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‘’YO MUERO MAESTRA’’

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Para Flora Belkis Lescaille Torres el principal valor que debe tener un maestro es amor por la profesión. Cuenta que aunque no era su sueño, se enamoró de la carreracuando tenía solo 16 años.

Texto y foto: 
RACHEL MORALES HERNÁNDEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Cuando llamé para que me concediera la entrevista, no puso ningún pero, al momento me citó para el otro día, con la única condición que fuera después de las 8 de la noche, porque luego del trabajo tenía que cumplir con las labores domésticas. Llegué puntual y ella ya me estaba esperando ansiosa para contar su historia de vida, se pudiera decir que más bien es una clase de historia.

Oriunda de Guantánamo y nacida en el año 1942, emigró a San Miguel del Padrón, La Habana, con sus padres y 10 hermanos en el año 1956, porque su hermano mayor estaba vinculado al Movimiento 26 de Julio.

“Pertenecía a un directorio estudiantil del preuniversitario -13 de Marzo creo que se llamaba- y bueno, estaba implicado en actividades que se le habían ordenado de la lucha insurreccional, por lo que estuvo amenazado de muerte… Quedaban dos remedios: irse para la Sierra Maestra o emigrar para acá”.

De familia muy pobre, pasó muchas vicisitudes al llegar a la capital, su padre trabajaba picando piedra en la construcción por solo 50 centavos diarios.

“Íbamos caminando hasta La Virgen del Camino, casi 3 kilçometros, y allí seguíamos estudiando, porque mis padres, a pesar de ser muy pobres, decían que todos los hijos tenían que hacerlo”.

Cursó en la secundaria básica -antes escuela intermedia- clases de inglés, teoría, solfeo y cantaba en un coro, pero por sus actividades políticas fue suspendida un año. Cuenta que por aquel entonces no tenían dinero para enviarla al Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana, hoy preuniversitario José Martí.

“Decidimos que yo podía seguir viniendo a pie hasta La Virgen del Camino y coger una guagüita que por un medio me llevaba hasta Guanabacoa, entonces hice el instituto.

“Ahí, al triunfar la Revolución, me incorporé a las milicias estudiantiles y, bueno, seguí mi vida muy activa. Era todo el fragor del principio de la Revolución, muchas actividades, la juventud cubana estaba que todas las tareas eran nuestras. Abrazábamos con mucho fervor cualquier tarea que se nos diera, y entonces Fidel llamó a los jóvenes de Segunda Enseñanza para que se incorporaran a la docencia, porque no había maestros, la mayoría se había ido del país. Yo tenía 16 años˝.

Luego de un curso de tres meses, en Minas del Frío, inició su carrera de magisterio.    

“¿Por qué en la Sierra Maestra”, porque había que prepararse para las tareas  difíciles de impartir la educación en las montañas… Subimos varias veces el Pico Turquino, recibimos adiestramiento e inmediatamente nos dieron un certificado que nos capacitaba para ejercer la enseñanza primaria en los centros más apartados del país.

“Salí entre los mejores expedientes y me correspondió  pasar un curso de instructora de la Revolución, pero yo quería dar clases, lo que soñaba era ser maestra y se lo comuniqué a la directora, me liberó, pero todas las aulas ya habían sido ocupadas en las montañas. Como el compromiso también era en las zonas inaccesibles, me ubicaron en la Ciénaga de Zapata, a las orillas del río Hanábana  donde estuvo Martí cuando niño. En una zona ganadera y arrocera fue mi debut como maestra primaria.

“Allí no había escuela, no había mobiliario, no es como el maestro hoy día, que llega a un centro y todo está hecho, las escuelas teníamos que construirlas. Tú llegabas y te decían: allí vas a trabajar –nada más- e improvisabas cuál iba a ser tu escuelita. Los muebles de mis primeros alumnos fueron hechos con tablas de palma.

“Los jóvenes en ese entonces no sentían miedo -entre comillas- porque el deber y el compromiso eran superiores. Nosotros no estábamos formados con miedo, y más en el momento histórico que vivíamos. En el período que empezábamos a trabajar un compañero mío, Conrado Benítez García, que estuvo en la Sierra Maestra con nosotros, fue asesinado y allí es donde surge la historia de la Campaña de Alfabetización”.

Más tarde esta mujer escribiría un libro titulado: Conrado Benítez, tras la huella del maestro voluntario: “Yo estaba incluida en eso, pero con una diferencia, era mayor que los muchachitos que iban a alfabetizar. En la campaña nosotros asumimos una tarea: asesorarlos. Como maestros poseíamos experiencia y conocíamos al campesinado con quien debían vivir. Trabajábamos juntos y fue así como nos ganamos su simpatía. Teníamos que asesorar, enseñar y cuidarlos, sobre todo cuidarlos”.

Flora Belkis Lescaille Torres fue asesora técnica de la histórica campaña que eliminó el  analfabetismo en Cuba, tenía bajo su responsabilidad a 24 brigadistas. Vivió por cinco años en territorio cenagoso, rodeada por mosquitos y ranas que no le permitían dormir bien, en la habitación de un batey

“El maestro era la figura más importante del campo, lo mismo casábamos al campesino, que lo inscribíamos, hasta nos enseñaron a inyectar para vacunarlos; éramos lo mismo jueces que trabajadores de la educación”.

Allí le sorprendió el ataque a Playa Girón, entre risas y conversaciones, porque aún no les había llegado la noticia de los bombardeos en La Habana.

-¡Maestra, maestra!, están atacando por en vuelta de su escuela.

-¿Cómo que atacando?

-Sí, usted no siente los morterazos, ¿qué va a hacer?

“Ahí vino el miedo, porque decían que si venían los mercenarios nos iban a matar”.

-Julián, cuando me vengan a buscar yo tengo que estar allí con los brigadistas y con todos.

“Entonces por la madrugada se puso una carreta con un tractor y me fui para mi escuela. Allí estaban los milicianos preparándose para incorporarse a la defensa. Yo les dije que me iba con ellos y no me dejaron, que prefería irme a que viniesen y me matasen aquí, pero se fueron. Quedé asustada y llorando.

“Me ordenaron que buscara a la familia de un tal Martín que iba a combatir, la familia vivía lejísimos de donde yo estaba. Fui con un viejito, muy mayor, que era miliciano, por primera vez manejamos una máquina, un Chevrolet negro, en el camino se veía el humo y se sentían las bombas. Cuando regresábamos con la familia venían los carros del INRA (Instituto Nacional de la Reforma Agraria), a recoger a los brigadistas y nos llevaron con ellos. Yo fui acuartelada en Matanzas hasta que terminó el peligro de la invasión.

“Para mí eso fue uno de los momentos más impresionantes de mi vida. Sentí temor, experimenté la emoción de estar en medio de un combate, que tu vida peligra y que a pesar de todo tienes que cumplir con un deber, eso me conmocionó enormemente”.

Mostrándome fotografías de sus experiencias, comenta que no solo trabajó en la Ciénaga, en otro llamado se creó un nuevo contingente donde la ubicaron en el II Frente Oriental, en un lugar que le llamaban Pozo Azul, en Sagua de Tánamo.

“Estaba en una ladera entre Sagua, Mayarí y Moa, tenía que cruzar 24 pasos de ríos donde el agua me llegaba por el pecho, atravesábamos a caballo y con cuidado. Nos volvimos diestros en conocer la vida en el monte”.

Cuenta que una vez tratando de cruzar una crecida de río casi se ahoga, tuvo que soltar una mochila donde tenía documentos importantes y fotos, por lo que perdió muchos recuerdos.

“Por la mañana impartíamos clases a los niños más pequeños, de 1ro. a 3er. grados y por la tarde de 4to. a 6to. grados porque esos eran los muchachos que debían trabajar con sus padres. A los adultos le dábamos educación obrero-campesina por las noches, tarea que se llamaba seguimiento, porque a pesar de que aprendían a leer cuidábamos de que no volvieran a convertirse en analfabetos, así comenzó la batalla por el 6to. grado y después por el 9no.

“Muchos de los campesinos a los que les di clases luego nos sustituían y fueron maestros, compañeros míos, otros se convirtieron en ingenieros, viajaron.

“Lo más difícil fue adaptarme a las condiciones: la lluvia, el fango, el traslado. Otra parte -aunque siempre fui muy estimulada por mis padres- fue la lejanía. Estábamos locos porque llegara la semana de permiso para ver a la familia, después de un tiempo de trabajo.

“Como jóvenes nos divertíamos igual cuando veníamos a La Habana. Nos reuníamos, íbamos por la Rampa, a clubes, los cabarets, bailábamos. Allá en las montañas también preparábamos actividades”.

En ese lugar estuvo tres años -en total fueron ocho años cumpliendo con el deber lejos del hogar- donde se sacrificó muchísimo por el bien de otros. Esas experiencias influyeron en su vocación.

“Anteriormente yo ni siquiera pensé que iba a ser maestra, me incorporé al llamado porque en aquellos momentos la juventud estaba ávida de cualquier cosa que se lanzaba, yo no quería ser maestra, yo quería ser médico o cualquier otra profesión, pero mis padres nos dijeron a mí y a mis hermanas que no podíamos hacer una carrera larga porque él era pobre y la Medicina ya la estaba estudiando mi hermano. A veces tenían que empeñar sus prendas o hipotecar la casa para pagar los libros y la matrícula.

“Nosotros debíamos estudiar algo más suave, así que me embullé y me dije: Voy a ser maestra para independizarme económicamente y ayudar a mis hermanos, eso fue lo que me motivó. Claro, después me enamoré de mi carrera y tan enamorada estoy que ya llevo más de 50 años, desde 1960, y no he hecho otra cosa que dar clases.

“He trabajado todas las enseñanzas, empecé en primaria, donde fui maestra multígrada, es decir, que he dado todos los grados, después trabajé como profesora de Historia en secundaria básica, alrededor de diez años. Fui  metodóloga de círculo infantil, directora de una escuela primaria y trabajé en la subdirección de un internado en Playa. También impartí Marxismo  en la escuela de Economía de Marianao y en el preuniversitario dando clases de Cultura Política. Además, fui profesora en la Universidad de Ciencias Médicas «Girón» y en la Facultad Obrero-Campesina.

“Primaria fue una etapa hermosa, en estos momentos prefiero Cultura Política, porque el muchacho crea cuando le mandamos a hacer una investigación, aprendemos con ustedes. Ahora te veo a ti haciendo esta entrevista y me digo que ahí habrá algún granito de arena que yo puse.

“Las personas comentan: ‘¿Estudiar magisterio?’, sin embargo, a mí me emociona que encuentro en cualquiera de las ramas del país alguien que me sonríe y me dice: “Usted fue mi profesora”. Eso me llena de orgullo, me hace sentir feliz. ¿Tú quieres cosa más emocionante?

“Me gusta que vengan aquí y me pidan cualquier investigación, que quieran que los ayude. Yo dejo todo lo que tenga que hacer por atender eso.

“Me jubilé y después de jubilada se convocó para que siguieran los maestros y estoy reincorporada. La semana que viene cumplo 72 años, mira cuánto tiempo desde la edad de jubilación y yo sigo sumada a la docencia.

“Educar es una obra de infinito amor”, así dicen. Lo primero que debe tener un educador es amor por la profesión. Hay que amar y tener deseos de enseñar, de dedicar lo mejor de tu vida a transmitir conocimiento. Donde quiera que se vaya hay que predicar con el ejemplo, ante la vida, ante tus hijos, ante tu comunidad... Ese es mi lema.

“Vuelvo a ser maestra. A mí me gusta enseñar y nunca voy a arrepentirme del camino que escogí. Yo muero maestra”.

Pie de foto: Flora Belkis Lescaille Torres lleva 54 años de labor ininterrumpida cultivando conocimientos por todos los niveles de enseñanza.

 



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