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CONTIGO PAN Y CEBOLLA… NO MUERE

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LEANNY VISTEL PÉREZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Tras el telón: rostros maquillados, ropas coloridas y voces fuertes personificaron el dolor, y el egoísmo reflejado en el texto, que escrito en 1962 por el dramaturgo cubano Héctor Quintero, regresó al escenario nacional con un nuevo montaje concebido por Julio César Ramírez, director del Teatro D´Dos: Contigo, pan y cebolla, un clásico cubano.

El espectáculo estuvo en cartelera hasta el mes de marzo (2014) en la sala Raquel Revuelta de la capital cubana, con motivo de celebrar los cincuenta  años de  su   primera puesta en escena, en febrero de 1964, bajo la dirección de Sergio Corrieri.     

La experimentada actriz Daysi Sánchez encarnó el rol de Lala Fundora, y Raimundo Miranda construyó un Anselmito orgánico en sus acciones, mientras que Jorge Fernández en el papel de Anselmo, no alcanzó a representar al marido requerido por el guión debido a la inseguridad vocal y física.

El resto del elenco, integrado por actores más jóvenes, cumplió con las demandas de sus personajes y  el propio desenlace del montaje el que les permitió crecer en sus respectivos papeles para encontrar caminos propios.

Esta puesta en escena trata sobre las vicisitudes de una familia  para salir adelante en la década de los 50 del pasado siglo. La adquisición de un refrigerador fue el pretexto para exponer las alegrías y tristezas de un típico hogar cubano y, a pesar de que la compra del electrodoméstico constituyó el punto de giro durante la representación, no se garantizó un aparato de la época, por lo que el elemento empleado no estuvo acorde con la ya desaliñada escenografía.

A pesar de reflejar una vivienda  modesta, ambientada con comadritas y un gran cuadro del Sagrado Corazón en el comedor, el attrezzo quedó pobre en colores y formas, predominando los tonos ocres y las figuras cuadradas.

Asimismo, existieron limitaciones en cuanto a la producción, se percibieron escenas mal montadas, como fue el caso del balcón, y  que aseguraba la escena final de Lala y Anselmo, estaba  superpuesto en el espacio, pues no resultó efectiva ni atractiva en su realización, a cargo de Yasser González Artiles.

El vestuario fue un reflejo del tiempo y una ventana para entrever la situación económica de esa familia. Estuvieron bien empleados los colores de tela, según las características psicológicas de cada personaje.

Las luces jugaron con la expresión corporal de los actores y con la emotividad de las escenas; así, el color rojo fue utilizado para ambientar momentos conmovedores y las sombras oscuras para dar sensación de  angustia y tensión.

En cuanto a la música, tuvo efecto profundo sobre la memoria y  ocupó un lugar primordial en cuanto a la sensibilidad que se le imprime   a los actos. Es más un símbolo de añoranza que un elemento acompañante.

La acústica del teatro atentó severamente contra los diálogos, provocando que en varios momentos no se escucharan los parlamentos, y los espectadores perdieran un poco el hilo y sentido de la trama.

A lo largo del montaje, se pierde el interés por lo que ocurre y se retoma gracias a pasajes realmente hilarantes, como las paulatinas transformaciones de los personajes, los imperdonables ataques contra la escenografía.

A pesar de los inconvenientes, se pudo disfrutar de la obra, donde los parlamentos coloquiales, humorísticos, garantizaron con un tono cálido y familiar las risas y aplausos del público.



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