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SE NOS MUERE EL AMOR

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MARÍA DEL ROCÍO RAMOS SUÁREZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Con evidente cinismo dijo Bécquer que “una oda siempre es mejor cuando viene al dorso de una libreta de banco”, y creo que si el poeta romántico viviera en estos tiempos no se le hubiese ocurrido una frase tan oportuna.

Estamos inmersos en la era de Internet y las nuevas tecnologías, de las crisis y las abundancias y más que nunca de la frialdad y el desamor. Se priorizan las cuestiones económicas, los adelantos técnicos, los modelos más recientes de móviles, el último programa para el chat y la exclusiva página para relaciones extramatrimoniales divulgada por el portavoz europeo, Christoph Kraemer. Sin embargo, para el romanticismo y los detalles “hechos a mano”, se ha dejado la columna humilde de alguna que otra revista que aún se atreve a tratar el tema.

Los últimos datos de un estudio realizado por Cyber Psychology and behaviour Journal, arrojaron que en el mundo se producen millones de rupturas por la asidua visita a aplicaciones como WhatsApp o Facebook, que lejos de incentivar los sentimientos y favorecer al romance, son una puerta abierta a relaciones virtuales y a la publicación de la vida privada, marchitando los encantos de una primera cita o las declaraciones furtivas mirándose a los ojos.

Aunque pueda parecer un tema irrelevante al que pocos dedicarían algo más que una mueca de desprecio, resulta alarmante la pérdida de lo romántico. Cada día las personas se vuelven más robóticas, frías y digitalizadas como cualquiera de esos artefactos modernos que llegan a convertirse en sus verdaderos cónyuges.

Es inusual por estas épocas, ver a una pareja que camina tomada de la mano  y se sienta a conversar en un parque. Lo cotidiano es encontrarse a un joven con gafas negras que lleva audífonos para alejarse del mundo, e incluso, de la muchacha que minutos antes caminaba a su lado y ahora se ha detenido frente a las frivolidades que exhibe una vidriera.

Quedan inertes en un rincón los intentos de componer un bolero, o regalar amaneceres con serenatas y las tan fantásticas velas no se sabe si ya se apagaron o es que nunca fueron encendidas.

Está claro que escribir una carta o memorizar un poema ya no son cosas de hoy. Se prefiere oler a lujos y a Channel que mantener una conversación interesante.

Tal vez el giro que ha dado la música sea uno de los ejemplos más evidentes de toda esta depauperación. Ahora las canciones van enfocadas a los temas que más interesan: el alcohol, las fiestas, el sexo y, sin embargo, son las preferidas para conquistas y bailes.

Donde todo empieza

Sería oportuno encontrar el momento exacto donde todo comenzó a cambiar, cuando se le empezó a dar mayor significado al bolsillo que al corazón y se fueron quedando rezagadas “esas cosas de antes”,  tal vez las culpables de que la mayoría de los matrimonios que aún continúan a salvo sean los de aquella época.

Un escrito publicado por el colectivo de autores del sitio web Chilango, declara que todo comenzó después de la gran revolución sexual, cuando hubo un gran descontrol y hacer el amor dejó de ser un acto único e íntimo, donde media el corazón, convirtiéndose en el más universal de todos los deportes, para el cual pocos son incapacitados, pues desde edades demasiado tempranas ya se optiman  condiciones.

Hay otros que se lavan las manos y culpan de todo a la falta de recursos, yo continúo pensando que los grandes detalles se hacen de las cosas más pequeñas y que para ser romántico no se precisan de épocas de abonanzas.

En una sociedad que parece derrumbarse, donde la sensibilidad apenas sobrevive, en una de sus canciones el cantautor español Ramón Melendi habla sobre “un cheque falso al portamor vencido”, y aclara que “un euro no vale más que un detalle”. Quizás mirando el mismo cristal, el guatemalteco Ricardo Arjona advierte que “del otro lado del sol hay un mundo en decadencia”.  

Una solución

En tiempos tan convulsos como estos es evidente que la década del 70 no fue prodigiosa solo por sus canciones. Hay mucho de entonces que ha naufragado y lo peor es que no se avizoran intentos para salvarlo.

Muy pocos son los indicios que auguran un cambio. Todo indica que por ahora queda sujetarse a frases como la pronunciada por el actor estadounidense Ben Afleck en el filme Armagedón: “Ojalá haya alguien más en este mundo que crea en el amor, si no ¿qué estamos salvando?”

La solución no se sabe cuál será, ni siquiera hay certeza de que exista. Ojalá el día que aparezca no sea demasiado tarde y ya todo haya naufragado.

Entre tanto, la estación continúa atiborrada de transeúntes que esperan la llegada del tren para continuar su viaje. Los jóvenes permanecen sentados en el andén, aunque ya no se enamoran como antes. Ahora se lanzan guiños y piropos marginales que evidencian que un sentimiento está agonizando, ¿acaso el amor?



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