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LA INAGOTABLE PUJA DE LA LENGUA

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AILEN RIVERO HERNÁNDEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

La juventud siempre trae novedad. Hasta las generaciones más conservadoras o enajenadas por su medio, forma de vida o gobierno, resultan ser, de algún modo, revolucionarias. Las ganas de dejar su marca en la historia caracterizan una y otra vez a cada nuevo brote generacional. La moda, el ir contra estatutos establecidos y replantearse la realidad es casi ley para los que son en sí la renovación social.

Criticarlos es otra historia que se repite; pareciera que los que juzgan no hubieran sido también parte de su tiempo, o no entendieran que de toda esa rebeldía incontrolable surgen las mejores ideas y es lo que impulsa verdaderos cambios en este mundo tan falto de pensamientos renovadores.

Este fenómeno de “revolución generacional” se expresa en todas las esferas sociales y en todos los ámbitos de la vida humana. El lenguaje es una de las víctimas predilectas de las nuevas criaturas desprejuiciadas que también quieren dejar su marca en el habla, usando otros términos, maneras de hablar y significados. Dicha transformación no es propia de una lengua o de una sociedad específica, ocurre simultáneamente en todo el orbe, repitiéndose también la “culpabilidad” juvenil.

Sin embargo, los fenómenos de cambios dentro de una lengua van más allá de la moda de los jóvenes. En todo caso, ellos solo repiten o reproducen cánones ya previamente elaborados, que le son impuestos a través de canciones, filmes y los medios de difusión en sentido general. Los jóvenes, generalmente,  no son hacedores de estas palabras, sino que se apropian con más facilidad de ellas y contribuyen a su difusión al ser víctimas (y no victimarios) de su repetición modal.

Igualmente, la invención de nuevas palabras y significados o la apropiación de términos extranjeros, no necesariamente son dañinas al lenguaje, ni solamente son producto de modas; sino que también son expresión de la evolución gradual y normal de cada lengua. Además, en muchos casos, es muestra del enriquecimiento del habla, al dotarla de diferentes términos; estos, generalmente, con el tiempo pasan a formar parte de los diccionarios, porque el lenguaje se forja con el uso y no en una academia.

Claro, hay que tener cuidado con las “invenciones”; cambiar palabras existentes por otras menos exactas, empobrece la expresión. Asimismo, apropiarse de nuevos términos no puede significar desconocer el lenguaje; si se decide hablar “a la moda”, debe saberse que no conocer el lenguaje “tradicional” solo denota falta de cultura. No es un problema de prejuicio condicionado eso de que hay que saber expresarse correctamente, es una necesidad. Los académicos han definido la existencia de distintos registros del lenguaje (registro coloquial o informal, formal). Debemos dominar estos registros para utilizar nuestra lengua correctamente según el contexto.

El mal uso del lenguaje no está ligado al nivel etario, sino más bien, al cultural o educacional. No solo los jóvenes mal usan el lenguaje, ni siquiera la mayoría; ellos no son responsables de los cambios en la lengua, sino que estos son producto de fenómenos culturales, igualmente desligados de la edad. Acusar a la juventud es vergonzoso, si los hijos de una sociedad son incultos, en todo caso es culpa de sus padres; la nuevas generaciones son reflejo de las virtudes e incapacidades de las que la antecedieron.

Hay que aceptar lo nuevo, mientras sea de alguna manera enriquecedor. Cambiar no tiene que ser malo; hay que flexibilizar la mente, lo importante tiene que ser comunicarse. Si el lenguaje cambia quiere decir que nuestra manera de pensar ha cambiado de alguna forma y con ello la sociedad. Resistirse a los cambios es negar la evolución social de la humanidad. En vez de enjuiciar, en todo caso debemos dar gracias a los jóvenes por permitirnos no permanecer estáticos.

 



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