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EL MUNDO A TRAVÉS DE LAS CRÓNICAS

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Aunque a Alejo Carpentier ninguno de los géneros periodísticos le fue ajeno, en la crónica dejó cimentada su impronta y estilo peculiar.

RAÚL ABREU MARTÍNEZ, DACHELYS ALFONSO LEAL, LAURA ALONSO HERNÁNDEZ, ALEJANDRA ANGULO ALONSO Y LIZ ARMAS PEDRAZA,
estudiantes de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

No importa  cuál sea el tema: la vida nocturna, el arte múltiple de Picasso o la última obra de Pirandello; cuando se trata de las crónicas carpenterianas hay invariablemente una especie de aprehensión estética que rebasa lo estrictamente literario para abarcar múltiples formas del saber humanístico.

Aunque a Carpentier ninguno de los géneros periodísticos le fue ajeno, en la crónica dejó cimentada su impronta y estilo peculiar. La escritura de este grande de las letras hispanas, influenciada por los procedimientos del  modernismo y el surrealismo, se caracteriza por el abundante colorido y sensualidad.

Especialmente referenciales en su extensa obra son los once años vividos en la Ciudad Luz, París 1928-1939, desde donde envió crónicas a las revistas Carteles y Social, y en las que consolidó su madurez periodística.

A través de estos trabajos, Carpentier perpetuó una pintura diferente de la capital francesa, partiendo de los matices que la convierten en un teatro cosmopolita. Su Ciudad Luz resultó más apagada, dueña de sombras y escenario de multitudes abandonadas a su suerte.

Sin embargo, su percepción política del entorno epocal se agudizó: abandonó momentáneamente París para viajar a Alemania, donde descubrió la amenaza del fascismo y luego, en 1937, reportó para Cuba los acontecimientos en torno a la Guerra Civil Española.

La posición antifascista de Carpentier se manifestó en su serie de crónicas España bajo las bombas. La muerte, representada por los aviones enemigos, las bombas, la amenaza constante y la destrucción, es descrita dolorosamente: “El suelo retumba y se estremece. Terremoto fugaz seguido de bofetadas de aire en todos los cristales”.

En estas crónicas parece que los objetos hablan: "Aquí no queda una casa sana, un ladrillo sin herida, un árbol con las ramas enteras. Las fachadas se han abierto, como tapas de armario, dejando ver el interior de los departamentos, la intimidad de las habitaciones”.

Otro de los recursos utilizados por el escritor son las enumeraciones de los objetos marcados por la violencia de la guerra: "El centro de la vía está constelado de cristales rotos, tejas quebradas, cazuelas agujereadas, botellas truncas, maderas con clavos enmohecidos, asas de ollas y tibores".

La experiencia de esta estancia de veinte días en España fue utilizada por Carpentier, cuarenta años más tarde, para escribir los episodios de los primeros catorce capítulos de la novela La Consagración de la primavera.

Por otra parte, la relación del escritor con las vanguardias y movimientos culturales de Europa le permitió mirar desde lo profundo el mundo latinoamericano.

El cronista regresó del viejo continente y tuvo la certeza de que la mayor virtud de vivir en Europa y nutrirse con su cultura, costumbres y los movimientos artísticos nacientes, era aprender a mirar nuestros países con el fin de actuar en favor de ellos.

De la pluma del periodista Carpentier brotaron seis trabajos que conforman El ocaso de Europa, donde expuso las inmensas potencialidades  del hombre americano y buscó los meridianos más  oportunos para desarrollar la concepción de lo real maravilloso.

Revistas como Tiempo Nuevo, Conservatorio, Orígenes y Gaceta del Caribe, fueron espacios para publicar breves crónicas de interés histórico, político y social.

Pero fue El Nacional, de Caracas, el periódico que brindó el escenario propicio para los seis trabajos que conforman Visión de América. Estas crónicas, inspiradas en sus viajes a la Gran Sabana y al Alto Orinoco, resultaron materia prima imprescindible para su extraordinaria novela Los pasos perdidos.

Ya sea “novelando” su Habana o escribiendo desde Caracas, París o Madrid, Carpentier fue capaz de abarcar momentos, temas y géneros con su desbordante erudición.

Hasta el final de su vida estuvo siempre atento para convertir en crónica cualquier suceso o situación trascendente. En una conferencia impartida a los trabajadores del periódico Granma en 1975, dijo: “El periodista es en sí un historiador, él es el cronista de su tiempo; y el que anima con sus crónicas la gran novela del futuro”.



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