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POR SUERTE, BEETHOVEN ERA SORDO

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YAIMA MALAGÓN FRANCHI-ALFARO.
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

¡Por Dios con esta bulla no puedo escribir!

Resido en el apartamento 13 de la beca ubicada en F y Tercera, Vedado, pero en el edificio de al lado, vive un muchacho baterista, quien escoge las horas más inoportunas para ensayar.

Hace un tiempo me encontraba a medio camino en un comentario que escribía, cuando el irresistible sonido del vecino truncó mis ideas como a una pirámide al hacerle un corte geométrico.

“El niño tiene que estudiar, vive de eso”, me dijo su madre.

“Mire usted, yo viviré de escribir y no vengo, ahora que soy estudiante, a sentarme con la laptop a la sala de su casa. Dígale a su hijo, por favor, que no vaya con la batería a la mía”, le respondí.

Me molesté con el joven baterista porque no es posible que él se convierta en un mal augurio de los estudiantes de Periodismo, dificultando la realización de buenos trabajos que salen de intensas madrugadas desde cada uno de los dormitorios.

A raíz de esto, me pregunto cuántas sinfonías hubiera dejado de componer Beethoven si no hubiera sido sordo. Al menos en mi edificio, es preferible serlo. No obstante, el ruido de cada noche, siempre alrededor de las 11:30 pm resulta el infortunio en la cena de conocimientos de un futuro periodista, hora en la cual los ángeles prácticamente comienzan a dictarme, o mejor dicho, a gritarme frase a frase para escribir los artículos.

Ya han transcurrido varios meses desde aquel incidente y al parecer el ruido de “al lado” a diezmado un poco, pero no pasa aún inadvertido. Sólo tengo deseos de escuchar en las horas de desvelo y redacción, el silbido del viento y esas cosas de las que hablaban los escritores antes de que se inventaran los vecinos escandalosos y los edificios de microbrigadas con sus finísimas paredes.

Probablemente, tampoco alguien pueda leer lo que dejo sobre estas líneas, porque algún ruidoso ha hecho que pierda la concentración… por suerte y con sinceridad, Beethoven era sordo.



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