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VIVIR EN AZUL

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DARÍO ALEJANDRO ALEMÁN CAÑIZARES,
estudiante de primer año de Periodismo,  
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Si me dijesen que nombrara los mejores años de mi veinteañera existencia, diría que los que estuve en la vocacional de La Habana, esa que todos conocen como “la Lenin”. Recuerdo que para entrar allí toqué la puerta de cuanto repasador de Matemáticas particular me recomendaban. Nunca fui adepto a los números, pero tuve que resistir aquellos cálculos infernales.

Una vez conocí los resultados de las pruebas de ingreso, entré en histérica alegría al ver realizada una aspiración que me acompañaba  desde que la pañoleta azul colgaba de mi cuello.

Azul fue también mi uniforme y los enormes pasillos de los distantes edificios que formaban la Lenin. Llevaba en mi hombro izquierdo, como si de un estandarte se tratase, el monograma rojo con libros, engranajes y átomos que me presentaban como alumno del centro.

¡De mis compañeros, ni hablar! De encontronazos y discusiones, terminábamos como hermanos en las buenas y en las malas. Recuerdo a Ernestico, a Rolando, a Manolo y a Kasperski, a quien apodamos así porque, según las niñas, era “tan feo y excéntrico que ni los virus le entraban”.

Juntos íbamos a la recreación de los jueves, hacíamos las tareas educativas limpiando dormitorios y pasillos, nos fugábamos a cubículos prohibidos para compartir con nuestros amores de adolescencia, y en conjunto también estudiábamos tirados en el piso enlozado de los baños hasta las cuatro de la mañana para los exámenes del día siguiente.

El ochenta y cinco era un número fatal, una cábala pagana que indicaba el suspenso y la respectiva expulsión del centro. El treinta y ocho, sin embargo, era el símbolo de nuestra graduación, una insignia que aparecía pintada con los más inverosímiles diseños en casi todas las paredes de la escuela.

En la oscuridad de aquel supuesto bosque que llamaban “de la Amistad”, fumaba furtivo los prohibidos cigarrillos que con cautela escondía en los bolsillos más recónditos de mi maleta y consolé a más de una amiga que se iba allí a llorar sus penas, lejos de los demás. En lo alto del trampolín de la piscina vacía hicimos nuestras improvisadas peñas con los afortunados que sabían tocar guitarra y así cantamos hasta a la Luna.

Estando a mitad del segundo año, mi corazón me dio señales de peligro, empeñándose en que no tuviera un día tranquilo sin desmayos o agitaciones. Las salidas de la beca a turnos médicos fueron acrecentándose hasta que un galeno dictaminó que era perjudicial mi estancia en la Vocacional. El exceso de carbohidratos por el puré de papa que nos daban por arroz y la falta de atención médica en el centro podían costarme la vida.

Me marché, ocultando las lágrimas para no parecer débil. Desde el retrovisor del auto dejé para siempre a aquellos edificios toscos y azules que una vez me dieron la bienvenida. Temí también que mis amigos se olvidaran de mí. Maldije mil veces a mi corazón, pero después entendí que no estaba del todo enfermo, puesto que no es tarea fácil soportar a todo ese “piquete” de la Lenin en él.

 



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