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TAN CUBANA COMO LA PALMA REAL

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Genoveva Figueroa Ortiz lleva dos culturas en el alma. Mexicana de nacimiento, se vinculó a la Revolución cubana y fue la primera mujer en trabajar en el Departamento de Auditoría de la Fuerza Aérea Revolucionaria. 

Texto y foto:
KARLA CASTILLO MORÉ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

-¿No sientes frio?, me preguntó Genoveva Figueroa, apenas nos saludamos en el portalito de su casa.

-El día está un poco soleado. No, no siento frío.

-Dentro de la casa sí hay, se me congela la columna y me da mucho dolor de espalda. Esa es la edad –dijo con una sonrisa de resignación. Supongo que es el peso de sus 70 años y de una vida ajetreada.

-Pasa y siéntate, estás en tu casa. Ya puedes comenzar a grabar -le divertía  la idea de que iba a ser entrevistada.

Conocida como Bebita, se vinculó a la Revolución cubana cuando era muy joven. De nacionalidad mexicana, vive con sus dos patrias en el corazón. Sentada en un butacón, tiene a su espalda la Virgen de Guadalupe, un sombrero de mariachi y en la mesita de centro, una foto de Fidel Castro.

-Nací en Ciudad de México, en el Distrito Federal. Mi infancia fue bastante feliz, a pesar de que somos huérfanas de padre desde muy pequeñas. Vivíamos juntas mis dos hermanas, una de ellas mi gemela, mi madre y yo. Tenía también una familia inmensa, recuerdo que en las navidades o en fin de año todos nos reuníamos en mi casa y mi mamá hacía la comida. Nos divertíamos mucho, de verdad, fui muy feliz.

Su mirada buscaba algún punto en el cielo que se dejaba ver por la puerta abierta de la casa. A lo mejor quería volver a ser niña y salir a jugar con los demás en el parque.

-Mi mamá compró una dulcería luego de jubilarse. Allí fue donde conocimos a Fidel Castro. Al doblar de la dulcería vivía María Antonia, y él entró a comprar bombones, porque le gustan mucho; los que vendía mi mamá eran marca Larín, muy buenos. Cuando él se marchó, se nos acercó una cubana que residía al frente, ella nos informó quién era la persona con la que habíamos hablado. Al día siguiente, cuando Fidel volvió a comprar el dulce, le dijimos que ya sabíamos su identidad y el motivo de su lucha. Desde ese momento nuestro negocio se convirtió en el punto de contacto, todo cubano que llegara a México tenía que acercarse a mi madre para encontrar a los demás luchadores. Incluso hasta las cartas enviadas desde Cuba llegaban con su nombre, Gabriela Ortiz, agregando Ruz, para diferenciarla de la correspondencia normal.

«Conocí a los expedicionarios del Granma. En una ocasión fuimos a hacer un meeting con un grupo de jóvenes cubanos a la Embajada de Inglaterra en México, para protestar porque le habían vendido aviones a Fulgencio Batista. Ese día cogieron presos a los muchachos y a nosotras también. Ellos pedían que nos soltaran, imagínate, éramos unas niñas, teníamos unos doce años, pero no nos querían liberar porque habíamos escondido en nuestras sayas los pasaportes de todos ellos. Mi madre tuvo que contactar a varias personas para que nos dejaran libres a todos.

«Tengo muchos recuerdos lindos y graciosos de ese tiempo. Fidel una vez dejó un maletín muy grande en la dulcería, y yo lo vi, así que le avisé a mi mamá. Traté de cargarlo y casi me fui al piso ¡Eran armas! Yo no podía con ellas, era una niña delgada. Lo llamamos y regresó a buscarlo. Mis 15 añitos los celebré junto a todos ellos. También para ayudarlos le regalamos nuestros colchones, ellos los tiraban en casa de María Antonia para dormir. Nosotras preguntábamos: “Mama, ¿y los colchones?”, ella decía que pronto nos compraba otros.

«Cuando partieron para la Sierra Maestra, en México continuó existiendo el Movimiento 26 de Julio y llegaban más jóvenes cubanos. Nosotras decíamos que eran nuestros hermanos. A veces nos poníamos hasta celosas, ellos se habían ganado el corazón de mi madre, ella decía que eran sus hijos. Al esparcirse el rumor de que Fidel había muerto mi mama gritó que no, sentíamos que no era verdad y así sucedió, gracias a Dios estaba vivo. Siempre estuvimos lo más informadas posible del transcurso de la lucha en la Sierra.

«Cuando triunfó la Revolución el 1 de enero de 1959 a mi casa fueron muchas personas, nos abrazaban y gritaban: “¡Triunfamos, triunfamos!”, ahora recordando siento la misma emoción. El 8 de enero, cuando Fidel entró en La Habana, llamó a México, para invitarnos a Cuba. El 16 de enero llegamos y nos estaban esperando Celia Sánchez, Vilma Espín, Pedro Miret y Fidel Castro, que estaba hospedado en el piso 22 del Hotel Habana Hilton, ahora Habana Libre, a nosotras nos instalaron en el piso 20, ahí estuvimos tres meses.

«Ya el día 20 del mismo mes que llegamos, yo estaba trabajando. Traía el secretariado desde México y me ubicaron como secretaria en el Departamento de Auditoría de la Fuerza Aérea Revolucionaria. Fui la primera mujer que trabajó allí.

«Estuve presente cuando le informaron a Fidel que Camilo Cienfuegos desapareció. Lo vi golpearse el pecho de la desesperación. No lo podía creer, nadie podía creer que no veríamos más a Camilo. Yo lo conocí y habíamos salido de parranda a bailar con él, que bailaba muy lindo. Al Che lo conocí en el hotel y cuando lo vi le dije: “Che, tú te pareces a Cantinflas”, y él me dijo: “¡Pero, mexicana!”, es que de verdad se parecía –dicho esto comenzó a reír como un niño que hace una travesura.  

«Después de esos tres meses, ya no queríamos estar más en ese hotel. Fue cuando nos trasladaron para el edificio conocido como el Banco de los Colonos, en Santos Suárez. Allí vivían: en el séptimo piso Pablo Díaz, que vino en el Granma; en el segundo piso, Faustino Pérez, y en el primero, Reynaldo Benítez, que también fue expedicionario del Granma. El apartamento estaba vacío, no aceptamos nada de Fidel, que quería que tuviéramos de todo, hasta chofer. Lo amueblamos con nuestro esfuerzo.

«A mi actual esposo lo conocí allí, llevamos ocho años y estoy muy contenta de estar con él. Es neurocirujano, ha estado en misiones en países como Angola y Brasil, me siento a gusto porque es revolucionario, no estaría junto a una persona que no lo fuese».

Su rostro tomó una expresión cariñosa, parecía una adolescente enamorada. Bebita también tiene un hijo, que como ella, vive entre sus dos patrias. Retomó el hilo de la historia. 

-Mi mamá se enfermó y falleció en el año 1962. Recibimos el apoyo de muchas personas, principalmente de Celia Sánchez y Fidel, ella se portó muy bien con nosotras, iba siempre al hospital. El funeral fue el más concurrido que nunca vi. Asistieron tantas personalidades, tantos amigos, que casi no pude llorar, todos me decían que tenía que ser fuerte.

Se secaba las lágrimas mientras hablaba. Se disculpaba y decía: “Me da sentimiento”. Su madre es responsable del amor que siente por este país, por ella es hoy una mujer tan revolucionaria. Recobró el aliento, se calmó y continuó hablando:

-Mi tía, que vivía en México, vino a buscar el cadáver de mi madre y a nosotras, pero Fidel no lo permitió, él dijo que pertenecía aquí, a los cubanos. Así fue, y él nos cedió la bóveda, mi mamá descansa en Cuba, el país que tanto amó.

Hubo silencio, la atmósfera estaba tan cargada de emociones que no me atreví a hablar. Como diría cualquier cubano, pasó un ángel por la sala. Bebita rompió el silencio.

-No tengo quejas de los cubanos. Fidel, Raúl y Ramirito -dijo refiriéndose a Ramiro Valdés- son los hermanos varones que nunca tuve. También consideré a otras mujeres como mi familia, entre ellas Celia, Vilma y Melba Hernández. Estoy orgullosa de estar aquí en Cuba. Fui militante de muchas organizaciones, hasta de los Jóvenes Rebeldes, que ahora es la Unión de Jóvenes Comunistas, pero para continuar militando tenía que abandonar mi ciudadanía mexicana y dije que no, esa era también mi patria, con mi ciudadanía podría ayudar más a este país y así fue, pero en “silencio ha tenido que ser”.

«Yo participé en la defensa de Playa Girón, aunque tú no lo creas. Pertenecí a la milicia de Lidia Doce y eso me ayudó. Siempre viví escondida en las faldas de mi mamá, con la milicia aprendí, yo quedé huérfana a los 17 años, y esta me dotó de la madurez que me fue necesaria a lo largo de mi vida. Estoy muy agradecida por ello.

«Cuando escucho hablar mal de la Revolución, siempre salgo al paso. Siempre digo que no saben lo que es vivir en el capitalismo, yo sí, yo nací en él. Aquí tenemos dos cosas muy importantes: la medicina y la educación gratuita. La operación de las cataratas en Bolivia cuesta 5 000 dólares, aquí no es así, a miles de cubanos y a mí, no nos costó nada.

«Todos deberían estar conscientes de que han nacido en un país libre, a veces no se tiene todo lo que se quiere, me refiero a lo material y hay cosas que no son culpa del Gobierno. Por ejemplo, aquí algunos sujetos se entretienen prendiéndole fuego a los contenedores de basura y rompen los parques, yo llamo a la policía  y toco el tema en las asambleas de rendición de cuentas, sería bueno darle solución.

«Digo que el mejor revolucionario es el humilde, no el rico. Veo a esos campesinos en el noticiero y me digo: “¡Concho! Nosotros comemos por esas personas, y mira cómo nos quejamos de que no tenemos un pitusa o más gangarrias, ellos no tienen nada de eso”».

Volvió a emocionarse. Esta vez, su acento mexicano, casi imperceptible de tantos años de vivir en Cuba, se le escapó.

-Regresé muchas veces a México y como ya no dependía de nadie para pagar la renta, tenía una casa allá. Ahí está parte de mi familia. Ahora sí no voy a viajar más, el país está muy violento. Mira lo que pasa con los 43 estudiantes desaparecidos y con los otros muchachos de la secundaria. Están pasando muchas cosas feas allá. Siempre fue un lugar violento, pero era solo en la ciudad, ahora no, la violencia se ha expandido a todos lados, hasta las zonas de turismo como Cancún, Acapulco y Guerrero.

Casi finalizando la conversación me asalta una pregunta…

-Yo quiero que me entierren aquí. No tengo la nacionalidad cubana, pero lo soy tanto como soy mexicana. Aquí me quedo.

Pie de foto: La ex miliciana es una activa vecina que se enfrenta a las indisciplinas sociales.

 



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