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LAS MANOS DE TAM

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NGA TRAN THU (NINA),
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Aquella noche de febrero Lan no pudo dormir pensando en lo que había hecho. Por más que se empeñara en creer que estaba equivocada, su intuición le decía que a ella no le iría tan bien como a las amigas que la incitaron. Unos meses más tarde lo comprobó: las náuseas tocaron a su puerta y sus períodos del mes no llegaron. Estaba embarazada.

No sabía a quién recurrir. Sus padres, como casi todos los vietnamitas, defendían la idea de que un hijo fuera del matrimonio era un deshonor para las familias, y más aún tratándose de una muchacha joven. Las cosas empeoraron cuando se lo comentó a su novio, quien rápidamente dio la espalda y dijo que no quería saber nada de ella ni de la criatura.

Su mundo se derrumbaba. Pensaba que junto a su pareja podría enfrentar la dificultad de tener un bebé antes de la boda, sin embargo, no fue así. No podía contar con nadie, ni siquiera con sus amigos, que ahora la reprochaban como a todas las madres solteras. La idea del aborto era la única que rondaba por su cabeza.

Ante sus escasas opciones fue al médico, pero no podía abortar sin el permiso de sus padres porque era menor de edad, así que no le quedaba otra cosa que hacer: tendría al bebé. En su casa, al ver el crecimiento de su barriga no tardaron en notarlo, y cuenta que, además de los gritos de su papá, la palabra que más recuerda es Adiós.

Al acudir a personas mayores solo fue juzgada, y en la escuela, que más tarde tuvo que abandonar, le hablaron de lo peligroso que podía ser un embarazo en la adolescencia, pero nadie le dio una posible solución a su problema.

Sin sitio adonde ir, vagó por las calles buscando refugio, haciendo cuanta locura fuera posible para sacar el peso de su interior y no traer un niño al mundo a pasar trabajo. Se drogó varias veces, intentó suicidarse, pero no consiguió eliminar su existencia.

-Quiero dormir, me dijo un día. Dormir para vivir en un sueño y nunca despertar.

Con suerte no durmió para siempre, porque una amiga, al verla pasar un día por su lado, le ofreció ayuda y la llevó a su casa. Cuando le contó lo que pasaba, esta le explicó que existían muchas personas que no podían tener hijos y la remunerarían bien por un niño sano. Ya estaba decidido.

Octubre llegó, y pasó lo que debía pasar. Por el peligro que representaba el parto, le fue practicada una cesárea. Cuando despertó, el niño estaba en los cuneros. Ella no quería verlo. En eso llegó su amiga, hablando de la belleza del chiquitín y de lo bien que le iría con la nueva familia.

Entonces Lan sintió curiosidad: ¿se parecería a ella?, ¿tendría la nariz de su padre?, ¿sería gordo o flaco?, ¿de qué color sería su pelo? Tantas cosas se preguntó en ese momento que pidió trajeran el pequeño a sus brazos por última vez.

Y allí estaba, con una gran cabellera negra sobre su pequeña cabeza, aquella cosita que hasta hace un momento pensaba abandonar y ahora robaba su alma. Los nuevos padres estaban ya en la ventana de la sala de espera. De pronto, como si supiera lo que pasaba, el bebé apretó con su manita el pulgar de su madre y esta sintió que la atrapaba para toda la vida.

-Lo siento, no hay trato. Ahora se cuánto lo quiero, dijo ella con el niño entre brazos. Y volteando hacia la criatura como si esta ya pudiera entenderla, le dijo: Ahora sé cuánto te quiero, Tam Anh*.

*Nombre vietnamita que significa: “No te vayas”.

 



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