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LA SATISFACCIÓN DE SER ÚTIL

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Miriam Ferrer Nápoles, una señora de la capital con más de 50 años de trabajo y un extenso currículo que abarca desde telefonista de un hotel hasta “enfermera de la familia” en su barrio, conversa sobre la importancia de ser útil para la sociedad aún en la tercera edad.

Texto y fotos:
DANIELA OLIVA VALDÉS,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de la Habana.

“El hombre crece con el trabajo de sus manos”, expresó nuestro Héroe Nacional José Martí. Ejemplo de ello es la labor desempeñada por Miriam Ferrer Nápoles a lo largo de su vida. Una mujer incansable, que evoca con añoranza sus primeros pasos en la vida profesional.

Con 51 años de experiencia en varios sectores, Miriam cuenta la historia de su largo currículo, iniciado desde muy joven y que aún no completa. Soñaba con ser microbióloga, pero terminó siendo mucho más.

Sin duda una persona multifacética fuera y dentro de su hogar. Una mujer amable, que tuvo la paciencia de recibirme en dos ocasiones para poder contestar a mis preguntas.

Al conocer mi interés en entrevistarla, quedó muy sorprendida: “No soy heroína nacional del trabajo, solo una jubilada que no soporta estar en su casa sin hacer nada”. ¿Acaso no resulta ilustre y digno de reconocer una persona que ha laborado en tantas profesiones diferentes, muchas de ellas sin lucro alguno?

Cuando llegué a su casa me encontré con una señora aparentemente mayor, pero con un espíritu muy joven. Con un pulóver rojo que decía: “Voluntariado Social Juvenil”, el que expresaba un poco de su activa personalidad.

Estaba terminando de limpiar la sala, cuando la interrumpí para comenzar la entrevista. Me invitó a sentarme unos minutos para concluir. Antes de iniciar, se mostró muy conversadora y dinámica, sin embargo, fue solamente comenzar a grabar para que sus manos empezaran a sudar y la voz le temblara. 

Le pedí que no se pusiera nerviosa, que esto era solo un diálogo, no un interrogatorio. Entonces comencé a grabar y lancé mi primera pregunta.

Juventud y primeros empleos

»Mi primer empleo fue como telefonista en el Hotel 8 y 19, del Vedado, aquí frente a la casa. Tenía 17 años y necesidad de trabajar, pues mis padres estaban enfermos y yo era prácticamente el sustento familiar. Estaba estudiando en el preuniversitario, pero tuve que comenzar en un curso de Secretariado Comercial.

»Como entré de última, me dieron el peor horario. La jornada comenzaba a las 11 de la noche hasta las 7 de la mañana. Durante el día ayudaba a mis padres con los quehaceres de la casa e impartía clases de mecanografía, para practicar lo que había aprendido en el curso.

»Al mismo tiempo, cuidaba niños y los repasaba. Antes, las escuelas primarias eran de una sola sesión de clases, y las madres se volvían locas con esos muchachos, así que los ayudaba a hacer las tareas en mi casa y terminaba haciéndoles un cuento.

»Después, en 1966, comencé como administradora de una guarapera, en la esquina de 15 y 10, del Vedado. Me acuerdo que entre cinco administradoras que se presentaron, me escogieron a mí. Aún no sé el porqué. Continué como administradora en las cafeterías El Bulevar de 23 y luego en Los Chavales, de Paseo y Zapata.

»Posteriormente, me solicitaron en el Instituto Nacional de Industria Turística (INIT), como se llamaba antiguamente, era en el Edifico FOCSA. De ahí fui captada para trabajar en el organismo central del INIT como secretaria de abastecimiento.

»Entonces crearon la Empresa de Servicios de Abastecimiento a la Gastronomía y fui trasladada a ese organismo, donde estuve casi siete años. Allí un compañero me propuso ser secretaria del departamento de estadísticas del Comité Estatal de Colaboración Económica«.

De secretaria a mucho más

»Cinco años después comencé a trabajar en el Ministerio de la Construcción, a través de un primo-hermano que vivió mucho tiempo en mi casa.

»De pequeños, él me decía: “Cuando sea jefe, tú vas a ser mi secretaria”. Le respondía que él iba a ser barrendero y yo empujaría el carrito de la basura. Pero por cosas de la vida, al él concluir sus estudios en la Unión Soviética, lo promovieron a Director Nacional de Construcciones Hidráulicas, y se acordó de mí. Allí estuve 13 años como su secretaria y guardo un montón de buenos recuerdos.

»Mi mamá continuaba enferma, por eso busqué traslado para el hospital materno Clodomira Acosta, por estar más cerca de mi casa. Disfrutaba ese empleo porque trataba con los bebés, ¡y a mí me gustan tanto! Fui secretaria de la directora del hospital, hasta el año 2001, cuando tuve que jubilarme por problemas de salud.

»Claro, para la familia siempre hay tiempo. No soy un robot, ni nada de eso. He estado casada en dos ocasiones, y atendí mi casa en todo momento, como cualquier persona. Hacía los mandados, limpiaba, cocinaba, atendía a mi madre…«

Suena el teléfono e interrumpen la conversación. La requieren para inyectar a un vecino. Al parecer, la vida laboral de esta secretaria-administradora-enfermera, no acaba nunca.

Multitareas de su barrio

»Como ves, todavía sigo trabajando. En mi barrio hago de todo. Lo mismo tomo la presión que inyecto, cambio la zapatilla de una pila, enciendo el motor de agua del edificio, les pago las facturas del agua y la luz a los vecinos, y hasta le cuido la perrita a una amiga cuando se va de vacaciones. Así me siento ocupada.

»Exacto, soy la multitareas de la comunidad. Siempre elogian mi fortaleza, a pesar de que ya tengo 68 años. Incluso, cuando cursaba el sexto grado alfabeticé a cinco personas en la ciudad, porque mis padres no me permitieron ir al campo tan joven.

»Aunque estoy jubilada hace 13 años, no paro en mi casa. Me gusta sentirme útil para la sociedad y colaborar en el barrio en lo que necesiten. Actualmente ayudo a mis vecinas con los mandados.

»No me siento una mensajera como tal, sino una ayudante en las cuestiones de la alimentación. Muchas de ellas tienen niños pequeños, o son doctoras, y están tan ocupadas que no tienen tiempo ni para ir a la bodega, así que yo les colaboro en la compra de la canasta básica«.

Gratos recuerdos

»Bueno, todos los trabajos me gustaban. Como secretaria quería ir más allá, y conocer lo que se hacía en cada lugar. En el MICONS, iba a las obras hidráulicas en ejecución, para tener “tamaño de bola”. Visité obras desde Pinar del Río hasta Camagüey. También fui dirigente sindical, ocupaba la secretaría organizativa del área de ingeniería durante el tiempo que estuve en la construcción. Y me agradó mucho por el trato directo con los obreros. Ya en el Clodomira Acosta, disfrutaba ver los partos«.

Más joven que nunca

»Por supuesto, mi labor actual es muy gratificante, me siento útil para la sociedad, además de las cuestiones monetarias, que igualmente son importantes.

»Tengo seis décadas encima, pero con más energía que muchas personas de veinte años. Ahora los jóvenes lo quieren todo fácil. Ellos piensan que el dinero cae del cielo. Creo que en las escuelas se debería de incentivar más el amor al trabajo. No todo puede ser andar por ahí inventando, o “luchando”, como les gusta decir a algunos.

»Como expresó José Martí, el trabajo dignifica al hombre. A mí en especial me ha ayudado porque he aprendido a hacer de todo, desde administradora hasta “plomera” y, principalmente, me ha sacado de la inutilidad que puede sentir cualquier personal al jubilarse«.

La vitrina de la sala estaba repleta de fotos familiares. Así que me ante la curiosidad, le pregunté.

La Miriam del día a día

»Ahora mismo vivo con un sobrino. Después que murió mi madre y mi segundo esposo, estuve sola por un tiempo y, hace cinco años, albergué a una prima mía y a su familia, de Candelaria, a quienes se les cayó la casa por un ciclón. Luego ellos se mudaron para casa de un tío, y el hijo de ella se quedó aquí conmigo. Él me hace compañía y también me ayuda mucho en la casa.

»¡Me fascinan los animales! Hace unos añitos tenía una perrita llamada Malú. Ella estuvo conmigo catorce años. Fue mi mejor amiga. Era una perra callejera que siempre estaba en la azotea de atrás de mi casa y todas las tardes le daba de comer. Hasta que le cogí mucho cariño, y junto a mi esposo, decidimos adoptarla. Después que murió no he vuelto a tener más mascotas.

»Desde hace algún tiempo ya, soy evangélica pentecostal. Es una religión que cree en Dios, en Jesús Cristo y en la Santa Biblia. Mi casa es la sede de una cédula cristiana, donde nos reunimos todas las semanas para orar y hacemos actividades. Siempre preparo la pasta de bocadito de las reuniones porque me encanta cocinar.

»¿Mis hobbies? Como te acabo de decir, uno de ellos es cocinar, adoro inventar platos en la cocina. Mi ex esposo decía que era una inventora. De igual forma, cuando estoy limpiando me gusta escuchar música clásica, hay personas que dicen que es aburrida, pero a mí, la verdad, me ayuda a concentrarme mejor. También de vez en cuando veo mis novelas y converso con las amigas del barrio.

»Bueno, apodo en sí, no tengo. Algunos amigos me dicen “Mirita” en forma cariñosa. Pero recuerdo que mi madre, cuando me regañaba, decía: “Miriam Virginia”, y ya sabía que cuando me llamaba por el nombre completo, estaba brava«.

Solo me queda preguntarle: ¿Qué le hubiera gustado ser a Miriam Ferrer Nápoles si no hubiese sido tantas cosas?

»Yo siempre quise ser microbióloga. Desde que estudiaba en el preuniversitario, ese era mi anhelo, pero no se pudo«.

Pie de fotos: Miriam Ferrer Nápoles asegura tener 68 años y trabajar con la energía de 17.



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