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MÁS DE MEDIO SIGLO PINTANDO UÑAS

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La matancera Nela Ortiz, ha consagrado su vida a ejercer el oficio de manicura.

Texto y foto:
MILENE MEDINA MARTÍNEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

En un lado de la cocina, la mesita que la identifica y la ayudó a lograr todo lo que tiene. En su mano derecha lleva el bastón de apoyo para poder caminar y es precisamente este el que marca la diferencia, ella ya no es la misma joven dispuesta y trabajadora, capaz de llevar juntas las tareas de la casa, la crianza de su hija y su trabajo.

Nela hoy tiene 82 años y ha dedicado toda su vida a pintar uñas, 58 años consagrados a este oficio que no se reconoce y es tan necesario como cualquier otro. Gracias a su elección por ser manicura pudo salir adelante y hoy contarnos su historia.

“Yo empecé a pintar uñas cuando mi hija Mercedita tenía dos años y ya tiene 60. Lo que me impulsó a elegir este oficio fue la necesidad, imagínate, mi esposo trabajaba en el Matadero (Empresa de productos cárnicos) y ahí tuvo un problema, entonces cayó preso. Yo nunca había trabajado en la calle. Mi prima empezó en una peluquería y me dijo: No te agobies, tú verás como aparece algo; y bueno, así fue, ella me compró los productos y aquí en mi casita, me puse a arreglar uñas. ¡Muchacha, la única manicura que había en todo esto era yo! Con ese dinerito que hice, me las pude arreglar para criar a mi niña.”

-¿Cuánto usted cobraba por el

arreglo de las uñas y cuántas

clientas llegó a tener?

El arreglo sencillo, 15 centavos, y cuando era con color perla, 25. Llegué a tener cantidad de clientas, no sé cuantas exactamente; no, y todavía tengo varias, aunque estoy mayor a veces vienen y se arreglan conmigo, porque parece que les gusta como lo hago. Lo que ahora les cobro 5 pesos, nunca he cobrado más que eso. Las que vienen para que las atienda son mis clientas de antes, personas mayores ya.

-¿Usted pintaba las uñas de

las manos y las de los pies?

No, yo sólo pintaba las manos, mi hermana "China", se encargaba del arreglo de los pies. Aunque antiguamente, allá por el año 1957, que fue cuando más o menos empecé, no se usaba arreglarse los pies, sólo las manos.

-Nela me comentaba que además de

ser manicura, antes que triunfara

la revolución estuvo vinculada

a otro oficio. Cuénteme

de qué se trataba.

Me conseguí un trabajo en una Agencia dedicada a la venta de santos, aunque seguí arreglando uñas los fines de semana. El chofer nos dejaba a mí y a mi compañera en una acera para comenzar a vender las imágenes. Nosotras dábamos la propaganda diciéndole a las personas: ¡Ay, pídale a la virgencita para que traiga la paz y tranquilidad a todos los hogares que tanta falta hace!, y vendíamos. En ese trabajo ganaba un poquito más, aproximadamente 15 ó 20 pesos semanales, que en aquel tiempo era bastante.

“Mira te voy hacer una anécdota de cuando trabajaba allí. Estábamos un día en el Pisicorre (carro antiguo), y el chofer tenía bonos del 26 de Julio, que yo no lo sabía, me lo dijo él después y le comenté: ¡Ah, no te preocupes, no va haber problema! Pero cuando salimos para la calle nos detiene un caballito, si menos no recuerdo aquel policía era un negrito llamado Vinajera. Inmediatamente nos pusimos a inventar, al ver que en su bolsillo derecho tenía una pluma con una foto de Batista, entonces comenzamos a decirle: ¡Qué bonita esa pluma, regálamela!; y él: No se la puedo regalar a ninguna de las dos porque esto es un recuerdo. En fin, lo embobecimos de una forma que ni nos registró el Pisicorre, porque si no...."

Ante la historia, ambas sonreímos porque sabíamos en que concluía. Se levanta de la butaca donde está sentada, va a la cocina, toma un poco de agua y vuelve a nuestro punto de encuentro: la sala de su casa, sitio donde la esperaba impaciente, con mi cuestionario en las manos, haciendo tiempo para que se acomodara y hacerle otra de mis preguntas.

-¿Qué no le debe faltar a una manicura?

Considero que inteligencia, al público hay que atenderlo bien, tener en cuenta sus sugerencias y, por supuesto, ayudarlo también con la selección del color que se quiere dar y nunca contradecirle. Si es necesario, hay que dejar de hacerlo todo para prestarle atención a la persona que llegue, porque si no después vienen los comentarios, entonces se van yendo los clientes, y no puede ser mijita, ¿tú me entiendes?

-¿Alguna persona ha pasado

de ser cliente a amiga suya?

Como no, incluso muchas de esas viejas amistades son las que vienen hoy aquí para que les arregle sus uñas, me dicen que les gusta como yo las pinto y que no se hayan si se lo hace con otra persona. Hago lo que puedo para que salgan conformes de aquí, por lo menos todavía tengo vista.

-¿Y usted, usa espejuelos?

Antes usaba espejuelos, ya no. La ciencia hoy está muy avanzada y me operé de cataratas hace unos meses, ahora lo que veo demasiado…

Aunque había risas, la conversación se detenía a ratos. A la manicura del barrio se le borraba la mente y cuando ello pasaba la angustia se aparecía delante de ella; a mí sólo se me ocurría decirle que no se preocupara que ojalá llegara así a su edad, y pueda tener una vida tan interesante como la suya. Parece que mis palabras funcionaban, porque en cuestiones de segundos me decía: Bueno, arriba, ¿cuál es la próxima pregunta?

-¿Cómo se planificaba, arreglaba por

orden de llegada o daba turnos?

Por orden de llegada. Mientras no venía nadie, iba adelantando los quehaceres de la casa, en la cocina u otra cosa, porque si no después el tiempo no me alcanzaba. Pero en cuanto me tocaba alguien la puerta, soltaba lo que hacía para atender a mi clienta, ¡imagínate!

-Me atrevería a decir que usted es una

de las primeras personas que tuvo licencia

para ejercer el oficio de manicura.

Pues sí, saqué la licencia inmediatamente cuando empezaron a darlas. Lo hice para no tener que trabajar escondida, para estar con la ley y tranquila. No recuerdo bien en qué año la obtuve, pero si sé que fue hace mucho tiempo de eso. Y bueno, la entregué ya, porque como no arreglo a casi nadie, solo a las dos o tres amigas mías que vienen aquí, como ya te dije, y que por compromiso las atiendo, no tengo dinero para pagar esa licencia ahora.

“Yo cobro 200 pesos de la jubilación mi esposo, de ahí me descuentan los 57 del refrigerador, más el dinero de los medicamentos, que tomo muchos. Mijita, en medicinas hay veces que me gasto 70 pesos, fíjate que en ocasiones llego a la casa con 60. La suerte mía es que vivo con mi hija y ella me ayuda con los gastos de la casa, si no, no me alcanzaba para nada. ¿Cómo iba a seguir pagando esa licencia?”

-Hubo días que usted estuvo trabajando

desde temprano hasta por la noche

sin parar, ¿alguna anécdota?

¡Ay hija!, un día estaba arreglando uñas desde por la mañana y era ya de noche. La posición de nosotras las manicuras de trabajar es muy incómoda y tenía dolor en la espalda, pero no podía dejar de atender a esa clienta, entonces le dije: Voy un momentico al baño, y camino hacia allí, me recosté un rato en la cama para estirar la espalda y muchacha, me quedé dormida. A los minutos, viene mi hermana y me despierta: Nela, ¿qué tú haces ahí?; y yo: ¡Ay, cállate, China, que me quedé dormida!, después fui y terminé de arreglarle las uñas a la señora que estaba esperando.

-Y su hija y su nieta, ¿no se

han inclinado por lo mismo?

No, ninguna de las dos, Mercedita y Solanger, son cocineras. Ellas trabajan en el restaurante “Mi casita”, aquí en Matanzas. Cocinan riquísimo y se han especializado en  varios platos. Bueno, y hablando de cocina, ¿vamos hacer un poquitico de café? Seguro a ti te gusta el café, porque a todo el mundo le gusta.

Accedí a su invitación, sin pretexto alguno. Nela no se equivocaba, me encanta el café, creo que la reacción de mis ojos ante la propuesta fue evidente. En lo que colaba, me dio un recorrido por su casita y mostró las fotos de toda la familia, desde sus padres hasta los nietos. Nostálgica, se mostraba en ese instante, pues hoy la mayoría de sus seres queridos no están, unos por ley de vida y otros por buscar la suerte en otras partes del mundo. Finalmente, el olor indicaba que ya estaba listo. Ahí comprobé que Nela no sólo es buena manicura, hace un café… que me recordaba al de mi abuela Zoraida.

-¿Considera que el trabajo de

manicura es importante? ¿Por qué?

Claro que es importante, la mujer lo primero que presenta son las manos y todo el mundo se fija en eso. Además, éstas bien arregladas te hacen lucir más fina, elegante, cambian por completo tu imagen. Yo tengo 82 años y me retoco las uñas todas las semanas. No recibo visita alguna o salgo a una consulta de médico o a ninguna otra parte si no tengo mis uñitas pintadas.

“Te voy a hacer otra de mis anécdotas: hace dos años empiezo a tener un dolor muy fuerte en el pecho y llamo al hospital a ver si el que estaba de guardia era mi médico, y sí, era él. Cuando llego a la consulta, me dice que tenía que ingresar, la suerte que iba bien vestida, con las joyitas que yo me pongo, y por supuesto, las manos bien bonitas, si llego a ir mal arreglada para quedarme en el hospital, ¡qué vergüenza! ¿Verdad?”

-¿Se siente satisfecha por lo

que ha logrado con su trabajo?

Con este oficio adquirí muy buenas amistades que todavía conservo. Esta casa era antes de madera y mira hoy como está, la pude hacer de placa con el dinerito que gané arreglando uñas. Todo lo que tengo se lo debo al trabajo, y sí, me siento satisfecha con lo logrado.

Los momentos difíciles hicieron que esta señora de cualidades humanas grandiosas, descubriera el arte que llevaba dentro, arte que le propició muchos beneficios: amistades, comodidad y un empleo digno, necesario en la sociedad. ¿Cuántas manos de mujeres han pasado por las suyas?, las suficientes para hacer historia y convertirse en un icono de la calle Álvarez, donde comenzó y aún no termina para ella, pues fuerzas para continuar tiene, sólo que esta dama de ocho décadas no posee el mismo espíritu de hace 58 años.

Aquella tarde de la entrevista me fui de su casa con dos grandes satisfacciones: la de haber conocido la historia de una mujer luchadora, y la de salir de allí con el sello de su creación en mis manos.



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