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LOS CALLOS DEL PROFESOR

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De basurero a sepulturero, militar y docente, la vida de Manuel Fernández Velázquez, incansable trabajador, ha sido una constante reinvención de sí mismo.

Texto y foto:
ALEJANDRO BENÍTEZ GUERRA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana. 

Algunos le dicen Manuel Fernández Velázquez, pero él se llama Manolito. “Siempre me han dicho Manolito. Todavía hoy me dicen Manolito, con 52 años”. Licenciado en Ciencias Sociales, Máster, Doctor, sus alumnos del Instituto Superior de Diseño (ISDI) no imaginan el camino que tuvo que andar para llegar a ellos, de dónde salieron los callos que lleva en las manos: la vida no lo quiso de bata blanca, él la reconquistó de uniforme verde y luego la sentó en un aula.

Quiso ser profesor, y ¡qué profesor!, pude asistir a una de sus clases de posgrado donde una compañera, que afirmaba tener cuarenta años, lo calificaba de “el mejor de los que he tenido”.

Tras medio siglo de vida, Manolito se mantiene como un niño. “Me llena de vida trabajar con jóvenes, no es que corra maratón y practique atletismo, sino que estoy rodeado de ellos. Sigo siendo un eterno estudiante, me gusta la Universidad por eso”.

Todos los años participa en el Marhabana, del que guarda diecinueve medallas, y después de la maratón corre a donar sangre. “Tengo 125 donaciones de sangre, este mes voy a hacer la 126. Me di cuenta de la importancia de eso cuando operaron a mi segunda esposa del corazón. Hacía falta sangre, porque se me moría, y vino un camión de alumnos y amigos a ayudar”.

Estrictamente cubano, habanero de nacimiento y camagüeyano de corazón, sostiene que “la gente es de donde se siente bien y lo tratan bien” y que “el mejor café del mundo es aquel que te da un campesino, debajo de una mata de plátanos, en una latica”.

Los golpes no lo hicieron cambiar. Como el ave fénix, supo renacer de sus cenizas este cubano, “fanático a las mulatas”, al que no le gustan las fiestas.
<Yo soy de origen humilde, mi papá era médico psiquiatra y mi mamá ama de casa, una persona de bajo nivel cultural, con un sexto grado, común en la población cubana de ese momento.

<Nací en el año sesenta y dos, uno de los primeros de la Revolución, y me crié en Santa María, la playa, por eso siempre me ha gustado el mar. Hoy vivo cerca de él, en el Cristo de La Habana, y estuve muchos años vinculado a la marina.

<Mis enseñanzas primaria y secundaria transcurrieron normalmente, fui un alumno normal. El estudio yo lo veo como una necesidad, un deber del ser humano. Lo convertí, como decía el Che, en un placer. Era el alumno aquel docentemente bueno, pero chivador, por lo que a veces me ponían el cartelito de indisciplinado. Hubo dos grados que no di, segundo y quinto, porque me pasaron al siguiente.

<Terminé el preuniversitario con tremendo acumulado y me decidí por la Medicina, porque era una carrera que veía muy humana. Medicina me cambió el hábito de estudiar, porque ahí tienes que aprender sobre lo que vas a ser, médico, pero no puedes desvincularte de lo humano.

<Mi formación me la dio, en primer lugar, mi familia, mis padres, y en segundo lugar mis maestros, excelentes profesores, pero además influyó mucha gente, mis amigos, convertidos en hermanos. Unos ya no me acompañan, pero queda su huella.

<¿Qué pasó?, la vida te hace emboscadas. Yo tuve amigos brillantes que en plenitud de vida murieron de cáncer, o en un accidente, o en Angola. El destino mío…, mi papá murió, le dio una trombosis que le dejó paralítico del lado izquierdo, y mi mamá, que no trabajaba, asumió esa enfermedad, estaba hasta limpiando pisos.

<Decidí entonces dejar la carrera, dije: “Puede esperar”. Es una de las deudas que tengo para siempre, no haberme hecho médico. Iba para cuarto año, tenía entonces 19. Perdí amistades y hasta a mi novia. Un día me senté, medité y me dije: “Mi vida tiene que coger otro rumbo”.

<En esa vorágine me desempeñé en varios oficios. Uno de ellos fue el de basurero, o sea, que fui trabajador de Comunales recogiendo basura. En aquel tiempo no había jabitas de nylon, era un camión y la gente te tiraba las latas. Yo llegué a tener una maestría recibiendo latas, que ni Pacheco, Padilla, los mejores segunda base de Cuba. El carro pasaba por barrios conocidos, y cuando eso le gritaban al basurero cualquier cosa, no como ahora. En “la basura” me aprendía las calles de La Habana, los lugares, veía a la viejita que la sacaba todos los días a la misma hora, la que me daba café…”.

<También fui sepulturero en el Cementerio de Colón. A cualquiera que le pasa eso, lo tapa en la autobiografía. Yo estoy orgulloso de eso porque allí aprendí; respeto a partir de ahí a la muerte, la higiene. El cementerio me ayudó a meditar, a tener momentos de reflexión. La mejor descripción mía me la dio una frase de Bola de Nieve, el pianista, que dice: “Yo soy un hombre solitario y triste que está siempre alegre”.

<En estos trabajos conocí gente muy valiosa, gente sin una historia, que no van a pasar a la posteridad, pero que son los héroes cotidianos, que me enseñaron la historia que no conocía”.

<El lío no está en la que haces, sino en cómo lo haces, si te entregas con amor. Toda obra humana es cerebro y corazón.

<Muchos amigos, o aparentes amigos, se rieron de mí, me decían cosas por la calle, me dejaron de invitar a lugares. Yo tomaba mi dinero, 75 pesos, y se lo daba a mi mamá.

<Sí, me sentí marginado, los primeros días tenía asco. Hubo momentos en los que decía: “Me voy, no viro más” y, sin embargo, viraba, por necesidad económica y porque pensaba: “Ya estoy aquí, di el paso”. Tuve discusiones con gente que quería robar los cadáveres, las prendas, y nunca entré en eso.

<Cuando me paraba delante de la tumba de Leonor Pérez, me decía: “Caballero, ahí está la madre de Martí”, y a lo mejor uno a quien no le interesa piensa: “Ese tipo está loco”, pero es el respeto.

<Una amiga me hizo una carta y me mandó a ver a un compañero en el Comité Central del Partido, y me pusieron a trabajar en la imprenta del Comité Central. Ahí aprendí a ser impresor, aunque al principio me pusieron a quemar papeles en un crematorio que había en el Zoológico. Fueron trabajos de pocos meses en un período muy intenso.

<Un día citan a los reservistas y me llevan para el Servicio Militar. Nunca pensé en ser militar y no tengo características para eso, aunque después lo fui treinta años y llegué a ser capitán de fragata de la Marina, equivalente a teniente coronel en los grados terrestres.

<Me  hacen una entrevista y me preguntan: ¿Te gusta la Marina?, y vuelve otra vez el mar. Yo respondo: ¡Sí, cómo no, si es el mar, claro!

<Siendo telegrafista estaba intentando escribir una novela, que llega a manos de los contrainteligentes, y me preguntan: “Compadre, ¿por qué tú no estudias en las FAR? Fui a las escuelas de cadetes, y por último a la Academia Naval. Me dicen lo que hay ahí, Ingeniería Electrónica y otras cosas que no me gustaron. Saliendo me da botella un oficial con quien converso y me toma los datos. Un día estaba corriendo en la unidad y me laman para decirme que tengo que presentarme el día 11 de agosto en la Academia Naval para estudiar Licenciatura en Ciencias Sociales.

<Cuando voy al almacén a buscar mi única mochila, me la habían robado. Cuando eso, te repito, no había jabitas de nylon. Me ven envolviendo mis pocas pertenencias en un cartucho, y el almacenero, que era amigo mío, me da un maletín. Yo le dije: “Un día te lo voy a devolver”, y así lo hice.

<Las Fuerzas Armadas me enseñaron a ser responsable, puntual, detallista, y a tener paciencia, fundamentalmente en las guaguas. La Academia Naval me disciplinó, me enseñó otra forma de ver la vida. El régimen militar me llevó a unirme más a mis compañeros, organizar el tiempo, ser ordenado; eso no quiere decir que no me fugaba, perdía clases, “metía números”. Un día me cogieron un pelícano en una taquilla, sí, vivo, yo lo criaba allí.

<Entré en la Academia con 21 años, ya para 22. Me gradué Medalla de Oro, me dieron a escoger para dónde quería ir, y ahí fue otro conflicto, una deuda que no he podido cumplir, y se me está acabando el tiempo: yo siempre he querido ser internacionalista. Fue en 1987, y me dijeron que a los cinco mejores expedientes los iban a dejar en Cuba, así que si quería ir para Angola había que sacar a uno de mi grupo, y dije que no.

<Pasé por varias unidades, pero quise ser profesor. En el 94 volví a la Academia Naval para ser profesor de Historia. El primer día en el aula fue mágico. Me hice Máster el 20 de marzo de 1995, y Doctor en el 2004, siendo ya Profesor Auxiliar, y docente durante diez años.

<El licenciamiento me llegó en junio del 2014, y buscando otro lugar donde trabajar, un amigo me recomienda venir al ISDI. Allí me preguntan si puedo dar Filosofía, y me emplantillan.

<A mí me gusta mucho cuando por la calle me llaman: “¡Profesor, ese fue mi profesor! A ti te puede dar cinco puntos el mejor controlador del mundo, pero el alumno es el que te da la verdadera evaluación.

<Cuando un alumno te dice: “Profe, gracias, usted me ayudó”, eso me lega, me llena más que cualquier cosa. Entonces, cuando salgo del aula, sé que tengo que regresar ahí mañana. Esa es mi felicidad. 

<Detrás de mis logros, aparte de mi esfuerzo personal, hay un mundo de gente, anónimos muchos, a quienes estoy eternamente agradecido>.

-¿Qué importancia tuvo su madre a lo largo de su vida?

Mi mamá era una persona muy fuerte, muy fuerte de carácter. Siempre me ayudó, me apoyó. Cuando el Servicio, fue a la previa, a Quiebrahacha, por sus medio, y me llevó hasta un melón.

Cuando murió mi papá, los compañeros del cementerio me hicieron el entierro. Los basureros fueron allí, con sus mejores ropas, pidieron ropa prestada o fueron con overol. Le pusieron corazón a eso. Entonces, mi mamá siguió con nosotros, con mi hermana y conmigo. Tuvo otras relaciones de pareja, pero no se volvió a casar. Me queda por dentro que a lo mejor no fui tan buen hijo como pude haberlo sido. Mi mamá siempre estuvo ahí. El día en que murió ha sido el más triste de mi vida.

-A quien lea esta entrevista, ¿qué le gustaría que quedara en su memoria?

Mira, no que me recuerde a mí, sino que he pasado por la vida siendo consecuente con lo que he hecho.

Me siento una persona “cotidiana”. Ahora tú sales conmigo por allá, a caminar, y te pasa gente por lado que tiene una historia mil veces más profunda y compleja que esta que te he contado.  

Pie de foto: Durante la clase, el profesor Manuel es incansable.



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