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EL NAUFRAGIO DE COLÓN

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ADIEL GUEVARA RODRÍGUEZ,
estudiante de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Para honrar el aniversario 500 del descubrimiento de América, en 1992 surgió un ambicioso proyecto cinematográfico hispano-franco-británico. La dirección estaría a cargo del afamado Ridley Scott y contaría con capitales estratosféricos, el mayor en la historia de las coproducciones europeas de su momento. Este fue el esperanzador comienzo de la cinta “1492: La Conquista del Paraíso”.

Pese al marcado salto de calidad respecto a filmes precedentes, no logró recuperar su enorme inversión de 40 millones de dólares y se convirtió en un fracaso comercial. Recibió desde el estreno, 9 de octubre de 1992, críticas mixtas y la ausencia del público a la gran pantalla estuvo influenciada por el fiasco que supuso la que antecedió su lanzamiento: “Cristóbal Colón, el descubrimiento”.

El guión, escrito por Roselyne Bosch, relata el viaje realizado por el adelantado marino hacia las Indias Occidentales que lo llevó, el 12 de octubre del año 1492, al encuentro con un continente desconocido hasta entonces por los habitantes de Europa y Asia.

Tras el fracaso en las taquillas de la obra, Scott no volvió a dirigir durante cuatro años y, según él expresa, su objetivo no fue ofrecer la recreación histórica exacta, sino dar una inteligente especulación sobre lo que realmente ocurrió y cómo fue el Almirante.

El tema del viaje se aborda estéticamente en un tono épico y Scott esboza el descubrimiento como la llegada a otro planeta. Incluso, cuando Colón salta desde el bote de desembarco a la playa de San Salvador, la forma en que lo hace es muy similar a la del primer astronauta que se posó sobre la Luna.

El apoyo fotográfico contribuyó a dar realismo y creatividad al film con tomas memorables en picado, durante el encuentro entre los amerindios y peninsulares, planos panorámicos, con la visión de “tierra a la vista”, y el clásico instante que muestra, a nivel de suelo, las botas colombinas en lento avance hacia el hallazgo esperado.

Son los mejores momentos de la película, aquellos en que todo se les va presentando a los ojos de los descubridores, inesperado, brumoso: plantas, animales, la atmósfera de la selva, etc. La banda sonora de Vangelis, universal música de ambiente desde entonces, imprimió la percepción de grandeza y misterio en cada escena.

Los vestuarios y decorados reflejan fielmente la época y permiten identificar, desde un primer instante, el rol de cada personaje en el caso de la reina Isabel la Católica o “el Gran Navegante”. El rodaje en los enclaves elegidos de Costa Rica, “el país más verde del planeta”, como el virgen continente y, por supuesto, en España para la recreación colonial, son acertadas ubicaciones.

El Colón de Scott se presenta en una relación humana y de respeto con los indígenas, tal vez algo exagerada si se tiene en cuenta el origen marginal de su tripulación. No obstante, un mérito indiscutible fue la proyección de las distintas facetas del protagonista quien, lo mismo empuña una espada en defensa propia, que se muestra fascinado por goniómetros y astrolabios.

Inexactitudes o errores históricos de peso, cometidos por los guionistas en la trama, son ejemplos visibles cuando Colón regresó a España con tres carabelas o al ser destruido el fuerte de La Navidad, destino de la zozobrada nave Santa María, por los indios caribes. Las erratas acompañan el segundo viaje, donde se habló ya del “Nuevo Mundo”, en realidad el término se usó a partir de la tercera travesía, y que, al llegar Colón a Panamá, descubrió el océano Pacífico en 1503 y este no se conoció hasta 1513.

Insuficiente afluencia de público y la consiguiente pérdida de la inversión realizada por los estados implicados, unido a los desajustes mencionados, han causado un clima de aspereza hacia la cinta de Scott que presenta, en lo estrictamente cinematográfico, atributos suficientes para haber sido mejor valorada.



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