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LA CUENTA NO DA

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DAVID RUIZ LIMILLA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

¿Cuánto es? ¿En divisa o moneda nacional? Estas son preguntas que de forma recurrente escuchan los cubanos en todas las colas y mercados del país para conocer la calidad y el precio de los productos ofertados.

Por supuesto, no sé si por mala suerte o ironía de la vida casi todos los artículos tienen un alto valor en la moneda más deseada por todos, el Peso Cubano Convertible (CUC). En esta situación estuvo el sábado pasado una de mis primas, quien se encontraba en La Habana para disfrutar de sus vacaciones. Ese día fuimos al centro comercial Carlos III, pues ella quería comprar un par de zapatos y algún regalo para su hijo.

Al entrar al establecimiento, los ojos le centellaron como un niño cuando le dan un juguete nuevo; tenía una sonrisa en su rostro; se desplazaba por las diferentes divisiones más rápido que de costumbre. Para ella esto era un descubrimiento, pues en su provincia natal estas tiendas por departamentos solo se ven en las películas.

Pero la felicidad duró pocos minutos al preguntarle a la vendedora cuánto costaba un par de zapatos.

-Sesenta y cinco, respondió. Ante la desconcertante respuesta, una frustración cayó  sobre ella, pues ya no era el fatalismo geográfico el que le impedía acceder a estas tiendas, sino el factor económico.

Continuamos el recorrido y nos dirigimos a la división de niños. Enormes muñecas con aditamentos, carros diseñados en pequeñas dimensiones, robots sofisticados que atraían la atención hasta de los más adultos.

Aunque, esta vez no fue diferente. Nada podía prepararnos para el mortal golpe, cuando al preguntar el costo de uno de los juguetes nos dijeron que valía 50 CUC. Esta respuesta era el doble de impresionante que la anterior, pues cada familia desea complacer a sus hijos.

Al percatarnos que el producto más barato que se vendía en este establecimiento costaba alrededor de los 20 CUC, decidimos marcharnos con las manos vacías.

Al salir de ese mercado vimos a unas mujeres sigilosas que se acercaron a nosotros.

-Tenemos ropa de todo tipo y a precios baratos, dijeron las vendedoras.

Nos indicaron que entráramos hacia una casa particular y allí nos mostraron su mercancía. Al fin recobramos el ánimo al escuchar los precios. Fue entonces que mi prima compró sus zapatos y algunos vestidos.

Comenzaron en mi mente a surgir algunas interrogantes y mientras intentaba responderlas más preguntas tenía: ¿Por qué los mismos productos que vende el Estado, los particulares lo comercializan más baratos? ¿A dónde van las ganancias de estos artículos? ¿Quiénes son los que acceden a este tipo de mercados tan caros? ¿Podrá mi prima las próximas vacaciones comprar en tiendas como Carlos III?



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