isla Negra. Y la música, acorde con cada momento, intensifica los diferentes estados por los que transitan los personajes.

La puesta en escena es una adaptación de la obra teatral Ardiente paciencia y de la novela de igual nombre del chileno Antonio Shármeta. Ha sido llevada al cine en dos ocasiones: en 1983 dirigida por su escritor, y en 1994, por el británico Michael Radford.

Es estrenada en septiembre de 2001 por la Compañía de primerísimo nivel Hubert de Blanck, en su sede capitalina y llega a la quinta temporada el propio mes de 2013, en conmemoración al  aniversario 40 del golpe de Estado de Salvador Allende y de la muerte de Pablo Neruda.

La obra tiene el mérito de acercarnos a un Neruda humilde y amigo, capaz de compartir alegrías y tristezas junto a Mario y nos deja una frase que quizás resuma su vida: “…mucho aprendí del mar y su oleaje, pero mucho más aprendí de la gran marea de las vidas…”.



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