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EL SEPULTURERO DE SANTA CRUZ

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José Francisco Pérez de Valle trabaja en el cementerio de Santa Cruz de los Pinos, en el municipio artemiseño de San Cristóbal, desde los 17 años de edad A su padre debe el oficio.

Texto y foto:
LÁZARA THALÍA FUENTES PUEBLA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

El cementerio se ha convertido en su refugio por más de cinco décadas. El amor por su profesión y la abnegación lo han transformado en un ídolo para un pueblo pequeño: Santa Cruz de los Pinos, en el municipio artemiseño de San Cristóbal. José Francisco Pérez de Valle, “el sepulturero”, tiene una historia por contar: 52 años al servicio de todos.

La mirada penetrante y una gruesa voz complementan con su temple y fuerte carácter. Algunos lo usan para asustar a los pequeños, así como hablan y llaman al Coco y al Hombre del Saco. De chica temía acercarme a él, incluso, corría a esconderme detrás de la falda de mi madre cuando se aproximaba a saludarme, porque él es así, le encantan los niños. Yo no lo sabía antes, ahora estoy segura de eso.

Llegué al cementerio y se encontraba en las labores del día. Sin camisa, cansado, y la gotas de sudor corrían por su cuerpo. Estaba cortando las malas hierbas que destruían la imagen de aquel lugar. El sombrero de guano y la guataca en mano describían su personalidad. Interrumpió su trabajo y pasamos a su pequeña oficina.
La plática comenzó con una rotunda afirmación:

-Antes que me lo preguntes, yo no le temo a la muerte.

Sus palabras rompieron con el silencio que prevalecía en aquel lugar. Quedé callada por unos segundos, lo miré a los ojos y empecé el diálogo.

-¿Por qué asegura que

esa será mi interrogante?

Sé que todos se preguntan lo mismo y no tengo miedo de decirlo. No le temo a la muerte ni a nada que tenga que ver con eso. Desde los 17 años de edad trabajo en el cementerio, mi familia era pobre y no me quedó más opción que seguir los pasos de mi padre. Él amaba lo que hacía y se levantaba cada día antes que el gallo cantara, porque decía que para descansar, el cementerio, y que todavía no era su turno. Yo iba con él, nunca tuve miedo. Lo ayudaba a barrer y cuando aprendí a escribir me encargaba de llevar los papeles al día. Cuando murió, por ser el mayor de cinco hermanos, me quedé como el hombre de la casa. Los empleos en ese tiempo estaban perdidos, y si no era de sepulturero, ¿de qué iba a ser?

-¿Y dónde aprendió a escribir?

Apenas nos alcanzaba el dinero para comer cada día. Recuerdo cantidad de noches que mi estómago no probó nada. Me acostaba rápido porque así se me olvidaba el hambre, pero aquí estoy. Bueno, volviendo al tema, por allá por Aspiro, como a dos kilómetros de donde era mi casa, una maestra daba clases, dos o tres veces por semana a unos veinte niños, lo básico, lo demás me lo enseñó la vida. Iba caminando, llegaba muerto de cansancio. Nunca quería ir, pero le hacía caso a mi padre, si no la “tunda” no me la quitaba nadie. No sabes cómo se lo agradecí, pues cuando triunfó la Revolución, pude concluir el noveno grado. Todo fue más fácil, ya que tenía los conocimientos elementales.

-¿Nunca le interesó estudiar

una carrera universitaria?

A mí no me gustaba mucho la escuela, además era feliz siendo sepulturero. No tenía temperamento de médico, ni nada de eso.

(Miraba con ansias el reloj en su mano, lo noté inquieto, como si esperara por algo o alguien).

-¿Qué le sucede, se le acaba el tiempo?

Discúlpame, pero ya debe de llegar el cadáver de una joven que murió ayer en la tarde y me toca organizarlo todo para el entierro. ¿Te molestaría esperar por mí?

-No se preocupe, haga su trabajo, le respondí.

Un rato después volvió para continuar la conversación. Notaba la tristeza en su mirada y aunque trataba de disimular, su actitud ya no era la misma.

-Cómo no voy a estar triste, contestó ante mi nueva pregunta. Llevo ya trabajando en el cementerio alrededor de 52 años. Me he acostumbrado a todo, menos a la tristeza cuando me toca enterrar a alguien. ¿Cómo se va acostumbrar uno a la tristeza? Por aquí pasan hijos, madres, amigos que han perdido a alguien que quieren mucho. Yo sé que duele muchísimo, porque se me murieron mis padres y dos hermanos. A mí me toca estar en ese momento de dolor, pero siempre trato de que sea lo mejor posible.

-Antes de salir observaba

con detenimiento el reloj,

¿qué piensa del tiempo?

Es uno de los principales tesoros que existen, hay que aprovecharlo, por eso siempre estoy trabajando, me gusta y empleo el mío de esa manera.

-¿Qué opina su familia sobre

el oficio de sepulturero?

Mi esposa me conoció siendo lo que soy, a ella nunca le ha importado. Nosotros nos amamos tanto como cuando empezamos hace 40 años. Mis tres hijos, siete nietos y un bisnieto me quieren a mí por la persona que soy, y punto.

-¿No sienten por algún momento que

usted los abandona? ¿Celos por su oficio?

Ellos saben que soy feliz aquí, en mi cementerio. Nunca los he dejado de querer, ni lo haré. Me entienden y es lo importante.

-¿Es cierto que asusta a los niños

con historias de fantasmas?

Te voy a confesar que me gustan mucho los pequeños. Ellos son muy curiosos y no soporto que se metan al escondidas en el cementerio y algunos entran sin permiso. Por eso los asusto con historias de fantasmas que rondan por los alrededores de las tumbas. No lo hago con mala intención y los padres saben eso.

-¿No teme que esas historias…?

Mire, señorita, yo creo que hay que temerle más a los vivos que a los muertos. Si creyera en fantasmas o historias de terror, ¿no cree que trabajaría en otro lugar lejos de tumbas y esas cosas? Es cierto que he pasado buenos sustos. Imagínese, yo solo en el cementerio, todo tranquilo y en silencio, llega alguien por detrás y me toca la espalda: el brinco lo doy en el cielo. Eso es como el cuento del taxista que tiene un accidente, porque el pasajero le toca el hombro, claro, si antes era chofer del carro del muerto. Entiéndeme, no es que yo sea cobarde ni nada de eso.

-¿Dicen por ahí que usted

tiene poderes mágicos?

(Por unos instantes detiene la conversación, para reírse, entre dientes)

Por supuesto que sí. A la gente le gusta hablar lo que no es, inventan de todo. Yo no soy mago, ni brujo. Mi padre me enseñó a curar los males de estómago y a quitar dolores musculares. Lo hago a partir de masajes y plantas medicinales. Claro, como trabajo en el cementerio, piensan que soy una especie de hombre con súper poderes. Eso son solo mentiras.

-¿Hay satisfacciones en su oficio?

Para responder a esa pregunta le voy a responder lo que me pasó el otro día. Llegó una mujer, alta, de buen carácter, y comenzó a llorar desconsoladamente. Le pregunté qué le pasaba y lo único que me dijo fue: gracias. No entendí, hasta que me explicó que esa era la tumba donde descansaba su esposo y que siempre estaría agradecida conmigo por cuidar de él. A pesar de la tristeza, sentí gran satisfacción de saber que la gente valora y está sarisfecha con mi labor.

-¿Y las insatisfacciones?

Me duele mucho cuando veo alguna tumba deteriorada, cada parte del cementerio lo siento como si fuese mío. Claro, después de tantos años he convivido más tiempo en este lugar, que en mi propia casa. He renunciado a estar con mi familia por cuidar de este pedacito de tierra. Siempre hablo con los que visitan el lugar para que traigan flores, o que simplemente lo hagan más seguido, porque, en definitiva, aquí hay un fragmento de su historia, y es donde terminamos todos.

-¿Qué piensa de las personas

que se dedican al comercio

ilegal de restos humanos?

Desde que estoy aquí he luchado incansablemente contra esa práctica. Es de carácter grave la profanación de las tumbas y que se perturbe el descanso de los que aquí se encuentran. Tales hechos deben acabarse y cada quien luchar para que así suceda, de la misma forma en que lo hago yo. Estoy siempre atento de los visitantes y en la noche el custodio y los miembros del CDR se encargan de la vigilancia.

-El cementerio es muy solitario,

¿le parece aburrido lo que hace?

A mí me gusta mi oficio y cuando disfrutas lo que haces, no hay aburrimiento que valga. Aunque no lo creas, aquí hay bastante trabajo. Llenando solamente papeles me paso todo el día. El resto lo dedico, en caso de que no haya entierros o exhumaciones, a barrer los pasillos, a quitarle las hojas secas y el polvo a las tumbas, así como lo hacía mi padre. Cada vez que lo hago lo recuerdo y estoy seguro que donde él esté, se sentirá muy orgulloso de mí.

-Hizo referencia a las

exhumaciones, ¿qué

siente en ese momento?

Es bastante difícil. Tengo que mantenerme fuerte y estar apoyando a las familias. A mí me ha tocado hacerlo con la mía, por eso cuando estoy realizándolas me siento triste. Trato siempre de sobrellevar la situación y que todo se a lo más rápido posible.

-Quizás esta sea una pregunta

clásica: si no hubiese sido

sepulturero, ¿qué sería ahora?

Ya le comenté que no tengo disposición de médico, ni nada de eso. Yo creo que si no hubiese sido sepulturero…, es mejor no pensar en qué sería. Estoy bien en mi trabajo y no me interesa nada más. No me importa si el nombre es feo o si la gente piensa que mi oficio “asusta”.

-¿Tiene idea de quién será el

próximo sepulturero de Santa Cruz?

Ni la más mínima, este oficio no es solicitado. Solo espero que quien ocupe mi lugar lo ame tanto como yo

(Ya quedaba poco tiempo, miraba su reloj, pero temía decirme que mi turno se acababa porque el cementerio estaba a punto de cerrar. Solo me faltaba una última pregunta)

-Y cuando le toque su turno…

Que me toque cuando Dios quiera, yo lo aceptaré. Me iré feliz porque sé que mi vida ha valido la pena.

(Bajó la cabeza y el silencio se aferró nuevamente del lugar)

Pie de foto: El sepulturero de Santa Cruz dedica parte de su tiempo al cuidado y mantenimiento del cementerio.



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