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LA ESTRELLA QUE NO PUDE ALCANZAR

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LAURA MERCEDES GIRALDEZ COLLERA, 
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,  
Universidad de La Habana.  

Las leyendas cuentan que las estrellas son las almas de las personas que murieron. Mi abuela dice que para quienes vivimos, existe en cada una de ellas un ángel guardián. Por ello, cuando deseo algo con todo el corazón, miro al cielo esperando el socorro de mi espíritu celeste.

A los seis años, pedí tener un hermano varón como mi vecino Adrián y bañarme en alguna piscina. Un día cualquiera de julio de 2002, el sol anunció su tardía aparición cuando ya tenía planes de ir al Centro Recreativo Villa Guamá con mi papá y sus compañeros de trabajo.

Al despertarme vi a todos en el baño. La casa siempre fue un sitio de hormigas locas, en aquella ocasión, mi mamá era la reina del hormiguero…

Escuché, mientras me estaba vistiendo, que mis padres visitaban al doctor de mami desde hacía nueve meses. ¡El nuevo miembro de la familia quería nacer!
Ya en la villa todos trataron de complacerme, Raidel, amigo de papi, comenzó las gestiones para que su hija y yo nos bañáramos en la piscina.

Mientras tanto, recorrí el lugar. No recuerdo mucho el paisaje, pero imágenes de la hierba fresca y el olor a tierra mojada, aún permanecen en mí. Desde la distancia mi mente todavía dibuja el pequeño techo cubriendo el espacio que sin paredes nos sirvió primero de estancia y luego como resguardo ante la tormenta que sobrevino.

El día nació sin ganas, como quién sabe fatal su llegada. La lluvia arremetió con fuerza contra la visita. Todavía con nubes grises en lo alto salimos hacia los columpios en forma de barco o avión. Creía darle la vuelta al mundo, estiré la mano para alcanzar una nueva estrella que brillaba en el cielo, pero fue inútil.

El regreso a casa de abuela fue silencioso. Raidel no consiguió el ansiado permiso, pero lo reconfortante fue que todavía faltaba un sueño por cumplir.

Tía Agnerys asumió la tarea de recogerme; durante el trayecto me explicó cómo había trascurrido el día para el resto de la familia. Supe entonces quién era el lucero que horas atrás intenté alcanzar y no pude.

En ese instante me pregunté: ¿Cómo querer a alguien que no tuvo la oportunidad de aferrarse a la vida? ¿Cómo llevar en mi mente el recuerdo de unas manecitas que no me pudieron abrazar, de los ojitos que nunca me vieron, de las mejillas que no besé, de la dicha negada por el destino de escuchar “Tata” de sus labios?



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