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UNA VIDA EN ALLEGRO VIVACE

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Mujer tenaz, madre abnegada y trabajadora ejemplar, Adalgiza Torriente Fernández, Doctora en Farmacia del hospital capitalino Freyre de Andrade,  tiene ya 52 años de labor.

Texto y foto:
DENISSE MACHADO TABOADA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Mi primer pensamiento cuando la vi fue que lucía más joven de lo que me dijeron. Caminaba espigada y me observaba curiosa, con una luz nítida en los ojos. Iba bien maquillada, pintalabios, aretes y uñas que combinaban, de un color rosado pálido, sus cejas arregladas y cuidadosamente pintadas. «Mi nombre, ¿no? Me llamo Adalgiza Torriente Fernández. Soy Doctora en Farmacia y profesora graduada de la Escuela Normal de La Habana. Me gradué de las dos carreras en el año 1962, o sea, hace 52 años».

La curiosidad me venció y aunque sé que para muchos es un tema sensible, lancé mi indelicada pregunta a merced de su amabilidad. «Cumplí 80, pero la gente no lo quiere creer», me dijo con una sonrisa conocedora, como si supiese que yo también cometí ese particular pecado.

«Estudié en la escuela Ramón Rosains y después empecé lo que es ahora la secundaria, que entonces era el pre. Más tarde pasé a estudiar el bachillerato en el pre del Vedado y después de ahí ingresé la Universidad de La Habana.

«Lo primero que quise ser era médico, pero considero que no podía serlo porque le tengo miedo a los muertos. Iba a ver a los fallecidos, sí, que estaban ahí, en la Escuela de Biología. Veía todas las cosas, cómo hacían las autopsias, pero me desagradaban. Y por lo tanto, cogí una carrera que fuera similar a la Medicina, que es la de Farmacia. Siento que soy muy feliz por haberla estudiado, porque hasta ahora, con 52 años de graduada que llevo, todavía me encanta».

Dirige su mirada hacia mi mientras comenta: «Trabajé desde el año 63 al 71, ocho años, en el Hospital Infantil William Soler. Estoy muy orgullosa de haber trabajado allí porque aquello era una familia. Ahí fui la jefa de la farmacia, después me incorporé al Hospital Freyre de Andrade, en el año 71, hasta la actualidad, o sea, que llevo aquí 43 años de trabajo, de los cuales trabajé 41 de jefa de la farmacia, y ahora soy fármaco-epidemióloga y asesora del director».

»Estuve en el Concejo Científico durante 22 años, fui la presidenta. Tenía que evaluar todas las actividades, el protocolo y las investigaciones. Hace como dos años que dejé esa parte, porque ya era mucho el trabajo. Soy, en estos momentos, la presidenta del Comité Fármaco-terapéutico, que es donde tengo que velar por aquello que indican los médicos a los pacientes».

Cuidadosamente saca de una gaveta sus títulos, diplomas y reconocimientos, modestos tesoros de papel y cartulina, que son la prueba física de 52 años de trabajo. Con una pequeña sonrisa nostálgica los toca. Los acaricia como a las reliquias más valiosas, como si se fueran a esfumar en un abrir y cerrar de ojos, y aun así son tan tangibles, la esencia de miles de recuerdos de una vida y una labor abnegadas.

Me enseña el título que recibió al graduarse de maestra normalista, así como reconocimientos de los múltiples congresos en los que ha participado: «Mira, tengo este, que es una de las cosas mejores, porque es por mi actividad científica durante varios años. Soy miembro de la Sociedad Cubana de Ciencias Farmacéuticas, prácticamente desde que se creó».

-Cuando usted era joven y existía el concepto de que las mujeres solamente pertenecían a la casa y que eran para casarse y tener hijos, ¿alguna vez sintió que no era aceptada en la sociedad?

«No, yo no. Cuando cumplí los quince mi padre me hizo miembro de la sociedad de nosotros, que era el Club Atenas. Estudié idiomas –inglés– no a la perfección, pero lo he estudiado. Empecé a estudiar el piano en la secundaria, en el conservatorio, lo que es ahora el Amadeo Roldán. Hice muchos cursos, un diplomado de Oncología y también el de computación.

«Yo empecé en la Universidad. Ya no se están graduando Doctores en Farmacia, ahora son Licenciados en Farmacia y Plantas Medicinales. El último curso fue el mío».

-Hay algunos profesionales que dicen siempre con cierta nostalgia que a los jóvenes que entran en esta carrera, “ya no los forman como antes”. ¿Qué opina de los graduados de hoy día?

«Están bien formados los de la Universidad. Estos que se gradúan en Tecnología de la Salud, creo que falta mucho para que se puedan formar como aquellos de antes, no como yo, sino como los de a partir del año 80 más o menos.

«Ahora, no es lo mismo… nosotros estudiábamos la enseñanza primaria, que era hasta el sexto grado, la secundaria, séptimo y octavo, más tarde el pre, que eran cinco años, y después te examinabas para entrar a la Universidad a estudiar la carrera que  querías.

«En la actualidad no es así, hay técnicos que sí, tienen experiencia; tengo algunos aquí que llevan conmigo 20 años como técnicos y tienen una formación, no la perfecta, pero sí mejorada. Pero ahora no, porque salen de la secundaria y hacen el técnico medio, eso son tres años y al cabo de seis años ya se hacen licenciados en Tecnología de la Salud. No puede ser igual».

Se yergue en su asiento y su rostro se ilumina: «Yo disfruto lo que hago; que participo en todo, voy a cada reunión, doy opiniones. Eso para mí es la felicidad.

»Hay quien me dice: “Ay, ¿por qué usted no se retira?”  Y les digo, bueno, creo que me voy a retirar cuando yo considere que lo que yo estoy haciendo no cumple los efectos requeridos.  Por lo tanto, nadie me tiene que mandar a que me vaya, que me retire, porque cada quien sabe hasta dónde puede llegar, y eso es lo que siempre he hecho. A lo mejor mañana, o a lo mejor dentro de un año digo: “Ya, bueno, me voy para mi casa”, pero no para volver a incorporarme a trabajar, no. Cuando me vaya es para pasear, hacer otra vida.

»Soy madre, tengo dos hijos, una que es médico y el otro que es electricista naval, él es el que está fuera de Cuba, en España».

De pronto parece cubierta de cierta nostalgia, pero esta desaparece rápido: «Una de las cosas es que mis hijos, la hembra principalmente, me  llamaron  la atención porque dicen que yo me ocupé más del trabajo. Pero no es así, no es así que me haya ocupado… ¿Cómo yo voy a abandonar a mis hijos? Ahora mismo yo me preocupo por ellos y los dos están casados y con hijos. Me preocupo por ellos y por los nietos, pero ellos todavía tienen eso de que le di más tiempo a mi trabajo que a ellos. Eso no quiere decir que me he ido.

»Nunca salí sola a ninguna parte. Antes éramos mi esposo y yo, soy viuda hace 22 años. Nunca salgo después que mi esposo murió. Antes salíamos, pero salíamos juntos. Incluso mi hermana, que es otro apoyo grande y que yo les he dicho siempre que la tienen que querer más a ella que a mí. Cuando no podía ir a un lugar, ella iba. Ahora, después de retirada, se ocupa generalmente de la mayoría de las cosas. Ella me lleva cinco años».

«Si alguna vez me retiro, a trabajar no vuelvo más. Quisiera disfrutar con mi hermana si nos quedan diez años, cinco años, lo que fuera, en pasear y hacer esto y hacer lo otro».  Me responde con una sonrisa pícara y temeraria ante la mención de la posibilidad de su propia muerte.

«Quisiera ir fuera de Cuba, porque la única que no ha viajado soy yo. Cuando mi hija se graduó, el ministro que estaba quería que fuera para Brasil con ella, eso fue en el año 1998. Le dije: “Doctor, no puedo irme porque ¿voy a dejar a mi hermana sola con el niño?”, y entonces no fui.

»Mi hija viaja mucho porque es médico, se ocupa de lo que es el SIDA, las enfermedades cerebro vasculares. Creo que ha ido a más de diez países», me dice con orgullo.

-¿Cree que deberían volver a crear una carrera que gradúe Doctores en Farmacia?

«No, porque la que existe ahora, allá en La Coronela, que es donde está  la escuela, es Farmacia y Plantas Medicinales. Así que no es que la carrera haya desaparecido. Desapareció la mía, porque yo era Doctora en Farmacia, única y exclusivamente. Aunque yo nunca… no me gustan las plantas medicinales. Pero bueno, me han asignado eso y la hago. Disfruto la carrera de farmacia como tal, porque abarca gran parte de las asignaturas.

«Durante mis años de trabajo he sido tutora de diez tesis de la Facultad de Farmacia y Alimentos, y oponente de otras ocho, las cuales discutimos en la Universidad de La Habana, en La Coronela y en varios lugares. También tengo ahí el título de  profesora de la Facultad de Enfermería; aquí se creó una escuela de enfermería donde llegué a impartir Farmacología».

-¿Se siente joven todavía?

«Sí. Lo digo todos los días. A cada rato me dicen: “Ay, doctora, ¿por qué no se retira?”, y les digo: “Caballeros, ustedes piensen en llegar a la edad que tengo, nada más. Ustedes ocúpense de eso, lo demás lo decido yo.” No sé qué afán tienen las personas porque uno se retire. Claro, veo que hay quien nada más que cumple  60 años y ya, se va, pero eso no es lo que pasa conmigo. Aún siento que puedo resolver algo. Así que por lo tanto creo que sí sigo aportando».

Me mira seriamente y me responde con una agudeza nacida de años de  experiencia. Sin embargo, en sus ojos asoma una juventud que no se rinde: «Si, figúrate, 52 años de trabajo. Efectivamente, ¡toda una vida!».

Pie de foto: Adalgiza Torriente Fernández tiene 80 años, pero aún siente que le queda mucho por hacer. 



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